El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo Once

A ugustine no volvió a casa hasta tarde, en la noche.

Se había despedido de Bruno temprano, pero algo la llevaba a evitar un encuentro a solas con Alderian.

Consciente de que él no diría nada al respecto en público, se mantuvo por horas en la biblioteca hasta que sus tripas empezaron a sonar de hambre.

—Augustine, es hora de volver a casa. Has comido apenas hoy —comentó Alderian, al oír el sonido de su estómago vacío.

Obedeció en silencio sin mirarle y él no agregó nada más.

La llegada a su hogar fue rutinaria. Augustine esperaba que Alderian abriera el tema de la declaración de Bruno, pero no lo mencionó, más bien parecía dispuesto a emprender su regreso a A’aru.

—¿No me dirás nada? —preguntó antes de que se marchara.

—¿Sobre qué? —Alderian estaba tranquilo, imperturbable.

—Sobre Bruno… y yo.

Alderian no movió un músculo de su rostro, por lo que resultaba difícil adivinar qué podría estar pensando.

—¿Qué hay sobre eso?

Augustine sintió que su rostro enrojecía.

—No sé… ¿Tienes algo que decir?

—Ya te lo dije hace unos días, quizás lo olvidaste…

Estoy habituado a verte hacer tu vida humana, a tener novios y a casarte.

Te he visto tener hijos y te he acompañado en tu lecho de muerte.

Cientos de veces, ese ciclo se ha repetido…

¿Por qué esperas que sea diferente ahora?

Bruno es un buen chico y recuerdo que sentías algo por él hace algunos años.

Como le dijiste a él: piénsalo. No esperes que yo te dé consejos, ya eres grande para tomar tus propias decisiones.

Su indiferencia se sintió como un balde helado de realidad. No alcanzó a responder nada. Alderian se había marchado.

* * *

Esa noche Augustine dormía profundamente, ajena a la presencia que hacía guardia a su lado. Alderian parecía una recia estatua, imperturbable. En ocasiones, sus ojos se suavizaban, pero en otras se llenaban de aflicción, como si en su interior se librara una batalla que no tenía cómo ganar.

Una chispa de deseo primitivo se asomó en sus ojos, en un ser sagrado que nunca antes había experimentado esa emoción con tal intensidad.

Él no se daba cuenta, pero sus negras alas estaban extendidas e hilos dorados parecían recorrer su plumaje. Vistas desde lejos, se asemejaban a alas de fuego y ceniza, lava viva, como las de un ave fénix que acaba de resurgir.

Sus sentidos se encontraban extrañamente agudizados, de un modo nada habitual para un A’aruin en el mundo de los humanos. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Augustine que, recostada sobre la cama, usaba apenas un delgado vestido corto, dejando buena parte de su piel al descubierto.

¿Qué era ese sentimiento?

No respondía solo a un instinto de protección, sino al deseo de poseerla por completo.

No quería entregarla a nadie. Ni a Milán, ni a Bruno, ni a nadie. Buen o mal hombre, no quería a ninguno cerca de ella.

Un paso… dos pasos… Se agachó sobre Augustine, aun sabiendo que su propia inmaterialidad le impedía llegar a ella. Contempló de cerca ese lunar que ya llevaba días volviéndolo loco. Quería hundir su rostro en esa piel, arrancarle la ropa y llenarse de su desnudez.

Augustine, ajena a todo, se removió inquieta en su sueño.

¿Es que iba a despertar?

A pesar de esa posibilidad, se inclinó sobre la cama y, en un roce casi inexistente, acercó su rostro a la curva de su cuello. El aroma extasiante de la joven lo golpeó como un mazo, y por un momento, pensó que perdería por completo el control de sí mismo.

Aproximó sus labios a los de ella y acarició lo imposible, apenas conteniéndose. Podría simplemente despertarla, o entrar en sus sueños. Lo único en lo que pensaba era que quería poseerla como fuera.

Augustine se removió entre las sábanas y ese pequeño movimiento lo devolvió a la realidad. Retrocedió despacio, sorprendido de sí mismo y de lo que había pensado hacer.

Inmóvil, incrédulo, se desvaneció en la oscuridad sin dejar rastro.

De regreso en A’aru, Alderian jadeaba con fuerza. Respiraba entrecortado, como si se hallara preso de una fiebre que lo abrasaba por dentro.

«¿Qué me está pasando?», se preguntaba, confundido, con la sensación de que un fuego hirviente le recorría las venas y lo empujaba, una y otra vez, de vuelta hacia Augustine.

Abrió el ventanal de su alcoba, desde donde podía verse el eterno cielo líquido de A’aru, gris perlado, brillante y prístino, en absoluto contraste con el caos que Alderian llevaba dentro.

Extendió sus alas y se lanzó al vacío, para dirigirse al río Lethe con la desesperada convicción de que solo allí podría aplacar el incendio que le quemaba las entrañas.

Apenas divisó el cuerpo de agua descendió en picado y se sumergió hasta lo más profundo.

Lethe hizo su trabajo. Poco a poco, Alderian sintió cómo la calma regresaba, cómo la temperatura de su corazón descendía mientras los hilos plateados del río se enroscaban con suavidad alrededor de su cuerpo. Alcanzó la orilla con pasos pesados y se dejó caer sobre la hierba. Miró a la nada.

¿Qué era exactamente lo que le había ocurrido?

Jamás había experimentado algo semejante.

¿Sería un efecto de la anomalía de Augustine? ¿O sus propios sentimientos, reprimidos durante tanto tiempo, los que por fin lo traicionaban? ¿Acaso esa inoportuna declaración de amor lo había afectado más de lo que quería reconocer?

Se incorporó despacio y volvió la vista hacia el río.

Un río plateado, frente a praderas plateadas, rodeado de árboles plateados…

A diferencia del mundo humano, en A’aru nada tenía color.

Todo era hermoso, delicado, pero incoloro.

Al pensarlo, comprendió que, por primera vez, su pecho y su cuerpo se sentían como si tuvieran… colores.

Emprendió el camino de regreso a su inmenso castillo, cáscara vacía que le recordaba demasiado a los mausoleos humanos. No llegó a entrar; decidió caminar por los jardines, llenos de rosales en flor, blancos y puros como alas de ángeles. Alas que él no poseía.

Él no era «puro». En ese momento, comprendió que el deseo voraz que lo había invadido era la prueba de que algo no andaba bien en él. Peor aún: no quería luchar contra sus sentimientos; muy por el contrario, quería entregarse a ellos por completo.

Pero ¿qué culpa tenía Augustine de sus tormentosas emociones?

No quería confundirla. Sabía que tenía un alma sensible, que lo miraría con compasión y querría entenderlo. Pero Alderian no deseaba ser entendido. Ni perdonado.

Sintió que su Hilo de Plata era jalado tres veces. ¿Augustine estaba despierta?

Por primera vez en siglos, no corrió al lado de su humana cuando sintió que esta lo necesitaba.