El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

L a alarma la sacó de un sueño que no había alcanzado a ser reparador. Se había acostado hacía apenas tres horas y lo poco que consiguió dormir fue de manera superficial, vigilante. Al ver a Alderian a su lado, silencioso y reconfortante, relajó su expresión.

—Aquí estás —saludó sonriendo.

—Ya sabes, trabajando horas extra —respondió Alderian, levantando una ceja y con un atisbo de sonrisa en sus labios, pero lo notó preocupado—. ¿Lograste terminar tu video anoche?

—Sí… tuve que ingeniármelas en algunas escenas, pero creo que conseguí un resultado bastante bueno después de todo.

—Me alegro. Tienes clases ahora… ¿Irás o te quedarás durmiendo un poco más?

Augustine miró la hora en su celular, pensando.

—Quiero dormir, pero no creo que lo logre de todos modos. Esta es la última clase antes del examen y hay cosas que no entiendo… ¡Qué pereza!

Tomó una ducha rápida y se vistió en silencio mientras Alderian estaba en la sala esperándola. A diferencia de otros días en los que partía su mañana sin él, ese parecía reacio a dejarla sola.

A su pesar, tenía que reconocer que su presencia le transmitía una sensación de seguridad difícil de explicar. Le preocupaba acostumbrarse demasiado a él, sabiendo que tenían un tipo de relación que no seguía las reglas convencionales.

Lista para salir, suspiró profundo antes de dirigirse a la puerta. Alderian se interpuso en su camino.

—¿Pasa algo? —preguntó, extrañada. Alderian tomó el extremo del Hilo de Plata y la atrajo suavemente hacia sí, por lo que quedó a escasos centímetros de distancia. Augustine contuvo la respiración, expectante.

—¿Estás asustada todavía? —preguntó en un susurro íntimo. Ella sintió que su piel se erizaba de la emoción.

—No es asustada la palabra… diría que estoy en estado de alerta, pero más tranquila que ayer. Quizás te parezca tonto, pero mi manera de calmarme es haciendo, no pensando… Esos cambios de último minuto en el video me ayudaron a tener la sensación de control, aunque solo sea una ilusión.

Alderian asintió en silencio.

—No me parece tonto, en lo absoluto. Ayer quería reconfortarte, pero no sabía cómo. Tengo que confesar que mi primer impulso fue deshacerme de Milán…

—Pero ¿acaso puedes hacer eso? ¿No eres un ángel? Pensé que ese tipo de pensamientos no pasaban por tu cabeza…

—No pienses demasiado mal de mí. Los A’aruin, en esencia, no somos muy distintos a los humanos. Somos la otra cara de la misma moneda. Yo también soy capaz de sentir ansiedad, odio, preocupaciones…

Se interrumpió a media frase.

—¿Y amor? —concluyó Augustine. Alderian sonrió sin responder.

Soltó con delicadeza el Hilo de Plata que los conectaba, pero Augustine no retrocedió. Aunque Alderian no estaba físicamente ahí, lo sentía más cerca que nunca.

—Solo dime si tienes miedo… dime si quieres que le dé una lección. No estás sola —aseguró Alderian.

Su tono era tranquilo, y eso hacía que resultara más amenazante.

¿Debería acaso asustarse de lo que era capaz de hacer?

Augustine se mordió el labio inferior, extrañamente excitada.

—Lo haré… —susurró, intentando contener los latidos de su corazón.

El camino hacia su aula transcurrió en silencio. Un acuerdo tácito entre ambos, una complicidad compartida en la que no hacían falta palabras se había instalado antes de salir.

Se sentó al lado de una compañera que siempre parecía rehuir el contacto con otros. Desde el primer año había intentado establecer una relación con ella, sin éxito, aunque en ese entonces sí se sentaban juntas de vez en cuando.

—Hola, Sara —saludó mientras sacaba sus apuntes. Sara no le contestó, pero hizo un leve gesto con la cabeza sin mirarla a los ojos, lo que era habitual en ella.

Augustine miró con disimulo a su alrededor y vislumbró en los primeros asientos a Amanda y David sentados juntos. Ella reía adorablemente mientras él intentaba hacerle cosquillas.

Un poco más allá, Bruno.

No habían hablado desde la noche del bar y sintió una oleada de arrepentimiento por su osadía.

Milán estaba en un rincón, al fondo de la sala. Vaya, qué aspecto más horrible tenía. Parecía enfermo, exhausto, muy distinto a su imagen habitual.

¿Qué le habría pasado?

Fuera lo que fuera, se alegraba de ello.

—Augustine, ¿podemos hablar? —Bruno se le acercó apenas finalizó la clase.

En el bar casi habían cruzado un límite del cual no podían realmente volver, y ella lo sabía.

A pesar de que había sido intencionalmente provocadora, no esperaba que Bruno mostrara interés en ella como lo hizo. Se mordió el labio, nerviosa.

—Claro, conversemos… ¿A dónde quieres ir?

—¿Te parece si salimos del campus? No me gustaría que nos interrumpieran.

Alderian permanecía de pie a su lado, mirando la escena como ausente. No la miró directamente en ningún momento y supuso que, en el fondo, no le sorprendía la situación.

No era la primera vez que la invitaban a salir, después de todo.

Caminaron hasta un lindo café que estaba cerca de la universidad; pequeño y con una decoración encantadora, de esas que se ven en los blogs de Instagram.

—Estuve averiguando y este lugar tiene buenas referencias… —admitió Bruno y sonrió satisfecho.

Augustine lo observó con disimulo, tratando de ocultar su nerviosismo.

Su piel morena, sus ojos profundos, su impecable presencia.

Conocía cada uno de sus rasgos a la perfección, de tanto contemplarlo en secreto en el pasado.

Había tenido un crush por él hacía unos años, aunque nunca se había atrevido a decirle algo en ese tiempo.

Él tenía novia y ella no quería problemas.

Pero en ese momento lo tenía enfrente, invitándola a un café que no era en plan de amigos y mirándola con esos ojos oscuros que antes le habían parecido tan fascinantes.

—¿Tienes novio? —preguntó Bruno directamente. Augustine casi se atragantó con su café ante su inesperada arremetida.

—No —admitió.

—¿Quién te esperaba en casa esa noche, entonces?

No había imaginado que esa tonta excusa le hubiera quedado rondando tantos días.

—Mi gato —mintió, ante la imposibilidad de responder con la verdad.

Bruno la miró a los ojos un momento y luego sonrió, aliviado.

—Así que era tu gato…

Augustine se sintió avergonzada. No quería tener esa conversación frente a Alderian.

—Augustine… lo que te dije en el bar, realmente es lo que pensaba en ese momento… y lo pienso todavía. Esa noche me cautivaste por completo, pero estos días me he dado cuenta de que tal vez llevaba pensándolo algún tiempo… Perdona si quizás me apresuré contigo cuando estuvimos solos…

Bruno se encontraba nervioso. Lo conocía bien.

En realidad, no era un hombre particularmente conquistador y, de hecho, su serenidad y templanza en medio de los conflictos habían sido de los rasgos que más le habían atraído de él en el pasado.

No se imaginaba que pudiera adoptar una expresión tan íntima con ella, aunque recordaba vagamente que en el bar su mirada estaba cargada de deseo también.

—Está bien, Bruno. Si me estás invitando para pedir disculpas, no hay nada que disculpar. Somos adultos y no pasó nada entre nosotros de todos modos.

—Pero quiero que pase… quiero que haya algo entre nosotros —se apresuró a aclarar—. Hemos sido compañeros por mucho tiempo y quiero conocerte más… de una manera que nadie más te conozca.

Si esa conversación hubiera ocurrido hacía un mes, Augustine no hubiera siquiera intentado resistirse a ese gesto rebosante de anhelo. Tal declaración apasionada venía de alguien para quien su corazón no era del todo indiferente, incluso entonces.

Sin embargo, en ese momento no sabía cómo responder, atrapada en medio de una confesión inesperada y un testigo silencioso.

Augustine sentía su rostro encendido. Pestañeó rápido, con la vista sobre sus manos, que descansaban encima de la mesa, sin saber dónde más mirar.

¿Qué debía hacer?

—Bruno, esa noche, yo estaba algo ebria… fui imprudente y provocadora, de una manera que no es habitual en mí.

—Lo sé y me encantó ver esa faceta tuya. Quiero ver más… Desde entonces, no dejo de pensar en ti… ¿Crees que es posible que hagamos de esto algo más que solo el error de una noche de copas?

Tomó una de sus manos con las suyas, grandes y fuertes. Manos que cuidan, que acarician en profundidad.

—Esto es muy inesperado para mí —confesó Augustine, al mismo tiempo que retiraba con suavidad la mano—. ¿Puedes darme unos días para pensarlo?

Bruno sonrió.

—Piénsalo lo que necesites… y, después de pensarlo, ven a mí. Seré bueno contigo.

Sabía de sobra que Bruno sería bueno con ella. Había visto el tipo de novio que fue en su momento. Atento, cariñoso, leal.

Bruno llevó con habilidad el resto de la conversación a temas menos incómodos. Logró hacerla reír en un par de ocasiones y Augustine pudo imaginar cómo sería su vida si aceptaba su declaración.

Excepto por una cosa.

No lograba dejar de pensar en Alderian.