El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 9
18%

Capítulo 9

Capítulo Nueve

— N o tengas miedo —murmuró Alderian, viendo a Augustine entrar a la casa—. Nadie podrá dañarte mientras yo exista. No estoy aquí de adorno.

La siguió al interior y vio que ya se estaba instalando frente al computador. Revisaba un video que estaba programado para ser subido al día siguiente.

—¿Qué vas a hacer? Ya estuviste horas editando este video la semana pasada.

—No puedo controlar lo que él haga. Si quiere ver mis videos, bueno, no puedo hacer nada. Pero sí puedo controlar lo que muestro de mí en ellos.

Alderian comprendió que haría recortes a los planos donde salía de cuerpo completo. No podía imaginar la inseguridad que sentía al saber que unos ojos depredadores la miraban sin permiso.

Sin darse cuenta, se encontró admirando la piel suave de su cuello, sus definidas clavículas… ese lunar que tenía justo en el nacimiento de sus pechos…

Quería devorarla, no solo con la mirada, y se reprochó a sí mismo por el hilo de pensamiento que estaba empezando a tener. Estaba actuando él mismo como un depredador que mira sin permiso.

Miró hacia otro lado, avergonzado.

Sabía que esa noche Augustine no dormiría. El proceso de edición era lento. Había sido testigo de ello por años y, normalmente, en esos momentos ella se abstraía tanto de la realidad que no notaba nada a su alrededor.

—Me voy… —anunció Alderian al cabo de unas horas de acompañarla en silencio. Recibió un vago gesto con la mano en respuesta.

Suspiró resignado. Tocaba hacer una breve visita a un humano particularmente desagradable.

Milán se hallaba frente al computador. Por un instante, Alderian creyó que lo encontraría in fraganti revisando una y otra vez el canal de Augustine, pero se equivocó: solo estaba comprando cosas en línea.

Al cabo de unos minutos, cerró la sesión, se levantó con desgana y salió de la habitación camino a la ducha.

Alderian recorrió la pieza con desconfianza, revisando cada detalle, y no tardó en dar con algo que le hizo apretar los puños.

En una de las paredes, a plena vista, había un collage de fotografías de Augustine.

Algunas eran capturas de sus videos de YouTube, impresas cuidadosamente, como quizás podría hacer un admirador…

Sin embargo, otras tenían un cariz mucho más inquietante: Augustine estudiando en la biblioteca, saliendo de su casa al amanecer, en el parque…

con la misma ropa de aquel día en que había visto su Hilo de Plata por primera vez.

Lo sospechaba, pero en ese momento no cabía duda: los numerosos encuentros que habían tenido fuera, o incluso dentro, del campus no habían sido por casualidad.

―Maldito descarado. La has estado siguiendo ―murmuró entre dientes, con la mandíbula rígida―. ¿Qué hago contigo? Hacerte caer desde un quinto piso no me parece un castigo suficiente.

No lo pensaba del todo en serio. Casi.

Que un A’aruin matara a una persona suponía violar una regla inquebrantable; ni siquiera estaba permitido cuando la vida de su propio humano corría peligro.

Barrió la habitación con la mirada, buscando la presencia del espíritu protector de Milán, que era lo que, en principio, había planeado hacer. No vio a nadie.

No era raro que no estuviera allí a esa hora, pero aun así le extrañaba: en ninguna de las interacciones de Milán con Augustine, lo había visto a su lado.

El chico volvió a la habitación al cabo de unos minutos. Alderian lo observó completar su rutina de siempre, mecánica y predecible; nada especialmente alarmante. Pero no podía engañarlo, no a él.

Augustine había manifestado un buen instinto al no fiarse de él. Los de su tipo solían ser los más peligrosos: carismáticos, de aspecto inocente, pero que no aceptan un no por respuesta.

Al ver que su A’aruin no regresaba ni siquiera entonces, que se encontraban a solas (y estaba seguro de que sabía de su visita), tomó la decisión de ir a buscarlo a A’aru.

Esperó con una paciencia tensa a que Milán se quedara dormido, pues no pensaba marcharse sin dejarle un pequeño obsequio.

Una pesadilla no le haría demasiado daño. Una que lo dejara inmerso en los horrores de su propia mente y de la que no le fuera tan fácil despertar.

Con una sonrisa satisfecha, posó la mano en su frente y le deseó un largo sueño esa noche y varios días de miedo irracional.

El Hilo de Plata de Milán lo condujo sin dificultad hasta su A’aruin.

Alderian lo encontró recostado en una nívea pérgola, en una zona de A’aru que él no solía visitar muy a menudo.

Estaba rodeado de un par de doncellas, espíritus menores de servicio que reían tímidamente ante cualquier comentario suyo.

Al verlo acercarse, el ángel alzó apenas una ceja y dibujó una sonrisa amplia, impecable.

—Vaya, tú debes de ser la visita inesperada que acompañaba a mi humano hace un momento, ¿o me equivoco?

Algo en esa confianza desenfadada le irritó de inmediato. Con un leve gesto de la mano, Alderian despidió a las doncellas, indicándoles que los dejaran solos.

—Vine porque no pareces estar muy al tanto de la actividad de tu protegido.

La sonrisa del otro se borró al instante, reemplazada por una mueca de ligero desprecio que no se molestó en disimular.

—¿Y qué es eso tan urgente que, según tú, debería estar vigilando? —preguntó, al mismo tiempo que apoyaba el codo en el brazo del asiento, aburrido.

—Tu humano ha estado espiando y acosando la mía —replicó Alderian, sin rodeos—. Ha desarrollado una obsesión muy poco saludable por ella.

—¿Y? —dejó caer, tras una pausa deliberada—. No creo que esté rompiendo ninguna ley y, aunque así fuera, no tiene nada que ver conmigo.

Alderian lo miró incrédulo.

—¿No es nuestra misión velar por el bienestar de nuestros humanos? ¿Qué has estado haciendo, entonces, todos estos años?

El ángel soltó una risa breve, casi elegante. Parecía divertirse de verdad.

—Estoy frente a un verdadero idealista. Qué refrescante —comentó, sin perder la sonrisa, aunque el desdén en su voz era evidente—.

Mira, joven… lo siento, no recuerdo tu nombre…

Yo no sé qué has estado haciendo tú con tu humana, pero llevo muchas vidas acompañando al mío y, honestamente, lo que me cuentas me parece casi inocente viniendo de él, comparado con las cosas que ha hecho en el pasado.

No voy a meterme en su camino. No sirve de nada.

Mientras no me ponga a mí en riesgo, que haga lo que le venga en gana.

Alzó una mano, dispuesto a despedirse con displicencia, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Alderian algo se quebró en su sonrisa.

Una sombra de alarma le cruzó el rostro y dio un paso atrás, en una reacción instintiva ante una amenaza latente.

Tardó apenas una fracción de segundo en recomponerse, desplegó sus alas con gesto impecable y se alejó sin mirar atrás.