El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

—¡ A h, no quiero seguir estudiando! —se quejó Amanda estirando los brazos para sacudirse de encima el cansancio.

Augustine la miraba divertida.

—Este último examen será difícil —agregó David.

Los tres caminaban por el campus, de camino a la cafetería, en una breve pausa antes de retomar sus estudios en la biblioteca.

—Luego viene un fin de semana largo. ¿Tienen planes? —preguntó Augustine, curiosa. Pronto tendrían cuatro deliciosos días libres, y no los pensaba desperdiciar.

—Yo no muchos, la verdad —respondió Amanda—. Querría viajar a la playa, o quizás quedarme y ponerme al día con mi tesis.

—Yo planeo ir a visitar a mi novia. Esto del amor a larga distancia me está matando —comentó David.

—Es cierto, ¿ya se fue? Y vas a verla de inmediato, ¡este sí es un hombre enamorado! —coqueteó en broma Amanda—. Qué suerte tiene tu novia de tener a alguien como tú… Espero tener esa misma suerte algún día.

Augustine se reía, pero no decía demasiado. Trataba de mantenerse concentrada en la conversación de sus amigos e ignorar los comentarios paralelos de sus respectivos A’aruin.

Entraron a la cafetería y se sentaron cerca de la ventana, desde donde se veía el movimiento de la calle. David se ofreció para ir a comprar el café y Amanda lo acompañó.

Augustine pestañeó varias veces al ver a Alderian sentado frente a ella, mirándola con una sonrisa tranquila.

Había permanecido en silencio todo el día mientras estudiaba concentrada, consciente de la dificultad que estaba teniendo para adaptarse a su nueva situación.

Se miraron sin decir palabra, en un acuerdo tácito que reconocía la presencia del otro en medio del bullicio, como si, por un instante, el resto del mundo no existiera.

Alderian parecía disfrutar siendo observado. No tenía ningún reparo en sostenerle la mirada fija, con un gesto descarado, irresistible.

La atmósfera del momento se quebró cuando Milán llegó sonriente y ocupó con brusquedad el lugar donde un segundo antes se encontraba Alderian.

—¿Cómo está todo, pequeña Augustine? —saludó con una familiaridad que, en ese instante, le resultó irritante.

—Estamos estudiando para los exámenes que vienen esta semana… Mis amigos ya vienen —respondió, mirando de soslayo a Alderian, que lo observaba con frialdad, sin decir nada.

—¿Tienes planeado hacer algo para el fin de semana que viene? Quizás te gustaría que fuéramos a la casa de campo de mi familia…

Augustine se sorprendió de recibir una invitación de ese tipo y, probablemente, Milán lo notó, porque enseguida añadió:

—Por supuesto, no seríamos solo los dos. Podemos invitar a más gente, si quieres.

—Te lo agradezco mucho, pero ya tengo planes.

—Oh, ya veo —respondió Milán. Por un segundo, le pareció ver una nube de fría molestia en sus ojos, pero rápido volvió a adoptar la actitud bonachona de siempre—. Algún día tendrías que aceptar alguna de mis invitaciones. Me sentiré dolido si siempre me rechazas —agregó, sonriendo.

—Lo siento —se disculpó Augustine, avergonzada. No sabía qué más decir, ni siquiera estaba segura de que debiera disculparse por algo así, pero el tono de Milán la hacía sentirse culpable.

—No te disculpes con este idiota —dijo Alderian, molesto—. Eres demasiado amable, cuando no deberías serlo.

—No te preocupes. Pensándolo bien, seguramente trabajarás en tu canal, ¿verdad? Vi el último video que subiste. Te dejé un comentario —añadió sin perder la sonrisa, mientras se ponía de pie—. Nos vemos… Si cambias de opinión, solo escríbeme.

Augustine lo vio alejarse y tomó su celular para revisar las notificaciones de su canal. Había muchas visitas y comentarios, como siempre, pero todavía no había tenido tiempo de leerlos todos. Al pasar la vista rápidamente, encontró el comentario de Milán:

Anoche me quedé hasta las tres de la mañana viendo tus videos una y otra vez. Eres tan hermosa que es imposible dejar de mirarte.

A simple vista, podía leerse como un cumplido, pero había algo en la frase una y otra vez que le revolvió el estómago. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Espero que no haya estado realmente viendo tus videos toda la noche —comentó Alderian, que había leído el mensaje por encima de su hombro.

Augustine también esperaba lo mismo.

En el bus de regreso a casa se puso los audífonos y empezó a ver el video en el que Milán había dejado su comentario.

No pudo evitar fijarse en sus propios ojos, iluminados de entusiasmo, mientras explicaba cómo montaba el procedimiento de reacción en cadena.

Pausó la reproducción en una escena donde se veía de cuerpo completo, explicando el diseño antes de echarlo a andar, y se sintió horriblemente expuesta.

Releyó el comentario de Milán y se preguntó, con un nudo en el estómago, qué era con exactitud lo que él veía cuando la miraba a través de la pantalla.

—No te tortures más, deja de mirar el video —pidió Alderian, sentado a su lado.

Augustine suspiró y, para sorpresa de Alderian, se llevó el teléfono al oído, como si estuviera hablando con alguien, antes de responder sin mirarlo:

—Ya que has estado aquí todo este tiempo, debes saber que solo mis amigos más cercanos saben que tengo un canal de YouTube y que, durante los primeros años, nunca me mostré a mí misma en los videos.

Quizás era cuestión de tiempo para que alguien más descubriera lo que hago, pero, aun así, me siento avergonzada… aunque sé que no debería sentirme así.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alderian—. ¿Olvidaste lo que hablamos?

—Bueno… no creo que nadie tenga cómo saber con quién estoy hablando en estos momentos. Tú eres más sospechoso que yo ahora mismo.

Alderian refunfuñó algo que ella no alcanzó a entender y no volvió a hablar en todo el camino. Evidentemente, le tenía mucho respeto a lo que fuera que el Alto Consejo pudiera hacerles.

Diez minutos después, Augustine buscaba el manojo de llaves en su bolso frente al portón de su casa. Mientras revolvía sus cosas, Alderian se apoyó en la pared, justo a su lado. No se veía a nadie en la calle y solo entonces se atrevió a hablar.

—¿No has pensado que quizás el comentario fue solo una forma de hablar? No necesariamente tuvo que estar horas mirando el video. Puede que siga siendo un comentario desafortunado, pero no del todo exacto.

Augustine no lo miró. El portón de metal chirrió cuando lo empujó para entrar. Mientras recogía el correo del suelo, en el pequeño antejardín, Augustine respondió:

—Puede que sea como dices. Quizás es solo un comentario inocente, de un admirador, como tantos otros…, pero hay algo que me molesta. Es una sensación muy inquietante.

Encendió los regadores del jardín y entró a la casa sin esperar a Alderian.