El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 7
14%

Capítulo 7

Capítulo Siete

N o sonaba difícil, pero cuando llegó a la mesa de sus amigos y vio el doble de personas que esperaba encontrar, si sumaba a sus respectivos ángeles, quedó muda de la impresión y no supo dónde mirar.

Eso sin contar los abundantes Hilos de Plata que llenaban el espacio.

Sintió un insistente tirón en el suyo, gentileza de Alderian, que la obligó a concentrarse en sus amigos y tratar de actuar con naturalidad.

Visto así, el bar se veía un lugar muy movido. Los A’aruin parecían estar pasando un buen rato también, conversando relajadamente sus propios temas, ajenos a los humanos a los que acompañaban.

Los que estaban rodeando su mesa se veían animados. Saludaron a Alderian cuando lo vieron llegar y él respondió al saludo con entusiasmo. Claro, ella veía con tanta frecuencia a sus compañeros de universidad que seguramente se veían de forma habitual.

—Así que ayer tu humana casi tuvo un accidente. ¿Está bien? —preguntó el A’aruin de Amanda.

—Fue solo el susto —repuso Alderian, despreocupado, mirándola de reojo. Augustine estaba rígida, tratando de no mirarlo de vuelta, escuchando cada palabra de lo que decían.

Se imaginó brevemente que todos eran amigos que compartían esa noche y que Alderian no era su A’aruin, sino su… ¿su novio?

La sola idea la hizo ponerse roja como un tomate. Se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser de manera estrepitosa.

—¿Estás bien, Augustine? —gritó a su oído David que, sentado a su lado, no soltaba la mano de su novia.

Alderian la miraba atento, mientras ella intentaba dejar de toser.

—Toma un poco de mi cerveza —ofreció Bruno con gentileza, al mismo tiempo que le acercaba su propio vaso, desde el otro lado de la mesa. Augustine recibió la jarra y bebió un par de sorbos mientras calmaba su respiración.

¡Qué vergüenza! Estaba demasiado pendiente de Alderian. ¿Y qué sentido tenía? Al día siguiente ya ni siquiera lo recordaría. Y él se alegraba de ello.

Le devolvió la bebida a Bruno, que en ese momento se reía de algo que decía Amanda, y se fue a buscar su propio trago a la barra.

A pesar de que no era su estilo emborracharse, esa noche se sentía tentada a hacerlo. Si iba a olvidar, quería empezar por ese momento y las contradictorias emociones que colmaban su pecho.

Estúpido Alderian. ¿Por qué insistía tanto en que era mejor que lo olvidara?

Recibió su cerveza y bebió la mitad de la jarra de un golpe. Alderian, de pronto a su lado, la miraba con desaprobación.

—No me mires —le ordenó, poniendo su mano sobre el vaso—. ¿Por qué bebes tanto? Tómatelo con calma, no has comido mucho hoy.

—¿Para qué me preguntas si no te puedo contestar? —dijo Augustine con amargura, bebiendo de nuevo un par de tragos.

—¿Necesitas algo más? —preguntó la chica de la barra, confundida al escucharla hablar.

Alderian miró a la camarera alarmado y tiró solo una vez del Hilo de Plata en señal de advertencia.

De inmediato, Augustine le dedicó una sonrisa a la joven mientras negaba con la cabeza señalando su oído, como si tuviera un audífono y estuviera al teléfono.

La camarera hizo un gesto con la mano y se alejó.

—No seas así. ¿Estás enojada? ¿Acaso he hecho algo que te ha molestado?

Augustine lo ignoró, aun sabiendo que estaba siendo injusta. Volvió a su asiento y se integró en la conversación de Bruno y Amanda, mientras David besaba acaramelado a su novia en algún rincón del bar.

La noche transcurrió animada. Un par de personas más se unieron a la mesa y, en algún punto de la noche, Bruno la invitó a su tercera jarra de cerveza. Comenzó a beber del vaso que él le ofrecía, mientras se entregaba a la música, las luces tenues, las risas fáciles.

—Abrieron la pista de baile. ¿Quieres ir? —la invitó Bruno, hablándole al oído. Podía sentir su olor a alcohol y cigarro y lo encontró estimulante. Aceptó sonriendo y se puso de pie.

Mareada, trastabilló. La mano de Bruno la sostuvo con firmeza, para ayudarla a mantener el equilibrio. Llevándola de la cintura, se dirigieron a un rincón donde algunas parejas ya estaban bailando al ritmo de una canción que últimamente estaba de moda.

Augustine siguió el ritmo de la música al mismo tiempo que caminaba en esa dirección, moviendo las caderas con su felina cadencia natural. Soltó su cabello y miró fijamente a Alderian que, apoyado en una mesa al costado de la pista, no le quitaba los ojos de encima.

Dios, qué hombre más perfecto. Tan masculino, elegante y salvaje al mismo tiempo.

Ojalá fuera con él con quien estuviera bailando esa noche.

La cabeza le daba vueltas, pero le gustaba esa sensación de feliz indiferencia. Bailó con movimientos lentos y sensuales, sabiéndose observada y hermosa.

Cuando lo miró de nuevo, vio que Alderian le sonreía seductor.

—Estás preciosa esta noche —le susurró Bruno al oído. Augustine casi había olvidado su presencia.

—Soy preciosa todas las noches, ¿no lo sabías? —bromeó, riendo coqueta. Bruno parecía encantado y rodeó su cintura para atraerla hacia sí.

Augustine sintió un claro y definitivo tirón que la hizo retroceder un par de pasos.

Se volteó furiosa solo para encontrarse con los ojos aún sonrientes de Alderian. Ladeando la cabeza con encanto, la saludó con una mano.

Estúpido Alderian.

—¿Te gustaría que fuéramos a otro lado? —sugirió Bruno, quien la atrajo de nuevo y le habló al oído—. Siempre he querido ser más cercano a ti, Augustine…

—Creo que es mejor que vaya a casa.

Bruno la sostenía con ambas manos aferradas a sus caderas y las notó firmes, mientras la acariciaba, queriendo tocar la piel debajo de su top.

—Vámonos, Augustine. —El tono de Alderian no admitía discusión. Ella experimentó una deliciosa sensación al escuchar su voz tan cerca, en medio de sus embotados sentidos.

—Me voy, Bruno. Tengo a un hombre hermoso esperándome en casa y se enojará mucho si me entretengo demasiado contigo.

Bruno quedó atrás, visiblemente confundido, mientras Augustine se despedía alegre de todos y dejaba el bullicio atrás.

Caminaba digna, tratando de mantener su paso recto. Su hogar estaba a solo algunas cuadras del bar, por lo que podía llegar a pie sin demasiado esfuerzo. Alderian iba a su lado sin reprocharle, simplemente acompañándola.

Cuando estuvieron solos en casa, Augustine lo increpó, envalentonada por los efectos de la cerveza.

—¿Por qué te entrometes en mi vida personal? Tengo derecho a salir y pasar un buen rato.

—Claro que tienes todo el derecho —repuso Alderian, calmado.

—Si quiero, puedo besar a quien quiera y hacer más que eso también.

—Por supuesto que puedes, pero te olvidas de que yo estoy aquí para protegerte.

Por norma general, no me meto si tienes un interés romántico, pero eso solo si estás consciente de ti misma y eres capaz de consentir.

Ahora mismo, mi dulce y testaruda Augustine, estás bastante ebria, y confundida por todo lo que nos está pasando.

Solo por eso me inmiscuyo. Si para mañana, sobria, despierta…

y sin preocupaciones adicionales, quieres terminar lo que empezaste con Bruno hoy… por mí, perfecto.

Augustine se sintió de pronto infantil. Resultaba evidente que a él no le importaba si ella estaba o no con otro hombre, ¿y por qué habría de importarle? Aunque la tenía encandilada, con emociones que ni ella misma entendía, Alderian solo estaba ahí porque era su deber.

Él no tenía otra opción.

Suspiró ya sin energía, cruzó hacia su habitación y se acostó sin siquiera quitarse los zapatos. Se arrepentía de haberse dejado llevar.

—Lo siento, Alderian. He sido muy tonta hoy.

Alderian se tumbó de lado en su cama, cerca de ella, con la cabeza apoyada en la mano para mirarla mejor.

—A ver, a ver… ¿Qué pasa con mi preciosa Augustine? Eres una jefa exigente, haciéndome trabajar horas extra… Has sido un mar de emociones esta noche y ahora me estás pidiendo perdón… ¿Qué pasa?

—Me he confundido bastante al tenerte a mi lado hoy… se siente tan cálido y especial… tanto que no quiero olvidarte. Y me molesta mucho que quieras que lo haga, como si a ti no te importara para nada.

Alderian la escuchaba con atención.

—Te pido perdón por haber peleado contigo sin razón. Te provoqué de manera intencionada, aunque sabía que estaba siendo injusta…

—No pidas perdón... No pidas permiso tampoco. Haz lo que tú quieras, Augustine.

La muchacha lo miró interrogante.

—Si te preocupa haber peleado conmigo, que sepas que me ha encantado. Hace años que no me sentía así de emocionado… Puedes regañarme todo lo que quieras y mirarme con esos ojos enfurecidos. Yo recibiré todo gustoso.

—¿Eres un masoquista o qué?

Alderian se rio divertido.

—Puedes bailar todo lo que quieras también… Fue un espectáculo interesante —agregó con picardía.

Augustine suspiró soñolienta.

—No te olvidaré —prometió decidida—. Mañana te recordaré. No me digas que no puedo hacerlo… Si me propongo algo, como sea, lo consigo.

—Conozco bien tu absurda tenacidad.

Augustine ya había cerrado los ojos.

—Conozco bien tu adorable persistencia…, pero, Augustine… ¿qué será de mí mañana si no cumples tu promesa?

* * *

Eran cerca de las once de la mañana cuando Augustine despertó sintiendo un fuerte dolor de cabeza, gentileza de esas tres cervezas de la noche anterior.

Como era domingo, se quedó un buen rato tumbada sobre la cama sin mayor apuro, aunque incómoda al notar sus zapatos todavía puestos.

Con un gesto desganado se los sacó y los lanzó al suelo.

Se demoró todavía algunos minutos en ponerse de pie.

Fue al baño con los ojos entrecerrados, perezosa, y abrió el grifo de la ducha. El agua caliente se sentía deliciosa al contacto con su piel, por lo que se quedó un par de minutos solamente recibiendo la cascada en su cuerpo, relajándose.

Necesitaba un café para despertar, pero no le quedaba ni siquiera del instantáneo, así que se conformó con un insípido vaso de leche.

Se sentó en el comedor, miró el paisaje que tenía al frente, más allá de la ventana.

Desde ahí podía contemplar la imponente cordillera, sin nieve en esa temporada del año.

Se amarró el pelo aún húmedo en una cola de caballo y tiró tres veces de su Hilo de Plata.

Alderian apareció frente a ella, sentado en la silla al otro lado de la mesa, mirándola con fijación.

—Me recuerdas —dijo en voz baja, con un tono grave y arrullador.

Había en su mirada una emoción peligrosamente intensa que Augustine no supo cómo interpretar. Ella asintió con la cabeza, devolviéndole la mirada.

—Sinceramente, pensé que me habías olvidado… ¿Por qué tardaste tanto en llamarme? —reprochó con una ansiedad que no logró disimular por completo.

—No tardé demasiado, me levanté hace poco… —se excusó con suavidad Augustine.

—Se me hizo una eternidad —admitió y sonrió algo avergonzado—.Tenía miedo de venir y descubrir que ya no eras capaz de verme, o recordarme…

—No sabía que te sentías así… Pensé que te decepcionaría saber que aún lo hacía… y la verdad es que no sabía cómo enfrentarme a ti después de lo que pasó anoche…

Augustine cubrió su rostro con ambas manos, demasiado avergonzada como para querer enfrentarlo a la cara. Al notar que Alderian guardaba silencio, lentamente bajó las manos y se asomó entre sus dedos.

Alderian sonreía con tanta dulzura que sintió el irracional deseo de poder tomarle una fotografía para capturar ese momento. Bajó del todo las manos y lo miró con expresión interrogante.

—Quizás no recuerdas bien lo que hablamos ayer —respondió Alderian al fin—, pero me gustaría volver a decírtelo, solo por si sigues teniendo dudas.

Primero, quiero aclarar que nunca dije que quería que me olvidaras…

Lo siento si te pareció que me sentía de esa manera.

Te expliqué muchas cosas ayer, pero también hay mucho que no te dije.

No quiero agobiarte y, sobre todo, no quiero ser un problema para ti.

En ese sentido, lo mejor para ti sería olvidarme…

—Pero yo…

Alderian levantó la mano, pidiéndole no interrumpir.

—Sé que no es lo que tú quieres, me lo dijiste anoche y me prometiste que no me olvidarías. No lo creía posible, pero acá estás… contrario a todo lo que sé de la Ley del Olvido, haciendo cosas que no comprendo.

Alderian se puso de pie, rodeó la mesa y se acuclilló a su lado para mirarla desde abajo.

Si hubiera sido posible, Augustine podría haber puesto su mano sobre su cabeza y acariciado su blanco cabello.

Pese a saber que resultaba imposible, extendió su mano hacia él, para encontrarse solo con una imagen que no podía alcanzar.

—Estoy acá solo como una proyección, gracias al Hilo de Plata que me conecta contigo y con esta dimensión. Pero, mientras tú seas humana y yo sea un A’aruin, nunca podremos tocarnos —explicó con suavidad.

Augustine bajó lentamente su mano y la dejó caer sobre su regazo.

—Lo segundo que te quiero decir —continuó Alderian— es que no soy un masoquista.

Augustine abrió mucho los ojos, con su rostro enrojecido, al recordar la conversación que tuvieron antes de dormir.

—No soy un masoquista, pero me encanta que seamos capaces de pelear…

y no solo pelear… de conversar, de reírnos…

Puede que suene tonto para ti, pero mis años a tu lado han sido de mucho silencio.

Te hablo siempre, te aconsejo, te cuento mis problemas incluso, pero tú nunca me respondes… ¿Cómo podrías?

Augustine contenía la respiración, conmovida.

—Anoche fuiste caprichosa, impulsiva y hasta un poco imprudente —admitió Alderian, y Augustine no sabía si la estaba halagando o regañando—, pero quiero que seas todo eso conmigo… quiero que seas todo lo caprichosa que quieras ser… ¿Me hace eso masoquista?

—Pues un poco… sí —respondió Augustine, riendo. Luego agregó con cierta timidez, casi susurrando—: Anoche… ¿no te molestó lo que hice con Bruno?

Alderian meditó antes de responder.

—Lo que dije anoche es cierto, Augustine. Te he visto tener parejas, formar una familia, muchas veces a lo largo de tus distintas vidas… y entiendo que eso es lo normal. Nunca me interpondría en tu felicidad.

—Pero ahora es un poco distinto, ¿o no?

El ángel bajó la vista, reacio a contestar.

—Me molestó que te tocara con tanta confianza —admitió—, pero no me enojé contigo. ¿Sabes por qué?

Augustine negó con la cabeza.

—Sé que suena egoísta, pero ayer, en todo momento, mientras bailabas… mientras agitabas tu cabello… en todo momento, me mirabas solo a mí.

Augustine se ruborizó tanto que tuvo que mirar a otro lado. Alderian definitivamente era todo un seductor… De otro modo ¿cómo podía decirle cosas así sin siquiera pestañear?