Capítulo 6
Capítulo Seis
A lderian abrió los ojos en su habitación, aún con el corazón acelerado. Rozó con cuidado su Hilo de Plata y, al hacerlo, sintió la confusión y el vértigo de Augustine al otro extremo… o quizá eran sus propios sentimientos, ya incapaz de distinguirlos de los de ella.
Se sentó en el diván, donde su cuerpo había permanecido recostado mientras se proyectaba en el plano humano, e inclinó hacia adelante, la cabeza entre las manos.
Estaba en su alcoba, en A’aru: altas paredes abovedadas daban a la estancia un aire majestuoso y antiguo. El único residente de un castillo inmenso en el que fácilmente podrían haber habitado cientos de A’aruin.
Estaba solo. Siempre lo había estado.
Una parte de él había anhelado fervientemente vivir algo así.
Se había permitido imaginarlo muy de vez en cuando: tener conversaciones cotidianas con su humana, bromear con ella y tener secretos compartidos.
.. Sin embargo, ahora que estaba ocurriendo, solo podía pensar en las consecuencias que traería sobre ellos si el Alto Consejo se enteraba.
Cerró los ojos y se concentró en la vibración del Hilo. No notó nada distinto: ningún temblor anómalo, ninguna señal de alarma… nada que delatara la magnitud de lo que estaba pasando.
Solo podía esperar que, mientras la anomalía no se hiciera más evidente, nadie más la advirtiera.
Había escuchado acerca de Hilos cortados de forma irreversible entre otros espíritus protectores por mucho menos que eso.
No dudaba que el Alto Consejo actuaría sin titubeos si llegaba a enterarse de una falla tan grave del Olvido.
¿Qué pasaría si cortaban el Hilo que lo unía a Augustine?
En el mejor de los escenarios, el Consejo intentaría redestinarlos: él sería vinculado a otra alma, a otro humano, y Augustine sería unida a otro A’aruin.
Pero la afinidad lo era casi todo para que una unión prosperara, y los pocos casos de los que había oído hablar no habían terminado bien.
El Hilo de Plata jamás lograba reconectarse y esos espíritus, tanto los humanos como los A’aruin, al verse incapaces de anclarse a nadie más, acababan desvaneciéndose para siempre.
De todos modos, si lo pensaba, no quería tener afinidad con nadie más. Aldana (o Augustine, ahora en su forma humana) era su compañera espiritual desde que tenía recuerdo. Si los separaran, su voluntad de vivir desaparecería. Y, sin voluntad, difícilmente vibraría en sintonía con otro espíritu.
Sí, lo mejor que podría pasar era que Augustine lo olvidara todo.
Una punzada de incomodidad le atenazó el pecho. No podía engañarse a sí mismo entre esas cuatro paredes: en realidad no deseaba que ella lo olvidara.
Se rio de la ironía de su propia situación mientras se ponía de pie. La habitación contigua pertenecía a Aldana cuando él encarnaba como humano, pero, por supuesto, nunca habían vivido bajo el mismo techo ni caminado juntos por esos pasillos.
¿Cómo sería si Augustine pudiera acompañarlo en ese palacio descomunal?
La imagen apareció tan vívida en su mente que se sobresaltó, pero no debía permitirse pensar algo así, ni siquiera en sueños.
A lo lejos se alzó un llamado melancólico. La Trompeta de la Tarde entonaba su melodía, invitando a los habitantes de A’aru a sumergirse en las aguas del río Lethe.
«Cierto», pensó, mientras el eco de la nota se deshacía en los corredores. «Con esto, seguramente la anomalía se corregirá mientras Augustine duerme esta noche. El río Lethe mantendrá el Olvido en su sitio».
Un dolor profundo atravesó su pecho mientras descendía las escaleras del palacio hacia la entrada, pero siguió avanzando. Estaba decidido.
De pie en la entrada de su enorme palacio desierto, contempló el acromático paisaje que A’aru ofrecía.
Una dimensión donde los colores no existían, donde las emociones debían ser reprimidas.
Un lugar en el que no existía el sol, sino sólo el eterno brillo plateado de una luna llena que nunca se movía de su sitio.
Extendió sus alas negras y, por un instante, recordó que Augustine lo había visto así.
Ojalá las tuviera blancas. Le habría dado una mejor impresión, le habría parecido más hermoso. Más angelical.
* * *
Transcurrieron algunas horas y Alderian cumplió su promesa: no volvió a aparecer frente a ella. Augustine intentó ocupar ese tiempo en estudiar, preparándose para su próximo examen que venía en un par de días más.
Intentar mantener una fachada de normalidad le parecía tan absurdo como irreal. Frente a ella, su Hilo de Plata parecía burlarse de sus vanos esfuerzos por retomar su normalidad.
Después de leer por quinta vez el mismo párrafo sin entender nada, decidió que había tenido suficiente. Le dio tres tirones suaves a la delgada hebra plateada y comprobó si funcionaba.
A pesar de que lo esperaba, se sobresaltó al ver que Alderian estaba en el borde de su cama con la naturalidad de quien regresa a un lugar conocido.
—Hola —saludó, como si fuese lo más normal del mundo.
—Esto es como llamar al genio con la lámpara —señaló Augustine con total seriedad.
Alderian la miró por un momento antes de soltar una carcajada.
—No sé si tomarlo como un cumplido, aunque, por más que quiera, no puedo concederte ningún deseo —contestó divertido.
—Supongo que no —rio la joven y se relajó un poco.
—Te está costando trabajo estudiar, ¿no? —preguntó, acercándose a mirar sus apuntes—. Siempre te pasa lo mismo cuando algo te preocupa.
Augustine se mordió el labio, evitando mirarlo directo a los ojos.
—Me conoces bastante —comentó, a la vez que sentía un extraño hormigueo en su vientre.
—Evidentemente. —Alderian se mostraba jocoso, aunque Augustine podía asegurar que también evitaba mirarla—. Pero puedes estar tranquila… he hecho lo que debía para que mañana todo vuelva a la normalidad.
Augustine sintió una punzada de desazón en su pecho y una ligera molestia por la insistencia de Alderian sobre el tema.
—Hoy había quedado en un bar con mis amigos —dijo Augustine al cabo de unos minutos, desechando esos inútiles pensamientos—. Estoy un poco preocupada… habrá bastante gente y no sé si podré disimular si viera también a sus ángeles circulando. Hoy casi entré en pánico cuando vi el de mi madre pasar.
Alderian pensó un momento.
—Qué situación más absurda y divertida —declaró más para sí que para ella—, pero es fácil, mi querida Augustine…
Ella sintió una corriente eléctrica recorrer su espalda al dirigirse a ella con tanta intimidad.
—Imagínate que en un bar cualquiera hay todo tipo de personas y conversaciones que ocurren al mismo tiempo... Cuando eso pasa, no estás pendiente de todas ellas, ¿cierto?
Augustine asintió con la cabeza, entendiendo su idea.
— Ok, solo debo actuar como si esos espíritus fueran otras personas normales del bar, nada más. No suena difícil.