Capítulo 5
Capítulo Cinco
A ugustine sentía una mezcla de anhelo y nostalgia, todo al mismo tiempo, pero no se atrevió a confesar sus emociones en voz alta.
—¿Por qué me pediste que disimulara que podía verte? —preguntó en cambio.
Alderian negó con la cabeza y tomó suavemente el Hilo de Plata.
—Este hilo que nos conecta es símbolo de nuestra unión sagrada.
Suena muy bien, pero, en realidad, no podríamos hallarnos más lejos el uno del otro.
Estamos y estaremos siempre juntos, y a la vez no…
, porque un A’aruin, aunque pueda ver, escuchar y sentir a su humano, este no debería saber que existe, jamás. Así hemos vivido todos estos años.
Augustine apoyó ambas manos en el mesón de la cocina con los ojos cerrados.
—Me parece un sistema de mierda —declaró. Alderian sonrió levemente.
—Tan elegante como siempre—respondió con ironía, pero sin dejar de sonreír.
—¿Acaso a ti te parece bien el tenernos dando vueltas en círculos alrededor del otro? Debes de estar aburrido de verme por cientos de años una y otra vez.
Alderian ya no sonreía.
—Aburrido no sería exactamente la palabra que elegiría para expresar cómo me siento después de tantos años mirándote.
Augustine se ruborizó, de pronto avergonzada.
—Pero no te preocupes, Augustine. Todo volverá a la normalidad —dijo Alderian en un tono que buscaba parecer tranquilizador—.
Aunque a veces puede haber fallas en el sistema, como ahora, al dormir esto se corrige.
Lo más probable es que mañana ya no recuerdes nada de esto y, honestamente, es lo mejor.
Augustine mantenía los ojos cerrados.
—Sí, seguramente sea lo mejor. Hay cosas que es mejor no saber nunca.
—Exacto. Mañana ya no deberías ser capaz de verme o recordar esta conversación, así que no te preocupes demasiado… Pero, hasta que esto se resuelva, tienes que ser muy cuidadosa y hacer como si no me vieras, ¿entiendes?
—Pero ¿por qué? Todavía no entiendo por qué debe ser tan secreto —replicó Augustine.
—Porque esto no es un error cualquiera, es una anomalía grave, y lo que menos necesitamos ahora mismo es que el Alto Consejo se entere.
Augustine parecía tomárselo muy en serio, pero de pronto empezó a reír.
Alderian la miró como si hubiera perdido la razón.
—Todo esto es muy absurdo —declaró cuando por fin logró contenerse— ¿Te das cuenta de que no puedo hacer nada al respecto? Aunque me digas que me caerá un rayo encima, no puedo dejar de ver lo que veo.
—No pretendo que dejes de verme —puntualizó Alderian—. Solo te pido que, mientras no se corrija la anomalía, disimules, Augustine. Di-si-mu-la.
Ella lo miró como si en ese momento fuera él quien hubiera perdido la razón.
—No sé cómo pretendes que haga eso. Soy pésima actuando.
Alderian la observó un segundo y, para sorpresa de la joven, se rio por lo bajo. Era evidente que estaba de acuerdo con su escasa habilidad dramática. Augustine se sintió un poco ofendida, pero le agradaba ver cómo su expresión se relajaba.
—Está bien, haz lo que puedas —concedió—. Pero no me hables frente a otros humanos.
—Claro que no te hablaré —replicó ella—. ¿Qué pensarían de mí si me ven conversando sola?
—Y no me hables frente a otros A’aruin.
Augustine lo miró sin comprender al principio. Cuando por fin captó a qué se refería, dejó escapar un suspiro resignado.
—Mejor simplemente dejo de hablar para siempre.
En ese instante, oyeron que la puerta del escritorio de su madre se abría.
Augustine se sobresaltó y, sin pensarlo dos veces, salió corriendo a la que había sido antes habitación, escaleras arriba.
—¿Augustine? —Escuchó que la llamaba desde la planta baja.
—¡Estoy ocupada! —gritó de regreso, al mismo tiempo que cerraba la puerta por dentro—. Qué susto… casi nos ven.
—No es necesario que tú te escondas, basta con que actúes como siempre e ignores mi presencia —se rio Alderian. Parecía divertido con los esfuerzos de Augustine.
—Tienes razón —concedió riendo Augustine. Se sentía cómoda y aliviada junto a él. Era una lástima pensar que no lo recordaría al día siguiente.
No solo una lástima. Augustine no quería olvidar, por el contrario, quería saber más sobre Alderian.
Augustine rechazó de inmediato la invitación de su madre para quedarse a almorzar, al vislumbrar en la distancia cómo se acercaba su A’aruin. No estaba segura de poder mantenerse neutral frente a otros, por lo que inventó una excusa, se despidió rápido y emprendió su camino de regreso a casa.
Alderian no dijo nada en todo el camino, pero la seguía a pocos metros de distancia, mirando con curiosidad sus movimientos y sus gestos. Ella también deseaba mirarlo, ojalá de cerca, pero solo de pensarlo se ruborizaba hasta las orejas.
Al llegar, cerró la puerta de la entrada con cerrojo y se apoyó contra la madera, suspirando.
Se dirigió a su alcoba mirando a Alderian de reojo. Parecía muy familiarizado con el espacio.
—Me quiero cambiar de ropa, ¿cómo lo hacemos? ¿Te puedes dar la vuelta mientras me visto? O, si quieres, espérame afuera…—propuso, buscando su sudadera favorita para estar en casa.
Alderian la miró con ojos incrédulos.
—¿Es en serio? Te he acompañado en cada una de tus encarnaciones… ¿y te preocupa que te vea ahora?
Augustine se ruborizó de vergüenza.
—En ese momento no sabía que estabas ahí, pero ahora sí te estoy viendo. ¿Cómo puedo cambiarme de ropa sin sentirme incómoda?
—Augustine, nosotros los A’aruin no tenemos ese tipo de pensamientos que te estás imaginando —reprochó con un tono casi paternal—. Pero, si insistes, dejaré de manifestarme en este plano por un rato. Si me necesitas, solo tienes que tirar de tu Hilo de Plata y sabré que quieres que regrese.
—¿En serio funciona así? —preguntó, curiosa, mirando el hilo con renovado asombro.
—Soy muy sensible a nuestra conexión, con seguridad sentiré que me llamas.
Augustine se puso de pie frente a él y tomó la delicada hebra con cautela.
—No pasa nada, tócalo —invitó Alderian.
—¿Así? —preguntó mientras tiraba del hilo cerca de donde conectaba con el pecho de Alderian, aunque lo hizo con más fuerza de lo que pretendía.
Desprevenido, él trastabilló hacia adelante y quedó con su rostro muy cerca del de Augustine.
Contuvo el aliento, atónita. No había sido su intención parecer tan atrevida.
—Así… —susurró él tras unos segundos de muda sorpresa, antes de apartarse lentamente.
Antes de que pudiera decirle nada más, Alderian desapareció y se encontró completamente sola en la habitación.