El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo Cuatro

A lderian se sentó lentamente a su lado, pasmado. Abrió la boca un par de veces, como si fuera a decir algo, pero parecía no saber qué decir.

—¿Qué está pasando? —preguntó Augustine, mirándolo de frente. Aunque intentaba mantener la compostura, su voz temblaba levemente.

—Eso es lo que quisiera saber yo —replicó Alderian, que todavía no se sobreponía al impacto.

—¿Estoy soñando? ¿Es uno de los sueños lúcidos que me has mostrado antes?

—¿Recuerdas eso también? —Se veía aún más sorprendido—.

Tenemos que hablar, pero no podemos hacerlo acá.

Escúchame con atención, Augustine. Nadie puede saber que me ves o me escuchas.

Hazme caso y vamos a casa de tus padres, que está cerca.

Pero ten cuidado cuando llegues: tus hermanos no están, pero tus padres seguramente siguen allí.

—Qué enterado estás de todo —murmuró asombrada.

Alderian le hizo un gesto para que callara y agregó:

—Hasta que no estemos completamente a solas, haz de cuenta que no estoy acá.

Y así comenzaron a caminar de regreso, en silencio. Alderian iba a su lado y no podía evitar mirarlo de vez en cuando, de reojo. Se veía muy real y un hilo plateado los conectaba sin duda.

¿Qué significado tendría eso?

Cuando finalmente llegaron, Augustine notó que el carro de su padre ya no estaba en el estacionamiento, por lo que descartó que estuviera en casa. Su madre, en cambio, seguía encerrada en su escritorio. Podía escucharla hablar en una reunión online.

Fueron a la cocina, lejos de todo y, cuando se aseguró de que se encontraban solos, lo miró de frente. Tenía mil preguntas, pero no fue capaz de formular ninguna. Sentía la garganta seca de la ansiedad.

Alderian tampoco decía nada, con una mano se rascaba la nuca. Augustine pensó por un momento que parecía tener tantas preguntas como ella. Por fin, el joven suspiró:

—Esto es algo tan imposible que no logro entender lo que está pasando.

—¿Quién eres? —inquirió Augustine en un susurro. Esa sola pregunta encerraba la mayoría de sus dudas.

Él no habló de inmediato, quizás pensando cómo responder a esa cuestión.

—Mi nombre es Alderian y soy tu A’aruin —manifestó—. Eso significa que mi misión es protegerte mientras vives como humana… En algunas culturas nos llaman ángeles de la guarda, pero sería más correcto decir que soy el alma más afín a la tuya en este vasto universo.

Augustine no era una persona religiosa, por lo que no tenía demasiadas referencias sobre el concepto, pero sí recordaba alguna que otra canción de su infancia que hablaba sobre ese tipo de seres.

Se acercó con cautela, observándolo con detenimiento. El cabello blanco y desordenado que caía sobre su frente, sus rasgos delicados y sus hermosos ojos grises lo hacían ver sin duda como una criatura de otro mundo.

Vestía elegante, aunque para nada de la forma que hubiera imaginado para un ángel. Usaba una camisa ajustada y un chaleco de color gris oscuro, ajustado y aterciopelado, que le daban una imagen sofisticada. Portaba varios anillos gruesos en sus dedos y botas de cuero de aspecto envejecido.

—Sinceramente, no pareces un ángel. Y no veo que tengas alas.

—Puedo proyectar alas, si quisiera, pero es una elección puramente estética.

Para su sorpresa, extendió unas magníficas alas negras que brotaron desde su espalda. La muchacha se acercó aún más, fascinada. Alderian no retrocedió, aunque parecía un poco incómodo por tenerla tan cerca.

—Pensaba que las alas de los ángeles eran blancas —comentó mientras lo rodeaba. Notó que algunas plumas parecían dañadas, como si se hubieran quemado.

—Normalmente lo son —respondió Alderian con sequedad. Las cerró de inmediato y las hizo desaparecer.

Augustine ladeó un poco la cabeza.

—Recuerdas que nos vimos en tus sueños, pero nada más, ¿cierto? —preguntó Alderian.

Augustine asintió en silencio.

—¿Debería recordar algo más?

—No. No deberías recordar nada, y menos verme. Pero, si recuerdas solo haberme visto en sueños, quizás no es tan grave…

Alderian se mostraba preocupado. No dijo nada más por un rato, aunque de vez en cuando la miraba de reojo, como confirmando que seguía ahí.

Augustine, por su lado, tenía mil preguntas. A pesar de su mentalidad más bien científica, siempre había sentido una atracción especial por lo paranormal. Pasado el miedo inicial, en ese momento sentía una curiosidad creciente.

—¿Has estado conmigo siempre? ¿Desde que nací? —indagó la joven y sacó a Alderian de su reflexión.

—Hemos estado juntos por cientos de años, pero no como te imaginas.

Somos A’aruin y humano. Esa es toda la relación que podemos tener, lo que significa que, cuando yo me encarno en una persona, tú eres mi A’aruin y, cuando tú lo haces, los roles se invierten.

Es un ciclo continuo, eterno… en el que nunca nos encontramos.

—¿Yo también soy una A’aruin entonces?

—Todos los humanos lo son.

La vida después de la muerte.

Augustine había crecido con la convicción de que la muerte era el fin de todo, que nada trascendía. Pero ahí, en la cocina de sus padres, un día cualquiera, un ángel había aparecido para revelarle los misterios de la existencia humana.

Tuvo una idea curiosa.

—Mi abuela murió hace algunos años… yo era muy cercana a ella y no hay un día en que no la extrañe —dijo Augustine suavemente.

—Lo sé. Hablas de Memé.

Augustine le sonrió con dulzura y asintió.

—¿La has visto? ¿Ha venido a verme alguna vez?

Alderian la miró con una mezcla de compasión y tristeza.

—Ella ya no te recuerda —reveló con calma—. Cuando recuperas tu forma A’aruin, nada queda de tus recuerdos como humano. Es la ley más antigua e implacable: la ley del Olvido.

No esperaba mucho, así que no se decepcionó demasiado. Saber que aún existía de alguna manera ya era lo suficientemente reconfortante.

Miró a Alderian sonriendo. Él la contempló con una expresión indescifrable.

Extendió lentamente su mano hacia el rostro de Augustine, que se quedó quieta por completo.

No llegó a tocarla, pues Alderian no parecía tener un cuerpo físico, pero se miraron en silencio por algunos segundos antes de que él se separara.

—En todas las vidas que hemos tenido, nunca había pasado algo como esto —confesó con voz ronca.

Se miraron a los ojos por largo rato. Las palabras sobraban.