Capítulo 3 #2
«El Hilo de Plata astral es un concepto espiritual que representa una conexión etérea entre el cuerpo físico y el cuerpo astral (o alma).
Se describe como un cordón invisible que permite el viaje astral, asegurando que la conciencia pueda regresar al cuerpo físico después de explorar otras dimensiones».
Más abajo se hablaba de sus implicancias y creencias: viajes a otros mundos y planos de existencia, vínculos entre almas a través de vidas y dimensiones y relatos de personas que, en experiencias cercanas a la muerte, aseguraban haber visto su propio cuerpo desde afuera.
Levantó la vista al escuchar la risa de unos niños jugando cerca.
Todos tenían su Hilo de Plata, fino y brillante, saliendo del pecho.
También lo veía en los adultos que caminaban por la plaza, tanto en los que pasaban junto a ella como en quienes apenas distinguía a lo lejos.
En algunos casos, además del hilo, se adivinaba una silueta borrosa, como hecha de agua, pegada a la espalda de la persona a la que seguía.
Inhaló y exhaló varias veces, cerrando los ojos, tratando de controlar el ritmo frenético de su corazón. Jamás había vivido algo parecido y sentía que estaba al borde de una crisis de pánico.
Cuando volvió a abrirlos, alzó la vista hacia el cielo brillante de primavera. Luego miró de nuevo a su alrededor.
Y ahí estaba.
Una silueta borrosa, justo a su lado, unida a ella por un hilo plateado que sentía más luminoso que los demás.
Augustine no gritó. Es más, ningún músculo de su rostro delató la conmoción que la sacudía por dentro. Se obligó a mirar hacia otro lado, adoptando una expresión neutra, casi aburrida, como si ver espectros conectados por hilos de luz fuese parte de su rutina.
«Quizás son fantasmas y estoy viendo gente muerta, como el niño de esa película, Sexto sentido », pensó con cierta ironía.
En ese momento oyó una voz a su lado. No era clara, sonaba como una radio mal sintonizada, con palabras que se deshacían en estática. Si no se equivocaba, venía de la silueta que la acompañaba. Era una voz tenue, pero constante. Decía algo, aunque todavía no lograba entender qué.
¡Rayos! ¿Es que estaba experimentando alucinaciones?
Sacó el teléfono, decidida a pedir ayuda.
Buscó el número de su madre entre las llamadas recientes, con dedos temblorosos, y estuvo a punto de presionar el botón cuando la voz se hizo, de repente, más nítida.
Era como si, de golpe, la radio hubiera encontrado la frecuencia exacta.
Augustine contuvo el aire y aguzó el oído.
—… estudiar. Tienes otro examen mañana, no deberías estar vagando por acá, sentada en la plaza como si no tuvieras nada más que hacer.
—Alcanzó a escuchar. Era una voz masculina, cargada de un reproche suave, pero insistente—.
Te vas a quedar nuevamente toda la noche despierta y mañana estarás tan cansada que no podrás levantarte a tiempo.
No me provoca que estés cruzando la calle distraída de nuevo…
Augustine abrió los ojos un poco más. Su alucinación estaba, al parecer, muy bien informada sobre su agenda.
La voz le resultaba extrañamente familiar, como un déjà vu que se resistía a tomar forma.
—Ajá, y ahí viene ese pesado de Milán —comentó la voz.
Augustine recorrió la plaza con la mirada hasta que lo vio. En efecto, a unos metros de distancia, su compañero se acercaba con una sonrisa demasiado entusiasta, moviéndose rápido, como un cachorro que ha encontrado a su dueña.
¿Qué hacía ahí?
Sintió hastío en cuanto se percató de que la estaba saludando a ella.
—¡Augustine! —la llamó, radiante—. No esperaba verte por acá.
Augustine apretó la mandíbula. Últimamente se encontraban demasiado.
Llegó en dos zancadas y se dejó caer en el banco, justo en el espacio donde la silueta había estado sentada un segundo antes. Augustine se sobresaltó, pero enseguida notó que la figura borrosa se había desplazado y ahora estaba de pie, frente al muchacho.
Augustine se obligó a poner una sonrisa en su rostro a modo de saludo.
—¿Y este qué quiere ahora? —refunfuñó la voz, claramente disgustada—. Siempre se le pega como una lapa. Oye, Augustine, date cuenta de que este baboso solo quiere tener una oportunidad contigo.
Tuvo que contener la risa. La franqueza descarnada de su acompañante invisible le hizo gracia. En el fondo, no decía nada que ella no supiera ya; simplemente, no se atrevía a decirlo en voz alta. No quería ser cruel con Milán solo por no corresponderle.
Él se quedó un buen rato a su lado. Habló de tonterías cotidianas, le contó de un estreno en el cine y la invitó a ir juntos. Augustine se excusó con amabilidad, alegando que tenía que estudiar. Finalmente, Milán se despidió y se alejó, no sin antes lanzarle una última sonrisa.
—Ya era hora —bufó la silueta.
Entonces, cuando Augustine volvió la cabeza hacia donde estaba, ya no vio solo una mancha difusa, sino la figura definida de un atractivo joven de cabello blanco y ojos grises.
Su corazón se desbocó, y esa vez sabía que no era por miedo.
Lo miró de reojo y lo reconoció al instante: el chico de su sueño. ¿Cómo era posible?
En el mundo real, fuera de la lógica onírica distorsionada, la impresión resultaba mucho más intensa.
Nunca había visto a alguien tan hermoso y, sin embargo, en el sueño todo aquello le había parecido normal.
En ese momento, en cambio, apenas era capaz de mirarle sin sentir que se le encendía la cara.
—Ya vámonos, Augustine —pidió el joven—. Vamos, vamos, vamos —insistió, con la impaciencia juguetona de un niño pequeño.
Tan adorable.
Augustine dejó escapar una risa nerviosa y se oyó a sí misma preguntar:
—¿Siempre me hablas así, aunque yo no te pueda escuchar?
Él abrió mucho los ojos y la miró mudo durante unos segundos. Luego soltó el aire que había estado conteniendo y se echó a reír, aliviado.
—¡Qué susto! Por un momento pensé que me hablabas a mí.
Ella guardó silencio, saboreando el sonido de su risa, pero en el fondo decidió que le gustaba más la expresión de sorpresa que le había visto antes.
—Aunque sí te hablaba a ti, Alderian.