El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

P or puro instinto frenó y alcanzó a evitar lo inevitable. El auto siguió su rumbo y su conductor nunca supo que estuvo a punto de protagonizar un accidente fatal.

Augustine quedó con el alma pendiendo de un hilo. La sangre se le fue a las piernas y, por un momento, sintió que le costaba trabajo respirar. Se acuclilló mientras respiraba profundamente, procurando calmarse.

—¿Amanda? Soy Augustine… —saludó, esforzándose por sonar serena— ¿Podrías avisar a la profesora de que llegaré un poco atrasada?

Casi me atropellan hace un momento… No, estoy bien…

Por favor, avísale y envíame un mensaje si autoriza que entre tarde, gracias…

Sí, estoy segura de que estoy bien, llego en unos quince minutos… Nos vemos.

Colgó la llamada y se tapó los ojos.

¿Había sido su imaginación o había escuchado una voz?

Pocos minutos después, llegó el mensaje de Amanda:

La profesora estaba bastante preocupada por su alumna estrella. Dice que vengas con cuidado… estás autorizada para entrar más tarde.

Se apresuró a la parada de buses, preocupada por el poco tiempo que tendría para responder el examen.

Dentro del vehículo y con el ceño fruncido, intentó recordar cómo era esa voz que había oído, o dónde la había escuchado antes. Le resultaba extrañamente familiar.

Entró a la sala procurando ser tan silenciosa como pudo.

Conocía a la profesora desde sus primeros años de carrera y era su ayudante en una de sus asignaturas, por lo que sabía que su preocupación era genuina.

Sus ojos se encontraron brevemente, y ella le sonrió aliviada al verla entrar.

Le había dejado el examen encima de la mesa para que pudiera comenzar de inmediato a trabajar.

Aunque lo intentó, tuvo dificultades para concentrarse. La imagen del auto pasando veloz frente a sus ojos y la idea de que su vida pudiera haber terminado ahí le revolvían el estómago.

Esa noche, abrió la puerta de su casa con la mente embotada. Dejó su bolso sobre la mesa y se tendió sobre el sillón, exhausta. Podría haberse quedado dormida ahí mismo.

Al cabo de unos minutos, y con gran esfuerzo, se levantó y comenzó a ordenar y limpiar. Normalmente era un momento del día que disfrutaba: ponía música, dejaba su mente libre de preocupaciones y se entregaba a los quehaceres simples de su pequeño hogar. Pero esa vez no tenía ningún ánimo.

Dejó andando la lavadora y se resignó a que ese día no podía ser más productivo de lo que ya había sido. Sin siquiera cambiarse de ropa, se acostó encima de su cama.

Habían transcurrido apenas unos momentos desde que cerrara los ojos, cuando la brisa nocturna empujó con suavidad las cortinas y dejó pasar los rayos de la luna en la habitación.

Con la luz atemporal entró una mariposa luminosa, revoloteando inquieta por la habitación, dejando una leve estela de plata a su paso.

Decidió que la nariz de Augustine era un buen lugar para posarse y ella abrió los ojos lentamente ante el contacto.

No le extrañó la visita nocturna, es más, en algún lugar de su mente sentía que esta había sido recurrente en sus sueños.

Porque sí, enseguida entendió que estaba teniendo un sueño lúcido.

Cada cierto tiempo vivía esas experiencias oníricas, excepcionalmente reales y cargadas de emoción y sensorialidad, aunque, por lo general, no lograba recordar al día siguiente qué había soñado con exactitud.

Se sentó despacio y le ofreció su mano a la mariposa, que se posó con gentileza sobre ella, dócil, como si descansara en una flor.

Augustine sonrió e intentó acariciar sus alas, pero la criatura fue más rápida y las batió para alejarse.

Apenas a unos metros de distancia, el insecto fue rodeado por unos hilos luminosos y, en cuestión de segundos, frente a ella se materializó de pie un joven de su edad.

Augustine se sorprendió, pero no demasiado. No sentía que fuera un desconocido, por el contrario, tenía la sensación de haber recibido su visita muchas veces antes. Una dulce nostalgia le oprimió el pecho.

Lo observó en silencio. Era alto y atlético, con una postura relajada y una sonrisa tenue.

De piel clara y ojos grises que recordaban a la luna llena reflejada en el agua: brillaban, pero de un modo sereno, intenso y tranquilo a la vez.

El cabello, blanco por completo, caía en mechones desordenados sobre su frente, lo que provocaba que luciera adorable y atractivo, todo al mismo tiempo.

Había en sus facciones una belleza limpia, casi irreal, que le resultó irresistible, aunque se sintió ridícula por fijarse en eso en medio de un sueño.

Él la miraba con una mezcla de picardía y ternura, como esperando ver la sorpresa en su gesto, pero, al poco, el sorprendido fue él.

—¿Estás muy acostumbrada a ver mariposas convertirse en personas? ¿O te quedaste muda del asombro? —preguntó, con una ligera curva divertida en los labios.

Augustine se puso de pie y caminó lentamente hacia él. Notó, con cierta vergüenza, que el corazón se le aceleraba al tenerlo tan cerca.

—Alderian —lo llamó, sin saber cómo conocía su nombre, pero con una deliciosa sensación de reconocimiento al pronunciarlo.

Una expresión de alarma y miedo apareció en el rostro del joven, que borró de golpe su sonrisa.

—¿Recuerdas cómo me llamó? —murmuró, incrédulo.

Pero no esperó a escuchar su respuesta y, sutil como un suspiro, desapareció.

* * *

Cuando la luz de la mañana la despertó al día siguiente, Augustine recordaba con una nitidez inusual el sueño de la noche anterior. No había rastros del velo borroso que solía empañar sus recuerdos tras esos sueños lúcidos.

Somnolienta aún, se dirigió a la cocina, pero a mitad de camino algo le llamó la atención.

Desde el centro de su pecho, emergía un extraño hilo, brillante y plateado, tan delgado como un cabello, que se prolongaba y se perdía en la pared que tenía al frente.

Se restregó los ojos, sin entender lo que estaba viendo.

Extendió tímidamente su mano, tentada a tocarlo y comprobar si podía romperse.

Su contacto se sentía cálido, pero firme. No se atrevió a intentar destruirlo.

¿Seguía soñando, acaso?

El teléfono sonó desde su habitación. Se apresuró a responder.

—¿Augustine? —La voz de su madre al otro lado de la línea tenía un tono de urgencia.

—Hola, mamá —saludó sin quitar la vista del extraño hilo que la seguía adonde fuese.

—Cariño, me dejé unos documentos importantes allá. Creo que quedaron encima de tu refrigerador. ¿Puedes mirar?

—Ajá, acá están —confirmó al cabo de unos minutos tras los que encontró la carpeta de cuero negro de su madre.

—Por favor, si puedes, tráelos a casa. Los necesito hoy. Puedes venir en la tarde si ahora no te queda bien.

—Iré ahora, tomaré un taxi —decidió Augustine, con la urgente necesidad de estar en un ambiente conocido.

—Genial, podríamos almorzar juntas entonces —se despidió.

Cortó el teléfono y se dirigió al baño para darse una ducha rápida antes de salir.

Se desvistió frente al espejo y notó que el hilo se acomodaba a cualquiera de sus movimientos, a veces incluso traspasando la materia.

Su reflejo desnudo le devolvió la mirada a través del vaporoso espejo y confirmó que el hilo nacía desde su piel.

Mientras tomaba el camino de veinticinco minutos hacia la casa de sus padres, notó en silencio que el taxista tenía uno muy similar al suyo, aunque no parecía darse cuenta de ello.

Al llegar, su padre estaba tomando café, sentado en el sillón de la sala y leyendo el periódico, como era su costumbre cada sábado. La escena no tenía nada de extraordinario, excepto por el delgado hilo plateado que emergía también de su pecho, flotando en el aire como un extraño cordón umbilical.

—¿Qué es eso? —preguntó Augustine, como si preguntara por algo casual.

Su padre levantó la vista del periódico y le sonrió, sin el menor atisbo de preocupación.

—Hola, hija. No te escuché entrar… Me preparé un cappuccino, ¿quieres uno?

—No me refiero al café, me refiero a lo que tienes en el pecho…

Él bajó la mirada, se palpó la ropa y alisó el suéter con la mano.

—¿Qué tengo? ¿Me manché?

Augustine se quedó paralizada. Su padre, ajeno al torbellino de pensamientos que hervía en la mente de su hija, volvió con tranquilidad a la sección deportiva.

En ese momento, los mellizos bajaron por la escalera con su uniforme de rugby, listos para irse al entrenamiento.

Venían conversando y riendo, lanzaron un «buenos días» rápido y salieron a la calle.

De sus pechos también emergían dos hilos de plata que los seguían con naturalidad, como si fueran parte de ellos.

Consideró contárselo a su madre que, probablemente, estaría en su escritorio en ese momento, pero la imagen de ser mirada con preocupación —o peor, con lástima— la frenó. ¿Y si pensaban que estaba perdiendo la razón?

Sin decir una palabra más, buscó a su progenitora quien, hundida entre sus documentos, agradeció con una cálida sonrisa que le entregara su preciada carpeta, mientras revisaba los correos electrónicos de sus clientes.

Augustine sabía que, cuando su madre estaba trabajando así, era mejor no interrumpirla.

¿Qué rayos estaba pasando? Parecía encontrarse en una realidad paralela que solo existía para ella.

Se despidió de su padre y se dirigió rumbo a la plaza de su infancia, a cinco minutos caminando. Cada persona con la que se cruzaba tenía su propio hilo, tan nítido como el suyo y el de su familia. Hilos plateados por todas partes.

¿Encontraría algo de información en Google?

Se sentó en un banco de la plaza cercana a su casa, sacó el celular y comenzó a buscar. No tardó en hallar una entrada que le recorrió la espalda con un escalofrío: