El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

L os pasillos de la universidad estaban vacíos a esa hora de la noche. Daban casi las nueve y Augustine recién salía de las dependencias de la biblioteca. El cálido aire primaveral todavía podía sentirse, incluso a esa hora.

¿Alcanzaría a llegar a casa con suficiente tiempo para editar sus videos?

Estaba exhausta después de haber trabajado todo el día en su proyecto de tesis, pero su actual independencia económica y el financiamiento de sus estudios dependían casi en exclusiva de los ingresos que lograba con su canal de YouTube.

Lo que partió, cuando era una niña, como la expresión de una afición personal acerca de reacciones en cadena usando piezas de dominó, con un canal muy sencillo e infantil, fue creciendo conforme sus diseños se volvieron cada vez más sofisticados, ganando con ello interés y suscriptores.

En la actualidad, su canal superaba el millón de seguidores.

Revisó su celular para chequear las métricas de los últimos videos subidos, sin poner demasiada atención a su entorno.

El campus había sido antiguamente un convento, por lo que conservaba la estética de sus patios interiores con cuidada vegetación, rodeados por pasillos enmarcados por gruesos pilares de piedra y antiguas esculturas con motivos religiosos en las grutas talladas de sus muros.

Los pasos de Augustine resonaban con eco en los oscuros corredores mientras se acercaba a la salida.

—¡Augustine! ¡Espérame! —Una voz masculina y entusiasta la llamaba desde algún lugar del patio.

Se detuvo confundida, buscando el origen de la voz, y reconoció a la distancia a Milán, un compañero de clase que últimamente mostraba demasiado interés en ella. Para cuando la alcanzó por fin, notó que venía jadeando; resultaba evidente que había corrido para alcanzarla.

—¿Ya vas a casa? —preguntó el muchacho mientras recuperaba el aliento.

—Sí, es tarde y mañana tenemos exámenes a primera hora. Tengo ganas de descansar.

—¿No quieres que vayamos a tomarnos un café o algo por acá cerca? Así te puedes relajar.

Augustine sonrió amable y algo tímida, pero negó con la cabeza.

—Tengo algunas cosas que quiero hacer antes de acostarme —se excusó, retomando sus pasos.

—Oh, he notado que no has subido nuevos videos a tu canal. ¿Vas a subir uno ahora?

Augustine se sorprendió de que conociera su afición y se ruborizó un poco.

—No sabía que conocías mi canal. Sí, tenía planeado editar uno de los que tengo listos para poder dejarlo programado para mañana.

—¡Genial! Estaré esperándolo.

Caminaron unos minutos en silencio hacia la entrada principal de la universidad.

—¿Quieres que te acompañe a tu casa? Está oscuro, creo que es más seguro que no vayas sola.

Augustine se negó rápidamente.

—¡No te preocupes! El bus que tomo acá, en la parada, me deja prácticamente a una cuadra de mi casa. Estoy bien, de verdad. Muchas gracias.

Milán parecía algo decepcionado, pero no insistió.

Cierto que su gran complexión podía ofrecer protección: un hombre alto y robusto, capaz de persuadir a cualquier perpetrador.

De todos modos, su intuición le advertía que tenía que manejar con cautela los ofrecimientos que él le hiciera, para evitar malentendidos entre ambos.

En un acuerdo tácito, Milán la acompañó hasta la parada de buses y esperó hasta que estuvo arriba para despedirse.

Cuando se marchó, suspiró aliviada. Se ponía tensa cada vez que se quedaba a solas con él.

Se demoró menos de lo que esperaba en llegar a su casa.

Se había independizado, pero su familia residía en la misma ciudad, por lo que su madre solía pasar a verla con cierta frecuencia, en especial cuando sabía que estaba bajo presión.

En cada visita aprovechaba para abastecer su refrigerador con sus platos favoritos, cosa que Augustine siempre agradecía profundamente.

Nunca conseguía el sabor de la sazón de su madre.

Ese día, de hecho, la estaba esperando y estaba poniendo la mesa para cenar juntas.

—¿Ya llegaste, cariño? —saludó cuando la escuchó entrar.

Augustine la abrazó, suspirando, agotada.

—Vaya, has tenido un día difícil. Lávate las manos y siéntate.

Su madre se alejó como un colibrí hacia la cocina, alegre y liviana.

Cenaron tranquilas, mientras la ponía al día de las novedades de sus hermanos menores, el trabajo de su padre, la enfermedad de su tía y los problemas económicos de su primo.

Después de su muy completo reporte, y tras vaciar ambas sus respectivos platos de espaguetis, se preparó para partir.

—Hija, no te quedes hasta tarde, ¿de acuerdo? Tienes examen mañana temprano, no te vayas a quedar dormida… ¡Ah! Y anda a casa uno de estos días. Podrías ir el fin de semana y quedarte con nosotros.

Se marchó dejando un cálido silencio detrás de ella. Y, pese a su advertencia, no fue sino hasta las tres de la madrugada que Augustine se fue a acostar.

Al día siguiente abrió los ojos asustada. Sabía que algo no estaba bien. Miró su reloj y… ¡maldición!, se le había hecho tarde.

Si corría, alcanzaría a llegar justo a su examen. Se vistió apresuradamente y, sin siquiera desayunar, corrió rumbo a la parada de buses.

Iba tan apurada que no vio el auto que venía doblando la esquina. El conductor tampoco la vio venir.

Iba a poner un pie en la acera, a encontrarse con un destino inesperado, cuando un grito ahogado, una voz que parecía emerger de las profundidades de su mente, irrumpió:

—¡Augustine! ¡Detente!