El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 1
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El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1)

El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1)

Por Ema V. Arden

© inepub.com

Capítulo 1

Capítulo Uno

L a brisa nocturna entraba por la ventana abierta de la habitación, empujando suavemente el velo de la cortina, pero Alderian no era capaz de sentir su refrescante roce. No sentía calor ni frío, y no era de extrañar porque, en realidad, él no estaba allí.

Su presencia en ese cuarto representaba apenas una sombra de su verdadera existencia.

¿Qué significa ser un ángel guardián?

Era una pregunta que solía hacerse a menudo mientras acompañaba día y noche a su humana, que ahora dormía plácidamente, como si supiera que sus sueños estaban siendo velados.

Un luminoso hilo plateado lo unía al destino de Augustine de forma irrevocable, no solo en esa vida, sino en todas las que ella naciera en este mundo.

¿Cuántas encarnaciones habían sido ya? Había perdido la cuenta.

Él recordaba todas las vidas pasadas de Augustine, aunque ella ni siquiera podría reconocerlo si pudiera verlo.

Irónico, ¿no?

Sin embargo, cuando ella muriera, sería entonces su turno de ser el humano protegido y Augustine sería su ángel guardián; Alderian, como humano, tampoco sería capaz de reconocerla.

En ese momento, incluso si se esforzaba, no lograba evocar ninguna de sus propias vidas humanas, ni la recordaba a ella protegiéndolo de manera incansable.

Eran como el sol y la luna: nunca brillarían juntos bajo el mismo cielo.

Aunque, para él, Augustine siempre había sido el astro rey: luminosa, radiante, llena de calidez.

Se miró a sí mismo un momento. Sus manos pálidas, su ropa clara. Tan etéreo que su contacto jamás podría alcanzarla.

Otros espíritus protectores o A’aruin —como se llamaban a sí mismos— solían regresar a A’aru, la dimensión espiritual, mientras sus humanos dormían.

Sabían que el Hilo de Plata los alertaría ante cualquier peligro.

Alderian, en cambio, prefería quedarse con Augustine.

Aunque fuera en silencio, elegía su compañía antes que la fría soledad que lo esperaba en A’aru.

Su única obligación era acudir al llamado del Río Lethe, donde debía sumergirse cada cierto tiempo para que el hilo que los conectaba no se debilitara. Fuera de eso, su tiempo le pertenecía por completo a su humana.

Una sombra oscura se escabulló por debajo de la puerta, como un líquido vivo, avanzando en dirección a la joven mujer. Alderian la advirtió de inmediato y, con cierto desprecio, alzó apenas la mano. El gesto fue suficiente para expulsar a la entidad indeseada, que se deshizo en la penumbra.

—Nadie te ha invitado— murmuró mientras la veía desaparecer.

Le resultaba algo extraño que ese tipo de manifestaciones se acercaran con más frecuencia a su humana en esa vida que en las anteriores. Había preguntado a otros A’aruin si habían notado un aumento de las Sombras, pero nadie parecía haber vivido una experiencia similar.

En parte, por eso prefería no alejarse demasiado de Augustine. Aquellas criaturas eran seres inferiores y no podrían hacerle un gran daño, pero resultaba lo bastante inquietante tenerlos rondando como para no bajar la guardia.

Augustine se removió en la cama, inquieta.

—¿Qué estás soñando, mi dulce Augustine? —preguntó curioso, al mismo tiempo que se sentaba a los pies de su cama; sonriendo, pese a saber que nadie era testigo de ese gesto.

La observó un momento y sintió la tentación de visitarla en sus sueños. Era una de las pocas maneras en que podía manifestarse y hablar libremente con ella. Cuando lo hacía, lograba escuchar de sus propios labios sus preocupaciones humanas, sus dudas y anhelos.

Pero esas conversaciones estaban condenadas a ser olvidadas al día siguiente, así lo dictaba la ley inmutable que regía su vínculo.

Y, aunque se repitiera a sí mismo que lo sabía, que no le molestaba, cada vez que ocurría lo invadía una sensación de frustración y anhelo que se demoraba días en superar.

Por lo mismo, desde hacía algunos años había decidido no entrar en sus sueños, salvo que fuera estrictamente necesario, pero esa noche se sentía melancólico y, por una vez, quería ser él quien fuera consolado por ella.

No lo pensó demasiado, no deseaba pensar en lo mal que se sentiría al día siguiente.

Se acercó a la cabecera de la cama y llevó suavemente las manos hacia la frente despejada de la joven.

En un instante se transformó en una hermosa mariposa plateada.

Sobrevoló la habitación en vuelos juguetones alrededor de Augustine, dejando a su paso una delicada estela de luz. Estaba en sus sueños.

Ella abrió los ojos lentamente, como una princesa encantada. Se sorprendió al ver al pequeño ser revoloteando a su alrededor y extendió la mano hacia él. Antes de que pudiera alcanzarlo, Alderian retomó su forma humana.

Augustine dio un respingo y se llevó su mano al pecho.

Alderian no lo mostró, pero se regocijó en silencio. Nunca se cansaba de ese primer instante de asombro: era el momento en que sabía que ella lo estaba mirando solo a él, con toda su atención.

—¿Quién eres? —preguntó, como cada vez que él la visitaba en sueños. Infinitas veces ella había formulado esa pregunta. Infinitas veces él le había contestado… e infinitas veces ella lo había olvidado.

La respuesta que Alderian daba nunca era la misma; dependía de las circunstancias, de su humor, de sus caprichos o de lo que creyera que Augustine necesitaba escuchar en ese momento.

Pero esa noche se sentía particularmente voluble.

Sin decir nada, se acercó con una mirada apasionada que no quiso reprimir.

Sabía que nada de aquello era real y que, aunque ella creyera sentir su contacto, en realidad no lo hacía, pero aun así se atrevió a rozar su hermoso rostro con la punta de los dedos. Augustine no intentó retroceder, y eso lo hizo vibrar de emoción.

—Recuérdame mañana —pidió Alderian, casi como una súplica.

Augustine levantó la vista; con esas pestañas largas, parecía un cervatillo. Sonrió dulcemente, como una promesa. O quizás una tortura.

Alderian abandonó su sueño consciente de que, al amanecer, sería olvidado y esa realidad lo golpearía con fuerza.

Aun así, se obligó a quedarse a su lado hasta que salió el sol.

La vio despertar por la mañana, prepararse para ir a la universidad.

Nada en su aspecto había cambiado y, como cada vez que Alderian se enfrentaba a su Olvido, sintió cómo su corazón se endurecía.

Decidió regresar a A’aru, abatido como siempre, pero antes de marcharse se plantó frente a ella, absurdamente desafiante.

—Mírame —ordenó con voz arrulladora—. Mírame —insistió.

Augustine alzó la vista y sus ojos verdes se encontraron de lleno con los de él. Por un instante, se quedó inmóvil, pero ese breve contacto se deshizo enseguida. Alderian podía sentir su corazón latir desbocado.

La joven abandonó la habitación antes de que él alcanzara a recuperarse del impacto.