Capítulo 11
—Mamá... ¿hoy vienes a buscarme más temprano? —La pregunta llegó entre mordidas apresuradas al pan con huevo, con sus ojos atentos a mí como si la respuesta pudiera determinar el rumbo de todo el día.
—Si logro salir antes de la reunión con el cliente, sí —respondí, deslizando los dedos por su cabello despeinado, intentando domar ese remolino que insistía en formar una corona desordenada en su cabeza.
—¿Y si no puedes?
—La abuela te busca. —Sonreí—. Pero ni lo vas a notar. Vas a estar demasiado ocupado con las tareas, ¿recuerdas?
Puso una cara dramática.
—Las tareas son tan feas como el brócoli.
—Pero el brócoli te lo comes cuando le pongo queso encima.
—Las tareas no tienen queso, mamá.
Solté una risa baja y le di un beso en la frente. Olía a jabón infantil y a algo que siempre me recordaba a casa... a mi casa. A la que construí con sacrificio, con miedo y con todo el amor que alguien puede meter en un corazón que se rompió demasiado pronto.
Poco después lo dejé en la puerta de la escuela.
Corrió por el patio con la mochila rebotando, se dio vuelta para lanzarme un beso y yo atrapé el gesto en el pecho como quien guarda una reliquia.
Me quedé allí un momento más, observando hasta que el uniforme azul desapareció entre sus compañeros. Entonces suspiré...
Seguí caminando por la calle con pasos lentos, preparándome para la avalancha que sería el día.
El calor de Belo Horizonte comenzaba a despertar junto con el ruido de los autos y la prisa de la gente.
Ajusté la correa del bolso en mi hombro y giré en la esquina hacia la parada del autobús, todavía pensando en los reportes del día, cuando el mundo volvió a detenerse.
Mi cuerpo se heló, como si un balde de agua me cayera de los hombros a los tobillos.
Él estaba allí... ¡Matteo!
Apoyado en un coche negro, con los brazos cruzados, la camisa impecable y esa maldita mirada gris verdosa que me atravesaba como si pudiera leer todo lo que yo no decía.
El susto me detuvo en medio de la vereda, mi corazón se aceleró con un ritmo irregular, como si por un momento hubiera olvidado cómo latir con seguridad.
—¿Qué haces aquí? —Mi voz salió más aguda de lo que quería, rasgándome la garganta.
Él descruzó los brazos despacio, como quien no tiene prisa porque sabe exactamente lo que hace.
—¿Me estás siguiendo? —pregunté, con más firmeza.
—Estoy buscando respuestas.
El estómago me dio un vuelco. Él lo sabe...
Lo vi en la forma en que sus ojos me atraparon allí, en medio de la vereda, como una aguja atraviesa una tela. Matteo nunca necesitó muchas palabras para aplastar a alguien, le bastaba esa mirada clínica, fría, que diseccionaba intenciones como si fueran números en un balance.
—¿Quién es el niño? —preguntó con una voz ronca, pero controlada.
Fingí no entender. O lo intenté.
—¿Qué niño?
—El que acabas de dejar en la escuela. Ho visto tutto [3] . —Sus ojos se entrecerraron—. ¿Es mi hijo?
La sangre se me heló y, aun así, me reí. Una risa seca, defensiva, casi nerviosa.
—Estás delirando.
—¿Qué edad tiene? ¿Seis años? ¿Siete? Fa’ i conti [4] , Priscilla.
—Vete, Matteo —dije entre dientes—. Esto es invasivo y absurdo.
—¡Es la verdad, cazzo !
La palabrota se le escapó sin freno, cargada de rabia y frustración. La máscara cayó por un segundo, revelando al hombre que luchaba desesperadamente por mantener el control. Matteo dio un paso adelante y, cuando intenté pasar junto a él, su mano se cerró alrededor de mi brazo.
—¡Suéltame! —exigí, tirando de mi brazo, aunque sin fuerza real para romper el contacto.
No me soltó. Estábamos demasiado cerca. El tipo de cercanía que quema la piel, que desorienta los sentidos. Su perfume, ese toque cítrico y amaderado, me invadió sin permiso, trayendo consigo recuerdos que pasé años enterrando.
—Vas a decirme la verdad. Ahora.
—¿Qué verdad? —pregunté—. ¿La de que me trataste como a una cualquiera? ¿La de que no quisiste atenderme? ¿La de que desapareciste sin mirar atrás? No... ahora quieres justicia, ¿no es eso?
—Yo... yo... —Matteo dudó, como si las palabras se le escaparan—. No estoy aquí por justicia. Solo... necesito saber.
—¿Saber qué? —Mi voz se quebró—. ¿Que tal vez abandonaste a un hijo sin siquiera preocuparte? No quieres saber, Matteo. Quieres controlar.
—¡È mio diritto [5] ! —explotó—. Si es mío... si ese niño es sangre de mi sangre, merezco saberlo.
Cerré los ojos un instante. Estaba temblando. De rabia. De miedo. De agotamiento.
—No mereces nada —dije, mirándolo a los ojos—. Porque renunciaste a eso cuando me diste la espalda. Cuando me dejaste sola en ese baño con un test de farmacia en la mano y tu voz diciendo “fue solo una noche”.
Finalmente soltó mi brazo. Pero sus ojos no retrocedieron ni un milímetro.
—Déjame en paz, Matteo.
—No. Non posso [6] .
—Sí, vas a poder hacerlo —rugí, reuniendo todas las fuerzas que me quedaban para darle la espalda y salir corriendo.
Él dudó, con la respiración entrecortada, pero no me siguió.
Caminé con pasos cortos y rápidos, intentando huir de él y de todo lo que su presencia desenterraba. Por suerte, mi autobús llegó antes de que pudiera moverse, aunque estaba segura de que mi pesadilla apenas estaba comenzando.