El hijo que el italiano no quería (Herencia Ferraro 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

En cuanto entré en la sala lo supe.

El tiempo podía haber pasado, sus rasgos podían estar más maduros, su mirada más cargada de cansancio y de algo que yo no sabía nombrar…

pero era ella . No había margen de duda.

Era el tipo de mujer que se entrega con facilidad, pero que también se va con la misma rapidez; sin embargo, por alguna razón, el cuerpo guarda su recuerdo como si estuviera grabado en las terminaciones nerviosas.

Priscilla...

Nunca supe su apellido y, para mí, siempre fue un detalle insignificante.

No me permití ni un segundo de vacilación.

La reacción fue automática, producto de años de autodefensa emocional, de toda una vida aprendiendo a disimular debilidades con un simple arqueo de ceja.

El reconocimiento quedó guardado en algún lugar entre el estómago y la garganta, encerrado bajo llave, donde ella jamás tendría acceso.

Mantuve la expresión neutra, controlé la respiración y forcé una mirada de desinterés, como si fuera solo otra empleada más de otra agencia cualquiera en cualquier país.

Pero no lo era… tal vez ese era el problema.

Mientras el ejecutivo brasileño presentaba los gráficos con el entusiasmo forzado de quien quiere impresionar a un cliente internacional, mis ojos se desviaban hacia ella con una frecuencia que me irritaba.

Cada vez que intentaba concentrarme en las estadísticas de crecimiento del mercado o en las estrategias digitales, me descubría observando la forma en que sostenía el bolígrafo, cómo mordía discretamente la comisura del labio inferior cuando estaba concentrada o cómo pasaba los dedos por el cabello de manera casi involuntaria.

Qué ridiculez . Tenía cosas más importantes en las que pensar. Negocios que cerrar. Una expansión que supervisar. El nombre de mi familia que proteger. Aun así, ahí estaba ella… como una grieta en el hormigón perfectamente armado de mi indiferencia.

Su portugués seguía cargado de un leve acento de Minas Gerais, perceptible incluso sin dirigirme la palabra. Podía oír en mi mente el sonido de su voz, como si el recuerdo estuviera a punto de colarse entre mis pensamientos.

La rabia llegó con ese recuerdo. No por ella, sino por mí.

Por haber sido lo suficientemente estúpido como para involucrarme con ella aquella noche.

Por perder el control al punto de contestar su llamada días después, sabiendo exactamente lo que quería decirme…

y aun así elegir cortar cualquier vínculo antes de que echara raíces donde no debía.

Yo era Matteo Ferraro, y mi mundo no tenía espacio para distracciones.

Aun así, cuando levantó la mirada hacia mí, cuando sus ojos chocaron con los míos, supe que no era el único que recordaba. Ella se congeló por un segundo. Una fracción de tiempo tan breve que cualquiera en esa sala la habría pasado por alto. Pero yo… siempre fui bueno con los detalles.

La reunión siguió como debía. Mis intervenciones eran puntuales, las palabras en portugués salían con la precisión de quien domina el idioma, aunque con los inevitables errores que trae la prisa.

A veces se me escapaban palabras en italiano, y no hacía el más mínimo esfuerzo por corregirlas.

Si querían trabajar conmigo, tendrían que acostumbrarse a mis imperfecciones lingüísticas.

Cuando el ejecutivo de cuentas terminó la presentación con un entusiasmo tan falso que casi me dio lástima, me levanté de la silla con la calma estudiada de quien sabe que controla la situación sin necesidad de alzar la voz.

—Necesito unos minutos con… —Hice una pausa deliberada, como si realmente tuviera que recordar su nombre, cuando en realidad estaba grabado en algún lugar incómodo de mi memoria—. Priscilla.

El gerente pareció sorprendido, pero asintió de inmediato. La mayoría de los demás empleados salió de la sala como si fuera una orden tácita de evacuación.

Solo quedamos nosotros dos.

Cerré la puerta detrás de mí con un clic suave y me giré hacia ella, dejando que el silencio hiciera el trabajo que yo quería: presionarla.

Durante unos segundos solo la observé. Su cuerpo estaba tenso en la silla, sus dedos aferrados al bloc de notas, la respiración acelerada, aunque intentaba disimularlo, fingiendo que era inmune.

Me acerqué despacio, con el paso calculado de quien no tiene prisa por herir, porque sabe que la incomodidad corta más profundo cuando se arrastra lentamente.

—Interesante encontrarte aquí —comenté en un tono cargado de ironía, pronunciando el portugués un poco más despacio de lo habitual, con ese roce áspero en las consonantes que no me molesté en suavizar—. El mundo es… ¿cómo dicen ustedes?… pequeño, ¿no?

Ella no respondió de inmediato. Solo apretó aún más el bolígrafo entre los dedos, como si eso fuera un ancla que pudiera mantenerla firme mientras el suelo comenzaba a ceder.

Me acerqué un poco más, hasta apoyar una mano en la mesa, inclinándome hacia ella, dejando que mi presencia llenara el espacio entre los dos.

—Relájate, piccola . No estoy aquí para revivir el pasado. Solo me pareció… curioso.

Sonreí cínicamente, con el sabor amargo de quien juega un juego que sabe que va a ganar.

Luego salí de la sala. Sin mirar atrás.

Porque eso era lo que hacía con los errores del pasado: los dejaba donde estaban… incluso cuando todo dentro mío me decía que esa historia estaba lejos de haber terminado.

Abandoné la sala con pasos deliberadamente lentos, sintiendo el peso de las miradas de los empleados que pasaban por el pasillo.

Algunos fingían discreción; otros no se molestaban en ocultar la curiosidad.

Los brasileños tienen esa manía de intentar descifrar expresiones en quienes no se esfuerzan por dejar de ser un enigma.

Llegué a la sala de espera improvisada para los ejecutivos de Ferraro Uomo y pedí un café, más para ocupar el tiempo que por necesidad.

Mientras removía la cuchara en el líquido oscuro, dejé que mi mente viajara de nuevo a aquella noche, seis años atrás, como quien abre un cajón que debería permanecer cerrado.

Ella había llegado a esa fiesta con la expresión de alguien fuera de lugar, sin saber muy bien qué hacía allí.

Un rostro bonito, rasgos suaves y un cuerpo con curvas más generosas que el promedio de las mujeres con las que solía involucrarme, pero había en ella una entrega fácil, una vulnerabilidad latente que me atrajo más de lo que debería.

El tipo de distracción que solo me permitía en momentos de extremo aburrimiento, y esa noche… yo estaba aburrido.

Recuerdo cómo me miraba, con esa mezcla de deseo mal disimulado y admiración ingenua que cualquier hombre con un mínimo de ego sabría aprovechar.

No fue difícil llevar la situación hasta la habitación del hotel.

Menos aún fue olvidarla a la mañana siguiente.

Solo era una más. Como tantas otras antes y tantas otras después.

Cuando llamó días después, insistiendo en hablar conmigo, la señal de peligro fue inmediata.

Las mujeres como ella solían ser así: se aferraban a un momento pasajero como si fuera el inicio de un romance épico.

Fui directo, como siempre. Dije lo que tenía que decir, corté cualquier intento de continuidad y cerré el asunto antes de que echara raíces donde no debía.

Y ahora ella estaba aquí...

Sentada al otro lado de la mesa de reuniones, con esa misma mirada que mezclaba orgullo herido y algo más profundo que prefería no descifrar.

Mi primer impulso fue simple, directo, tan eficiente como cualquier plan de contención de daños: si ella se convertía en un problema, lo resolvería. Si generaba incomodidad, cambiaría de agencia. Así de simple.

No sería la primera vez que despediría a un equipo por razones que jamás aparecerían en los reportes oficiales.

No tenía tiempo para distracciones. Ni paciencia para lidiar con dramas sin resolver. Si ella aún mantenía alguna ilusión sobre mí, aprendería rápido, y de la forma más dolorosa, que no estaba en mi lista de prioridades.

Fuera por ego, orgullo o simple autopreservación, esa mujer seguía siendo exactamente lo que siempre había sido para mí: una página arrancada de un capítulo que nunca tuve la menor intención de releer.

La única duda que me quedaba, mientras tomaba el último sorbo de café y acomodaba la corbata antes de regresar al hotel, era cuánto tiempo ella lograría fingir que tampoco me recordaba. Y, cuando finalmente se le cayera la máscara… ¿estaría yo preparado?

Aunque, en el fondo, lo sabía bien: siempre lo estoy.