Laen’dah #2
Ádria y Mayara conversan tranquilamente, ella se ruboriza ante el acercamiento del hajaek quien rodea su cintura con suavidad.
El anciano camina con brío, ya casi ha llegado.
En ese momento se percata de quién acompaña a los hajaeks.
En medio de todos, apoyado en el tronco y con los ojos cerrados, está Kishur.
Su rostro muestra una paz que logra calentar el corazón del anciano.
El viento despeina su cabello gris. Desea contarle a su señor lo hermosa que es su descendiente y las tallas tan bonitas que le hace.
Kishur abre los ojos y se incorpora al verlo. Le tiende una mano.
«Vamos anciano, no nos hagas esperar más tiempo», le pide el dárico gris.
Eltsay se ha levantado y los hajaeks lo rodean mientras Ghiro contempla el brazo extendido hacia él. Entonces, sonríe y toma la mano de Kishur sin dudar.
El cuerpo del anciano se encuentra acunado por su descendiente.
Este lo llama aun sabiendo que su padre ya se ha marchado.
Su madre abandona la casa mientras grita su nombre.
Los dos infantes que jugaban junto al manzano callan.
Uno de ellos irrumpe en llanto ante la muerte repentina de su tío.
Las ramas del árbol se agitan con suavidad y una manzana cae al suelo rodando.
Y yo decido marcharme de allí porque me ahoga la pena.
Por último, me dirijo hacia la morada del Dragón con las fuerzas exiguas.
Tengo la sensación de que transcurren días desde que abandono Alviat; el mundo venidero me reclama y no está dispuesto a esperarme mucho más tiempo.
Encuentro a Alhanna junto a su hijo dando un paseo por la orilla del Lashvaeg.
Záfira los sigue a lo lejos mientras silba una hermosa melodía.
Observo a Akiro y me quedo prendado ante su mirada cristalina e inocente.
Es algo desgarbado, pero muy hermoso, y posee una apariencia humana como la de su madre.
Sus ojos grises miran a Alhanna. Ella toma su mano y le sonríe.
Lleva un bonito colgante en el cuello, la medalla con la rosa que perteneció a Alfar.
—Ya te sabes la historia de Zahel de memoria, piensa mejor otra cosa —le pide Alhanna—. ¿Qué te parece si te cuento aquella vez que oí la Canción de los soñadores?
—Eso no, mamá. Me da un poco de miedo —admite Akiro.
Ella ríe y el niño frunce el ceño. ¿Cómo puede asustarle la Canción y luego ser capaz de escuchar las historias más sangrientas que a ella se le ocurra narrar?
Una gigantesca sombra se cierne sobre ellos de pronto y el atronador rugido del Dragón recorre la morada y hace huir a todas las criaturas que rondan cerca de ellos dos.
Yo también siento la necesidad de escapar, y necesito reunir la poca entereza que me queda para permanecer allí.
Akiro alza la cabeza para contemplar la colosal criatura que desciende hacia el lago.
Se convierte en una oscura bruma antes de tocar el suelo, y tras posar sus pies, aparece la figura alada de Osharan.
El niño aplaude y corre entusiasmado hacia él.
Alhanna se cruza de brazos mientras finge indiferencia.
Osharan apoya una rodilla en el suelo para recibir al niño y Akiro no duda ni un instante en abrazarlo, aunque su padre no le corresponde y se mantiene rígido. A mí me sorprende que permita semejante cercanía y me pregunto si habrá cambiado algo más.
—¡Has tardado mucho! —le reprocha el pequeño cuando lo suelta—. Mamá me ha dado un arco, quiero que lo veas. ¿Puedo mostrártelo?
—Quizá luego —le responde mientras se incorpora.
Una visión entra en la mente de Akiro y le muestra su habitación.
Hay un objeto en la mesa donde suele dibujar.
«¿Qué me has traído?», pregunta el niño.
«Averígualo», le responde su padre. Akiro sonríe y corre veloz con gran emoción.
Osharan lo observa un instante antes de ir junto a Alhanna, ella apenas le dedica una mirada recelosa.
—¿Has acabado con ese maldito? —pregunta y veo la oscuridad en sus ojos.
—No volverá. Erradicaré las pesadillas de Akiro si es lo que deseas, no permitiré que Asthaluss llegue hasta él. —Osharan toma un mechón de cabello de Alhanna en su mano y aspira su aroma a lavanda—. Ambos me pertenecéis, nunca lo olvides.
Alhanna rodea la nuca de Osharan con las manos y entrelaza sus dedos.
Quiere decirle que él también les pertenece, pero en lugar de eso lo obliga a inclinarse un poco hacia ella y lo besa.
Muerde su labio inferior y sonríe contra su boca.
El Dragón lanza un gruñido ronco desde lo más profundo de su garganta.
Luego, deshace su cuerpo ante la frustración de Alhanna y desaparece de allí. No importa, pues sabe que regresará.
Observa el Lashvaeg y su mirada se enturbia al pensar en Asthaluss. Rememora el día que viajó desde allí hasta Muriath y en todos sus pesares. Jamás entregará a su hijo.
Me marcho en busca de Akiro, tengo curiosidad por saber si le gusta el obsequio de su padre: la figura que yo mismo hice representándolo como el Juez.
El niño revisa la pequeña estatua con atención frente a la ventana.
Aquella imagen le recuerda demasiado al ser que aparece en sus pesadillas y el miedo lo atenaza de pronto.
Akiro sufre mucho con esos sueños que no es capaz de controlar y por los que acaba llorando en brazos de su madre.
Ella siempre le promete que lo protegerá.
Acaricia la medalla con uno de sus dedos, Alhanna le dijo que era un regalo del dárico gris y que lo ayudaría a dormir.
Acerca la figura a su rostro y no puedo evitar susurrar su nombre: Lándarhos.
El niño se estremece al escuchar mi voz a través del viento.
Deja caer el objeto, que se rompe por la mitad.
Se aparta enseguida y yo vuelvo a pronunciar aquel nombre que parece arrastrarlo hacia una de sus peores pesadillas.
Casi no queda tiempo y necesito hacerle comprender cuál es su papel.
«¡Eres Lándarhos!» grito en su mente y Akiro se lleva las manos a la cabeza mientras grita que lo deje en paz.
Entonces, todo comienza a cambiar a su alrededor y el mundo parece girar sobre sus pies.
Cierra los ojos para que la cegadora luz que ha penetrado en la habitación no le haga daño.
Oye las voces de gente extraña y el ensordecedor ruido lo abruma.
Cuando levanta los párpados observa perplejo el cielo cubierto de nubes grises y los altos edificios de acero y cristal que forman una maraña confusa en el horizonte.
No comprende qué ha sucedido ni dónde se encuentra.
Reconoce ese lugar por las historias que le ha contado su madre sobre Asthaluss, y también por los temibles sueños.
—¡Mamá! ¡Mamá! —grita a pleno pulmón mientras llora—. ¡Padre!
Desea con todo su ser que puedan oírlo, pero sabe que está solo. El miedo lo paraliza y le cuesta mucho respirar aquel aire pestilente y denso. Se siente enfermo.
«Por fin, Lándarhos», esa es la voz de mi hermano, Asthaluss.
Akiro vuelve a cerrar los ojos y una arrolladora fuerza lo arrastra de regreso a su mundo.
Lo primero que nota es alivio al respirar aire fresco y el profuso aroma de las flores de primavera.
Sus pies pisan hierba húmeda y los árboles se bambolean a ambos lados del camino, pero apenas oye su melodía y eso solo puede significar una cosa: está en lado mortal de Muriath.
Percibe la Oscuridad bajo sus pies y sabe que su padre irá a buscarlo pronto.
El bosque lanza un canto casi imperceptible para tranquilizarlo y él se lo agradece con una sonrisa.
Se inquieta al oír los pasos de alguien que se acerca por el sendero.
Es una niña, más o menos de su edad. Se detiene a escasa distancia de él y lo mira con desconfianza.
Tiene las orejas acabadas en punta y las pupilas de color negro.
Es dárica, aunque hay algo raro en ella que no logra identificar.
A Akiro le agrada su cabello corto y rubio.
La observa con admiración, pues cree que es el ser más hermoso que ha visto nunca.
—¿Qué hace un humano en Alviat? —pregunta ella mientras frunce el ceño.
Akiro se toca las orejas como si necesitara confirmar que no las tiene como ella. ¿Cómo podría explicarle que no es humano? No sabe qué es en realidad.
—Paseaba en busca de un buen trozo de madera para tallar, he estropeado el que tenía. ¿Me ayudas? —Se ha acercado tanto que lo ha puesto nervioso—. Tus ojos son muy bonitos, parecen espejos. A mi alrededor todos los tienen negros, menos mi madre.
—Claro, eres dárica.
—No del todo —dice con orgullo—. Poseo sangre dárica y humana.
El bosque susurra a su alrededor y ambos contemplan a los árboles con mucha curiosidad. Los niños ríen a la vez.
—¿Tú también puedes escuchar al bosque? —pregunta ella emocionada.
—¡Siempre lo hago! —presume Akiro.
La niña coge su mano y Akiro relega al olvido el miedo que lo atenazaba un rato antes. Ha conseguido que no recuerde a Asthaluss. Ella brilla como el sol de la mañana.
—Mi nombre es Lianah —se presenta con voz dulce.
—Y el mío es Akiro —sonríe ampliamente al decirlo.
Caminan juntos, acompañados de la melodía que ofrece el bosque. Mientras se sostienen de la mano el mundo desaparece para ellos. Sus miedos no importan. Solo son dos niños que se acaban de conocer y cuyas vidas están ligadas, de la misma forma que lo estuvieron las de sus padres.