Laen’dah
—Ocúltate en la chimenea, ¡vamos! —le ordenó al inocente dárico.
Me hace caso, aunque no sin antes recoger todas las hojas escritas y guardarlas bajo su chaqueta. Corre hacia la robusta construcción y se acuesta sobre las cenizas. Se encoge tanto que ya no puedo verlo y eso me tranquiliza, pues espero que sobreviva.
Diez ágaras me separan de la historia que acabo de narrar y aún me late fuerte el corazón cada vez que reparo en mi fracaso.
Durante mucho tiempo me he mantenido al margen de cuanto sucedía en el mundo.
Abandoné mi labor, pero hay cosas que nunca cambian.
Oí de nuevo la llamada agonizante de Asthaluss y supe que había llegado el momento de reclamar a nuestra criatura: Lándarhos.
La figura que tallé hace unos días me observa desde el escritorio, no he tenido el valor de colocarla en la Drefara.
Lleva un cayado en la mano derecha. Ya no hay vuelta atrás.
He manipulado los sueños de ese niño llamado Akiro para obligarlo a ver cuál es su papel en el mundo.
Permitiré que Osharan acabe conmigo y no tomaré otro cuerpo, sino que aguardaré hasta que su rabia se haya aplacado.
La puerta estalla en ese momento y da paso a la criatura que más frustración y terror ha originado en mí.
Sus ojos recorren toda la estancia hasta que dan conmigo y me estremezco, encogido en el sillón.
Las sombras escapan de sus brazos y se abalanzan sobre mí igual que cuchillos. Pero no me tocan.
—Tú y Asthaluss jugáis con mi paciencia, no os conformáis con existir. ¿Acaso no os he dado suficiente al quedarme? —La voz de Osharan traspasa los muros—. Mi hijo era lo único que no debíais tocar. Ya os lo advertí.
—Yo conseguí mi propósito: retenerte. Pero Asthaluss agoniza y necesita que el Juez realice su labor, para eso ha nacido —me atrevo a decir casi sin resuello.
La sonrisa cruel que dibuja su rostro me confirma que no piensa permitirlo.
Esta vez no devora mi carne, sino que la Oscuridad engulle la Drefara ante mis ojos.
Las estanterías se derrumban y las paredes se desgranan como la arena.
Trato de ponerme en pie y es entonces cuando las sombras me alcanzan y rodean mis piernas y brazos.
El dolor invade cada parte de mí y me tortura la mente, hasta el punto que no creo poder resistirlo sin suplicarle perdón.
La carne de mi cuerpo se deshace y la sangre comienza a cubrir el asiento. Grito hasta desgarrarme la garganta.
Estiro el brazo hacia la chimenea, ni siquiera comprendo para qué.
Los sentidos me abandonan, me quedo mudo y sordo, y mis ojos se cierran con la última imagen de Osharan, que me observa con parsimonia.
Ha llegado el momento de mi muerte. Lo primero que percibo es la ausencia de dolor; el mundo venidero tira de mí con fuerza, me obliga a regresar al inicio de todo.
Pero me resisto, pues antes necesito ir junto a aquellos que han plagado mis pensamientos durante tantas ágaras.
Recorro el mundo como si fuera una corriente de viento.
Encuentro a Quiazz en el jardín de su casa y me sorprendo al ver que su apariencia no ha cambiado demasiado.
Camina entre las rosas de cristal con calma.
Las luces de las lunas acompañan su soledad.
El silencio no dura demasiado, un chico joven aparece en el umbral de la terraza. Es Randal.
—¿No vienes? Se va a enfriar la cena y no será propia de un rey —le dice en un tono de burla, lo que arranca la risa de Quiazz—. Oxa y Beres han llegado con las niñas.
—Esperaré a Gastor, comed vosotros —le responde.
Randal pone los ojos en blanco y regresa dentro.
Quiazz sabe que los jóvenes no entienden nada sobre el amor, pero ya lo descubrirán algún día.
El general y él no logran pasar juntos demasiado tiempo, las obligaciones de ambos lo impiden, así que esperará lo que haga falta para cenar a su lado.
Le agrada la casa que le cedió su padre y que convirtió en su hogar, a pesar de que muy pocos entiendan que su monarca viva como cualquier otro ciudadano.
Los pasos le advierten de la llegada del general, reconocería su forma de caminar en cualquier lugar.
—¿Pasando hambre? Eres un necio —le increpa Gastor después de darle un beso en la nuca—. Vamos dentro, todos nos están esperando.
Quiazz toma su mano y lo sigue al interior de la casa. El monarca puede oír las voces de los demás, que conversan en el salón. Por muy agotador que resulte portar la corona, no se arrepiente de haberla aceptado. Mientras Gastor siga a su lado, tendrá fuerzas para luchar tanto como sea necesario.
Los abandono y me dirijo hacia Alviat con la sensación de avanzar con mayor lentitud, como si un pesado lastre me arrastrara.
Litzzia duerme mientras la luz de la mañana se arroja sobre su rostro.
Un infante vigila su sueño a la vez que talla con mucho mimo un trozo de madera.
Es pronto para distinguir la figura que está elaborando, pero parece un vargum.
Lo veo de espaldas, tiene el cabello dorado y la piel nívea.
Litzzia se incorpora y el pequeño mira en su dirección.
Al girarse, me permite ver su rostro y es entonces cuando me doy cuenta de mi confusión, pues se trata de una niña.
Me asombra la belleza de sus delicados rasgos. Se parece mucho a su padre.
—¿Ya estás lista para ir a clase? —Le pregunta Litzzia.
—He decidido quedarme, así terminaré de tallar este vargum para Ghiro —dice con mesura y desviando la mirada hacia la madera.
—¿Aún sigues enfadada con tus profesores?
Ellos solo tratan de mostrarte como era el dárico gris según su visión, piensa que yo fui la única que lo conoció de verdad —Litzzia sonríe y le acaricia el pelo—.
No te sientas mal cuando te hablen de él y, en lugar de eso, explícales quién era de verdad tu padre. Cuéntales cuánto amaba la música.
—No quiero hacerlo, a ellos no les importan ese tipo de cosas. Odio las historias sobre él, ¿por qué debe importarme las batallas que ganó cuando ahora está muerto? —Se gira para que su madre no vea las lágrimas que pugnan por salir—. Yo no pude conocerlo.
La niña irrumpe en sollozos y su madre la abraza para calmarla.
Litzzia entiende su tristeza mejor que nadie.
No importa cuánto le hablen de Kishur, eso solo incrementa la pena por su pérdida.
Su descendiente carga con un tremendo peso sobre los hombros, el de la salvación de toda su raza.
Pero aún no lo sabe, esa fue la única condición que su madre puso para quedarse en Alviat; los dáricos tienen prohibido mencionarlo.
Es hija de su padre, ama la música, hacer tallas para Ghiro y perderse en el bosque, según ella para conversar con los árboles.
Y su madre ansía que disfrute de una infancia tranquila y que, en el futuro, sea libre de tomar las decisiones que desee.
Las dejo solas y parto en busca de Ghiro.
Siento que el aire me transporta hasta su hogar, donde dos infantes juegan bajo la copa de un manzano.
Él se encuentra cerca, sentado en una silla y tapado con una manta.
Sus ojos acuosos parecen mirar al infinito y sus manos tiemblan entre las de su descendiente.
—Padre, mis primos han venido a verte, les encanta jugar bajo el manzano.
—El joven estrecha sus manos entre las suyas—.
¿Recuerdas cuando me enseñaste a trepar por sus ramas?
Fue divertido, aunque mamá acabó enfadada contigo.
Eso que hueles es tarta de manzana, mamá la ha cocinado para nosotros.
—Por supuesto, su padre no responde y tampoco lo mira—.
Ojalá pudieras reconocerme, aunque solo fuera un instante.
Se lleva las manos del anciano a la frente y suspira con pesar. Ghiro debería haberse marchado ya al mundo venidero, pero se resiste. Prometió que no lo haría hasta ver la corona restaurada en la cabeza de la heredera. ¿Por qué siempre fue tan tozudo?
Pero entonces se mueve, el anciano recupera la visión perdida.
Oye con claridad el canto de los pájaros, las risas de unos pequeños que juegan cerca.
Aspira el aroma de la manzana dulce. Ya no tiene el cuerpo marchito y engarrotado, y con un poco de esfuerzo logra ponerse en pie.
Desea correr en busca de su esposa y su descendiente para abrazarlos, pero algo lo retiene.
Hay unas figuras bajo el manzano y Ghiro sonríe al reconocerlas.
Se protegen del sol bajo su sombra y han aprovechado su somnolencia para robarle unas pocas manzanas.
A Ghiro no le importa, pueden comérselas todas si es lo que quieren.
Las lágrimas anegan sus ojos cansados. No puede reprimirlas, ¿cómo va a hacerlo?
Sus amigos están allí. Da un paso hacia ellos y los músculos se destensan. Alguien lo llama, pero él no hace caso.
Alfar coge una fruta y la guarda en el bolsillo mientras sonríe con esa inocencia que siempre poseyó.
Tottem está a su lado, con el arco entre las manos y el rostro relajado.
Hace mucho que dejó de cazar. Entonces ve a Eltsay y las lágrimas corren libres por sus mejillas; lo ha extrañado con todo su ser.
El joven está sentado con las piernas cruzadas, le muestra una manzana con arrogancia y le da un mordisco.
Ghiro recuerda que le dio una paliza por algo parecido, pero en esos momentos no desea hacerlo, le daría todas las manzanas del mundo para contentarlo.
Piensa en que su descendiente se va a alegrar de volver a ver a su amigo.
Su esposa seguro que llorará de emoción.