El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) La morada de Gaelos
96%

La morada de Gaelos

También la apenaba despedirse para siempre de Ghiro, a quién le había dado un fuerte abrazo antes de la ceremonia.

Lejos quedaban ya aquellos días interminables de viaje, las escaramuzas por sorpresa, las huidas, las historias junto a la hoguera y la gran compañía de los dáricos.

Habían sufrido juntos, pero también habían creado un sinfín de recuerdos que acompañarían a Alhanna eternamente: la primera vez que tuvo delante a Kishur, la sonrisa de Alfar, la alegría inherente de Eltsay, la seriedad de Mayara y la fría mirada de Ádria, la nobleza de Tottem.

Y por supuesto, la sabiduría casi inagotable de Ghiro.

—Parece que nos hemos quedado solos, Alhanna —le había dicho el anciano con una gran desolación—. Los echo mucho de menos, tanto que a veces me cuesta respirar.

—Lo sé, me ocurre lo mismo. —La joven le sonrió con calidez.

—Es una pena no haber podido conocer a ese niño. —Ghiro suspiró cansado.

—Akiro os conocerá a todos a través de mis historias, viviréis siempre en mi memoria porque jamás os olvidaré. —Alhanna tomó sus manos y las besó con ternura.

Le dolía la despedida, pero era necesaria.

Alhanna se abría paso entre la maleza, el bosque parecía querer retenerla. Odiaba su voz maliciosa, ahora ella también podía oírla y aunque no entendía qué significaba lo que decía, detestaba que le hablara. Procuraría que Akiro ignorara la melodía.

Alcanzó el lago y se apresuró a cruzar la montaña.

Sentía una gran ansiedad por ver a su hijo.

Trivaz había quedado al cuidado de Akiro mientras ella visitaba Marial-Pat.

Esos meses había disfrutado viéndolo crecer; pronto daría sus primeros pasos, diría su primera palabra.

Ella tan solo deseaba poder presenciarlo todo.

Sus cristalinos ojos le conmovían el corazón, la mirada del pequeño era capaz de calmar sus miedos y dudas.

Le sorprendió ver a Trivaz en el umbral que daba acceso al bosquecillo donde había nacido Akiro. El demonio mantenía la mirada anclada en el suelo y Alhanna tuvo un mal presentimiento. Se apresuró a salir al otro lado y, nada más hacerlo, se detuvo de golpe con las manos en el estómago.

Osharan le daba la espalda, su cabello y las plumas de sus alas danzaban con el aire.

Sostenía a Akiro entre sus brazos y lo miraba intensamente mientras el pequeño se chupaba el dedo pulgar y mantenía sus ojillos completamente abiertos.

Alhanna admiró un instante la belleza de aquel encuentro.

Caminó hacia ellos y acarició la cabecita de su hijo antes de darle un beso en la frente.

Desprendía un olor muy dulce. El Dragón se lo entregó y ella lo sostuvo con cariño a la vez que Akiro se aferraba a ella con fuerza.

Alhanna sonrió, acunada por la sombra de Osharan.

El Dragón rozó la frente de Akiro con las puntas de sus dedos.

—Temo que llegue el día en el que Asthaluss trate de arrebatármelo —mencionó ella en un murmullo—. No quiero que sufra lo mismo que Hagnak. No podré soportarlo.

—Y no lo hará, así tenga que reducir Asthaluss a cenizas. No dejaré que Muriath o él ejerzan poder alguno sobre este niño —afirmó Osharan, cuya voz pareció recorrer el bosque—. Venid a mi lado e impediré que sufráis daño alguno.

Alhanna sintió sus palabras como una promesa.

Se miraron en ese momento y, por primera vez, creyó comprender los anhelos del Dragón; él también había sucumbido a la soledad tras la desaparición de Hagnak.

Ella apoyó la frente en el torso de Osharan y sonrió.

Tenían la oportunidad de hacerlo mejor, de ser mejores.

—Llévanos contigo —le pidió Alhanna.

Los tres desaparecieron ante la mirada de Trivaz y dejando tras de sí un reguero de perlas negras y plateadas que quedaron bailando en el aire.

El demonio aguardó un poco antes se seguirlos, ya nada lo retenía en el lado mortal.

Se ocuparía de la Jistar mientras veía crecer a Akiro, era cuanto deseaba. El mundo volvía a brillar para él.