El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat #2
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Marial-Pat #2

El Galaef se posicionó frente a ellos para dar un discurso, uno que solo oirían los que se hallaban más cerca.

El joven notó la rigidez del general, pero cualquier palabra que fuera a pronunciar quedó sellada en los temblorosos labios del Galaef.

El hombre retrocedió como si una fuerza invisible lo empujara hacia atrás.

Quiazz intentó ir hacia él, pero Gastor lo retuvo del brazo.

Fue entonces cuando la gente enmudeció de golpe y los que estaban subidos allí arriba miraron hacia el mismo punto. Quiazz no podía creerlo.

Alhanna caminaba por el largo pasillo que él mismo acababa de recorrer.

Lucía un hermoso vestido negro que dejaba al descubierto sus brazos y la espalda, desde la que salían las imponentes alas plateadas.

El cabello castaño y ondulado le caía hacia un lado mecido por la cálida brisa.

La gente la miraba sin resuello y no era de extrañar.

Quiazz se había quedado sin aliento al verla, parecía una verdadera diosa.

Se colocó junto a ellos con parsimonia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

La sonrisa que le dedicó lo reconfortó en lo más profundo de su ser, la había extrañado.

Quiazz contuvo las ganas de abrazarla y se conformó con admirarla desde su sitio.

Para su sorpresa, Gastor y Borat fueron con ella y encararon al público.

Era evidente que los dos sabían que Alhanna iba a aparecer.

Miró entonces a Ghiro y el anciano se encogió de hombros y soltó una suave carcajada. ¿Lo habían dejado al margen?

—Hoy conmemoramos la alianza entre nuestras razas y ren dimos homenaje a los que murieron para conseguir la salvación de nuestro mundo.

—La voz de Gastor sonaba firme y comenzaba a extenderse por toda la plaza, como si el viento la trasladara para alcanzar incluso a la gente que estaba en sus casas.

Quiazz se fijó en el movimiento de las manos de Alhanna y supo que era cosa de ella—.

Nunca los olvidaremos, pues fue su sacrificio lo que ganó la guerra.

Hay innumerables nombres, cada uno de ellos igual de importante, aunque me gustaría hacer especial mención a quién consiguió que todos nos uniéramos para combatir, y quién regresó de la muerte para librar su última batalla.

—El silencio era apabullante—. ¡Kishur-Lantae! ¡El dárico gris!

Los dáricos irrumpieron en un estruendo alboroto y los humanos no tardaron en acompañarlos.

Borat y Gastor se estrecharon la mano frente a los presentes para mostrar su reconocimiento mutuo, aunque el gesto quedó raro en el dárico.

Luego, le hicieron un lugar a Quiazz y el joven se sintió obligado a ocuparlo.

Alhanna entrelazó sus dedos con los suyos y las voces ensordecedoras comenzaron a apagarse.

—Somos afortunados por estar hoy aquí —Quiazz habló con mesura y confianza, percibía cada palabra en su corazón— y, como ha mencionado el general, jamás hemos de olvidar a los que ya no pueden acompañarnos.

Asentaremos los cimientos de nuestro futuro sobre cada uno de ellos.

Ha llegado el momento de soltar las armas, de perdonar y ser perdonados.

Somos parte de Muriath. Aprendamos a vivir en paz.

Los aplausos regresaron con el mismo ímpetu de antes y Quia zz sintió una gran turbación; había pronunciado aquel discurso sin pensarlo demasiado y dejándose llevar.

Alhanna lo soltó de pronto, se adelantó unos pasos y le dio la espalada.

El joven resistió las ganas de acariciar las alas.

Tan absorto estaba que no se percató en la presencia del anciano a su lado.

Alhanna abrió la caja de madera que portaba Ghiro y tomó con delicadeza el objeto que guardaba en su interior.

La gente enmudeció de inmediato y Quiazz observó consternado la elegante corona de plata.

Era sencilla, sin adornos y con una forma sutilmente ovalada en la parte superior.

—El pueblo humano necesita un monarca. —Alhanna estiró los brazos para alzar la corona sobre su cabeza—, alguien que lo guíe con bondad y sabiduría hacia el futuro. Que les muestre como vivir en Muriath. Y para eso he venido, para coronar a vuestro primer rey.

Alhanna se giró entonces hacia Quiazz mientras bajaba el delicado objeto.

Él no tuvo tiempo de reaccionar, pues Borat y Gastor lo sujetaron por los brazos y lo obligaron a arrodillarse.

Percibió una brisa envolviéndolo e imaginó que Alhanna lo sometía con su poder para que no se resistiera.

Quiso gritarles que se detuvieran, ¿es que nadie pensaba oponerse? ¿Ni siquiera el Galaef?

— Daeshing , que tu valor gobierne a los humanos.

Sufriste grandes tormentos sin que tu corazón se quebrara, pudiste sucum bir a la oscuridad, pero siempre te mantuviste en la luz.

Tuviste la oportunidad de rendirte y jamás la contemplaste.

—Alhanna hablaba con una calma inusitada—.

Eres el único capaz de soportar el peso de esta corona sin decaer.

Quiazz, hijo de Salay y de Zaraen, serás el primer rey de los humanos.

Oír los nombres de sus padres lo emocionó.

Alhanna bajó despacio la corona y la colocó con cuidado sobre la cabeza del joven.

Se estremeció al notar el frío del metal.

¿De verdad sería capaz de gobernar a los humanos?

Los presentes volvieron a irrumpir en aplausos y ovaciones que contagiaron a los miembros del gobier no que seguían allí arriba y se habían mantenido en silencio hasta ese momento.

Quiazz levantó la cabeza y observó los cientos de rostros pendientes de él.

Gastor y Borat lo habían soltado hacía rato, pero creyó que las piernas no aguantarían su propio peso.

Se puso en pie mientras contenía el aliento y el corazón le latía con tanta fuerza que lo mareaba.

Alhanna fue la primera en arrodillarse ante el recién coronado rey y poco a poco, todos la imitaron.

Incluso los dáricos, aunque ellos solo tenían la costumbre de inclinarse.

Aquel era su pueblo y a partir de ese instante las decisiones de Quiazz afectarían en sus vidas, para bien o para mal.

El joven po día oír los latidos de su corazón.

Había nacido para morir, para de rramar su sangre en Zahel, condenado desde el primer aliento.

Sin embargo, allí estaba tras un largo camino plagado de sombras y calamidades.

«Nunca has temido inclinarte ante otros y solo aquellos que son capaces de hacerlo, verán un día como el mundo se arrodilla a sus pies», las palabras pronunciadas por Hagnak acudieron a su memoria. Acababa de comprenderlas.

Él era el primer rey de los humanos.