Marial-Pat
Q uiazz descorrió las cortinas y observó los colores rosas y naranjas que traía consigo el amanecer.
El rocío humedecía las flores del patio, haciéndolas brillar como si los pétalos de las rosas y tulipanes fueran de cristal.
El viejo limonero presidía el jardín. Se peinó el cabello rebelde con los dedos y le dio un sorbo a la taza de té.
Paseó tranquilo por la casa y se deleitó con el silencio que pronto quedaría interrumpido por los niños.
Miró la puerta de la habitación que había pertenecido a su mayordomo y que ahora ocupaban los gemelos Randal y Daniel.
Encontrarlos en la puerta de su hogar pocos días después de su regreso fue toda una sorpresa.
Oxa había dado con ellos en un orfanato, aunque a Quiazz le resultaba una historia un tanto extraña.
Estaba decidido a formar un verdadero hogar junto a ellos y Gastor.
Los cuatro habían escapado de la muerte y se merecían la oportunidad de vivir en paz.
El general se pasaba el día en el cuar tel, pero al menos ya no iba al local de Annie para buscar descan so, sino que lo hacía a su lado.
Las cenas familiares se habían convertido en una rutina.
Siete meses los separaba de la batalla en las Avíseas y aún sufría pesadillas.
A veces era con Zahel y otras con la muerte de Gastor.
Lo veía tumbado en aquel camastro y expulsando su último estertor sin que él pudiera remediarlo.
Lamentaba no haber sido capaz de dar las gracias a Gaelos, a quien no había vuelto a ver.
Tampoco a Alhanna, y la extrañaba enormemente.
Deseaba tener la oportunidad de despedirse de ella.
«Alhanna ya no pertenece a nuestro mundo, nunca lo hizo en realidad», le había dicho Ghiro en una ocasión. «Debes dejarla ir». Pero ¿cómo podría olvidarla?
El viaje de regreso a Marial-Pat fue largo y mucho más ago tador de lo esperado, pues tuvieron que avanzar despacio debido a la gran cantidad de heridos.
Gastor tardó dos meses en recuperarse del todo y en poder subir por sí solo a un caballo.
Llevaban en la ciudad tres meses que parecían ágaras.
La gente aún celebraba la vuelta del ejército y la victoria, si es que podían llamarla así con tantos nombres anotados en los libros de los difuntos.
Los dáricos continuaban allí, con la presencia del propio general Borat.
Juntos estaban elaborando tratados de cooperación y comercio entre sus pueblos; querían asentar las bases en las que se sustentaría el futuro de ambas razas.
Quiazz presentía que llega ban tiempos de paz, a pesar de que el Norte aún seguía amena zado por los zarefíes.
Esperaban acabar pronto con eso. Hasta el momento, Sandar y Daraes-Dol mantenían el control sobre los pueblos que habían recuperado.
Muchos Invasores habían desertado en busca de la oferta de alianza que les ofrecían humanos y dáricos.
Pensar en el Norte le traía recuerdos aciagos de su cautiverio y de las torturas de Nactam-Kae.
Era inevitable traerlo de vuelta a su memoria, aunque revivirlo ya no le robaba el sueño.
Alzó la mano izquierda frente a su rostro y flexionó los dedos con una sonrisa.
Mucha gente se le quedaba mirando con desusada atención cuando se fijaban en la extraordinaria recuperación.
Algunos incluso susurraban que en realidad él era un ser inmortal.
Era lo que le faltaba, como si el apodo de Halan no fuera ya suficiente. Ahora todos lo llamaban daeshing .
Dejó la taza de té ya vacía sobre la mesa del salón y tomó uno de los papeles que llevaban su firma.
Era un acuerdo con las mujeres de la familia Nel, en el que él les devolvía todo el patri monio que les habían arrebatado por tan injusta herencia, y ellas permitían que el joven supervisara la educación de sus hijos e hijas.
Quiazz deseaba que el mal enraizado en la familia desapareciera por completo, aunque sabía que sería una difícil tarea.
El apellido Nel lo convertía en el único varón adulto y, aunque nunca lo había deseado, no estaba dispuesto a desperdiciar todo el sacrificio de Oxa.
El día en que la joven se presentó ante él con el bastón para ayudarse a caminar y le comunicó que ya no era un bastardo, Quiazz estuvo a punto de abofetearla.
Lo que hizo a cambio fue abrazarla. Lamentaba que lo hubiera salvado de los gaeshan a tan alto coste y que, en consecuencia, ya no perteneciera al ejército.
Gastor la había reprendido hasta el cansancio, pero no sirvió de nada.
No podían cambiar los hechos. Algunas noches acudía a su casa jun to al comandante Beres y su hermano para acompañarlos duran te la cena.
Volvió a la habitación dispuesto a comenzar el día. Las ropas que lucirían tanto él como los gemelos esa tarde estaban estiradas sobre la cama.
«La gente necesita celebrar que siguen con vida, dejemos que lo hagan», les dijo el nuevo Galaef en el último cónclave. A casi todos les pareció buena idea, pues además aprovecharían la ocasión para despedir a los dáricos que regresaban a Alviat.
Quiazz sentía escalofríos cada vez que la mirada gélida del Galaef recaía sobre él, y aunque Gastor fingiera no conocerlo, era evidente que sabía más de ese hombre de lo que admitía.
El joven recordaba a la perfección la primera vez que se reunieron con él y la palidez en el rostro del general. De momento, lo dejaría estar.
Salió al patio y caminó entre los arbustos y las rosas de cristal.
Eran las flores favoritas de su madre y Quiazz las cuidaba con mimo en honor a ella.
En algunas ocasiones creía ver a Zaraen paseando por allí.
Aquel rincón suponía un pequeño tesoro para el joven.
A su regreso, había tenido que replantar todo el jardín menos el limonero.
Y no era lo único afectado, había escasez de alimentos a causa de las cosechas perdidas y los animales enfermos.
El mundo se recuperaba poco a poco, pero nada volvería a ser igual.
El daño causado por los Olvidados había dejado una impronta en Muriath.
—Quiazz. —Randal lo desgajó de sus pensamientos. Se giró hacia la entrada y lo encontró en pijama junto a su hermano—. Queremos desayunar.
Quiazz sonrió con ternura y fue junto a ellos, pero antes de entrar sintió una rara presencia a su espalda.
No la percibió como una amenaza, aunque lo inquietó igualmente.
Se dio la vuelta para contemplar el jardín y no encontró nada fuera de lugar.
Decidió no prestar atención a su desazón, pero entonces una pluma plateada danzó en el aire frente a sus ojos.
Quiazz la atrapó y la acercó a su rostro mientras su corazón latía con fuerza.
Alhanna se encontraba cerca.
Quiazz había buscado a la joven sin éxito y, si no fuera porque la pluma continuaba en el bolsillo de su chaqueta, pensaría que era tan solo una invención de su mente.
Intentó olvidarlo para concentrarse en la ceremonia.
La plaza del Obradorio, la misma que unos meses atrás había estado abarrotada de carpas y heridos, ahora acogía a cientos de seres que no deseaban perderse el momento.
El consejo de ancianos y los más altos dirigentes de la ciudad se encontraban subidos en la escalinata que servía de escenario.
La habían decorado con flores de distintos tipos y tonalidades, espigas secas y antorchas prendidas en tenues llamas rojas y naranjas que se mezclaban con los colores del atardecer.
Marial-Pat parecía bruñida en oro y resplandecía a pesar de su destrucción.
Dáricos y humanos abarrotaban la plaza y las calles colindan tes, aunque estaban separados en grupos independientes, como si temieran mezclarse entre ellos.
Una gran parte del ejército se encontraba allí, y los soldados de servicio mantenían su posición en una firme barrera que creaba un amplio pasillo hacia la escalinata.
El mismo que Quiazz cruzaba en ese instante en compañía de Ghiro.
Los generales Gastor y Borat caminaban a gran distancia frente a ellos y eran vitoreados con entusiasmo por todos los asistentes.
Ambos lucían sus regias armaduras y capas de color crema.
El joven respetaba el ritmo pausado del anciano mientras la gente los contemplaba embelesada, y algunas personas incluso trataban de cruzar la barrera de soldados para llegar hasta ellos.
Les lanzaban pétalos de rosas y Quiazz se preguntaba si merecía semejante trato. Él no era ningún héroe.
—Creo que Alhanna ha regresado —le susurró a Ghiro.
Pero este se limitó a asentir con la cabeza y a sonreír. ¿Es que la había visto? Se fijó en la caja de madera que el anciano llevaba encima, parecía pesada, pero se había negado a que otro la portara. No tenía la menor idea de qué podía contener.
Las campanas de las torres comenzaron a teñir a la vez que un grupo de niños y niñas se dirigía a la pared de mármol que rodeaba la escalinata.
Una enorme tela blanca la ocultaba. Tiraron de ella y quedaron a la vista cientos de nombres grabados en la piedra.
La muchedumbre comenzó a aplaudir, agradecida con el monumento dedicado a todos los menores de edad que habían muerto en los últimos meses.
Había sido idea de Quiazz y le entristecía que estuviera inacabado, pues desgraciadamente aún quedaban muchos nombres por anotar, tanto de Marial-Pat como de la arrasada Sílfhades.
Cuando subieron a la plataforma, Quiazz se posicionó junto a Gastor.
El joven vestía ropas elegantes: una camisa blanca y una delicada chaqueta negra.
Se había recogido el largo cabello con una cinta de color verde igual al de sus ojos.
Era un regalo del general. Este le dedicó una sonrisa, aunque parecía inquieto por alguna razón.