El campamento
Quiazz descuidó su propia salud y no se separó de aquella cama en todo el día.
El tiempo pasó inadvertido para él, pendiente de Gastor.
El joven bebió un poco de caldo, obligado por la comandante Halan, quien llegó a amenazarlo con atarlo a una silla.
Los soldados rondaban la tienda y a Quiazz le atosigaban sus murmullos, deseaba salir y gritarles que se callaran, que el general no iba a morir.
Lo peor era que no había logrado llegar a su lado antes de que perdiera la consciencia.
Ninguna de las palabras que le dirigía provocaba reacción en él.
Aun así, el joven mantenía la esperanza de verlo abrir los ojos en cualquier momento.
Sostenía con fuerza la mano de Gastor y observaba su pálido rostro. Un pequeño fuego en el centro de la tienda ofrecía luz y calor, aunque el frío se había adherido a los huesos de Quiazz. El amanecer solo le había traído desdichas.
La comandante Halan había acudido en varias ocasiones para informar de cuanto pasaba en ausencia del general, como si Quiazz acabara de convertirse en el portavoz de los humanos.
Solo una quinta parte de los kalastys habían conseguido sobrevivir tras quedar liberados de Fenador.
El general Rhiot se encontraba con ellos y los runnenses se habían comprometido a acompañarlos al Páramo de Bal cuando estos y las familias que ya abandonaban las Avíseas estuvieran listos para el viaje.
Era el único lugar que los de su raza reconocían como hogar.
Halan les había prometido que retomarían las relaciones comerciales que tuvieron en el pasado, y eso era un gran comienzo.
Humanos y dáricos lamentaban la pérdida de casi cinco mil soldados, y tan solo seis dragones grises continuaban con vida. Todas las razas habían sufrido por igual.
—Pensé que sería más difícil que mi gente aceptara la liberación de los kalastys, me alegra que no trataran de hacerlos prisioneros —mencionó Quiazz, aliviado.
—No iba a permitirlo, el dárico gris así lo quiso. —Halan fue tajante.
Era cierto. Kishur deseó un futuro en el que todas las razas convivieron en paz y, aunque estaban lejos de lograrlo, iban por el buen camino. En esos momentos, cuidar de los heridos y despedir a los muertos se había convertido en las prioridades de todos.
Al anochecer, los médicos obligaron a Quiazz a abandonar la tienda para poder revisar a Gastor sin que el joven los interrumpiera.
«El general es fuerte, aún resiste», le habían dicho para tranquilizarlo.
Como era incapaz de quedarse quieto, caminó hacia la carpa de Ghiro.
El anciano velaba los cuerpos de los hajaeks, a los que incinerarían al amanecer.
Entró en silencio y observó el sueño eterno de Mayara y Ádria, tumbados sobre unas mantas y con dos bonitos pañuelos azules cubriendo sus rostros.
Ghiro estaba sentado con la caja de madera que contenía las cenizas de Kishur en el regazo. Ni siquiera levantó la mirada cuando Quiazz se detuvo a su lado.
—Se han marchado todos y me han dejado solo —se lamentó el anciano—. Estoy muy enojado con ellos, ahora deben estar junto a mi señor en el mundo venidero.
Quiazz se arrodilló entre los dos hajaeks y agarró la mano helada de Ádria.
—Me habría gustado vivir un poco más de tiempo junto a él —dijo Quiazz.
—Ellos dos debieron morir hace meses —comenzó a decir Ghiro—. El Dragón les salvó la vida por petición de mi señor y, gracias a eso, ambos pudieron amarse como merecían y tú lograste conocerlo. No lamentes el tiempo arrebatado y agradece el que te regalaron.
Tomó también la mano de Mayara y la unió a la de Ádria. Las dejó reposar en el suelo una aferrada a la otra. Ghiro tenía razón, había podido disfrutar de su compañía.
—Gracias por todo lo que hiciste, Ádria —murmuró Quiazz casi sin aliento—. No lo dije, pero me gusta mucho el nombre que me diste.
Se quedó junto a Ghiro un rato más, hasta que la incertidumbre por el estado de Gastor pudo con él. No deseaba dejar al anciano en su soledad, pero necesitaba volver.
Una vez en la tienda del general, se sentó de nuevo junto al camastro y aferró su mano con ternura.
Le pareció más pálido que antes y su inmovilidad lo asustó.
Acarició su rostro para comprobar que ardía de fiebre y le quitó el paño de la frente.
Lo sumergió en el agua de la jofaina y limpió el sudor de Gastor, pues eso lo aliviaría un poco.
Se dio cuenta de que temblaba y no era de frío.
—No puedes irte, ¿me oyes? Sería injusto que nos separásemos ahora que hemos llegado tan lejos —murmuró de rodillas junto a la cama. Entrelazó los dedos de Gastor con los suyos—. Por favor, abre los ojos al menos una vez más. Te odiaré si no lo haces.
La respiración irregular del general lo preocupaba; cada vez era más pausada.
—Te lo ruego, no te marches. —El joven sollozó con amargura.
Sentía que la vida de Gastor se apagaba.
¿Cómo iba a soportar su pérdida? Pero entonces, una cálida brisa lo rodeó y se le erizó todo el vello del cuerpo.
La silueta de la diosa Gaelos apareció frente a él, al otro lado de la cama.
Lucía el mismo vestido gris de siempre y tenía el largo cabello mojado. Ladeó el pequeño rostro de porcelana.
—Gaelos... ¿por qué estás aquí? —preguntó mientras la miraba incrédulo.
—He sentido tu tristeza y tu dolor. Sufriste mucho por mi culpa, yo envenené la mente de tu padre para que te sacara de la ciudad por orden de Trivaz.
Lo lamento. —Su dulce voz calmó un poco el ánimo de Quiazz—.
Quiero darte un regalo antes de irme al otro lado, aunque me temo que no soy tan poderosa como mis hermanas y quizá no lo consiga.
Quiazz la contempló en silencio mientras ella dirigía sus manos hacia Gastor.
El general gimió y se retorció entre las mantas.
Quiazz apretó su mano y cerró los ojos para no ser testigo de su pesar.
Su corazón latía con fuerza y sintió renacer en él la esperanza.
¿Podría Gaelos arrancarlo de la muerte como hizo con él?
«Adiós para siempre, mi Quiazz», oyó a Gaelos en su mente.
Con el miedo atorado en su garganta, levantó muy despacio los párpados.
Gaelos había desaparecido, y supo con certeza que jamás volvería a verla.
Gastor parecía dormir plácidamente, aunque seguía muy pálido.
El general abrió los ojos y se encontró con las verdes pupilas de Quiazz.
El joven no puedo contener su emoción y se lanzó sobre Gastor para abrazarlo mientras lloraba de puro alivio. Volverían juntos a casa.