Tirian
—Vais a tener que elegir entre morir a manos de los humanos, quienes no serán clementes con aquellos que les han causado tanto daño, o uniros a mí —comenzó a decir Sandar en voz alta para que su voz llegara a todos—.
Quiero que nos ayudéis a detener a los vuestros, que juntos acabemos con esta guerra injusta.
El general guardó silencio un instante mientras evaluaba sus reacciones.
—El dárico gris murió hace unos días. —La noticia sí surtió efecto, los soldados lo miraron con sorpresa—.
Sé que os alegra saberlo, pero quiero que sepáis que él nunca deseó convertirse en vuestro enemigo.
¡Quiso vuestra salvación! Su última voluntad fue que negociara con vosotros, que os ayudara a encontrar un nuevo hogar, en Alviat si era preciso.
Su deseo fue que enviara mis barcos a Falar-Shan para traer a las familias que aún siguen allí.
—Sandar caminó de un lado a otro, clavando sus oscuras pupilas en los pocos zarefíes que levantaban la barbilla—.
¿Qué me decís? ¿Cuál será vuestra elección?
—¡Estáis mintiendo! Solo queréis envenenar las mentes de mis soldados. Nunca traeréis a nuestras familias, las asesinaréis en cuanto crucen el mar. —El comandante avanzó un paso hacia Sandar y Daraes.
—Os hemos dado mejor trato que el que vosotros le dispensasteis a mi gente —le recordó el Dol con el rostro contraído de rabia—.
Los habéis usado como armas para la endomia, les habéis arrancado sus almas sin compasión.
Incluso a los niños. Y aun así seguís con vida y se os concede una oportunidad.
Haced lo que queráis, mis hombres no dudarán en arrancaros la garganta a todos vosotros. Seréis carnaza para los peces.
—Así no me ayudas —susurró Sandar.
—Matadnos entonces, otros ocuparán nuestro lugar —afirmó el zarefí con odio.
Sandar lanzó un largo suspiro y se rascó la frente.
No era eso lo que leía en los ojos de todos aquellos soldados; la mayoría quería rendirse, dejar de luchar.
Eran muy jóvenes y deseaban vivir. Mientras su comandante los liderara, el odio dirigiría sus pasos.
Sandar recordó a Ferian y sintió una profunda rabia hacia el zarefí que tenía delante, que estaba dispuesto a sacrificar a todos sus soldados en lugar de rendirse.
Merecían decidir su propio futuro, el mismo del que Ferian y su hermano se vieron privados.
Con un rápido movimiento, extrajo su espada y le cortó la cabeza al comandante zarefí. El general sacudió el arma y la sangre se escurrió por la hoja de acero. Daraes se apartó un poco cuando el cadáver se derrumbó hacia sus pies y sus botas se mancharon con el líquido escarlata.
—He dicho que tenéis una elección. Aquellos que deseen seguir al comandante poneos en pie. —Sandar mantuvo el arma a la vista de todos.
Para su sorpresa, ninguno lo hizo. Y eso lo alegró.
Envainó la espada y miró al hombre que tenía a su lado.
Daraes endureció el gesto. A pesar de su odio hacia los Invasores, él tampoco olvidaba a Ferian, por quien Eduar había llorado tanto.
Juntos intentarían traer la paz al Norte, aunque antes tuvieran que cortar las cabezas de todos los líderes zarefíes.
Observó a los soldados que tenía ante él y asintió satisfecho.
Aquello era un principio de acuerdo, les quedaba por delante una gran labor y no estaba seguro de si saldría bien.
Pero merecía la pena intentarlo. Daraes y él partirían en unos días hacia Laccados y los soldados zarefíes los acompañarían.
Pondría a un hajaek junto a cada uno de ellos, para vigilarlos y entrenarlos.
Deberían ganarse su confianza. Isela estaba ansiosa por volver a su hogar, aunque sabía que allí habría poco que salvar, pues muchos edificios habían sido destruidos durante la batalla.
Pero, según ella, Laccados no era solo un lugar, sino un hogar formaba su gente. Comenzarían de cero.
Era un sueño de lo más extraño. Eduar se miró una vez más en el cristal, incapaz de reconocerse.
Lleva el cabello por los hombros y vestía ropas negras de piel que se ajustaban a la perfección a su cuerpo.
Un largo cuchillo colgaba de su cintura.
Acarició con las puntas de los dedos sus rasgos en la imagen que le ofrecía el cristal.
¿De verdad era él? Ya no tenía diez ágaras, diría que al menos veinte.
Era muy alto, mucho más que su tío Daraes.
Se apartó de la ventana. Se encontraba bajo los pórticos de una plaza, llovía con fuerza y el cielo tronaba como si quisiera caer sobre el pueblo.
Todo estaba embarrado y un ambiente rancio comenzó a atosigarlo.
Caminó sin rumbo, aunque sus pies conocían el camino a seguir.
Entró en una ruidosa posada y las conversaciones de los presentes se ahogaron al instante.
Subió las escaleras sin mirar a nadie y cruzó un largo pasillo hasta salir a una especia de terraza, unida a una pasarela de madera con una cubierta a dos aguas que cruzaba el patio hacia la otra mitad del edificio.
Respiró profundamente y se asomó a la barandilla, dejando que el aire refrescara su rostro.
El bosque se erigía entre las casas bajas y rodeaba el pueblo como un centinela.
La persistente lluvia caía sobre los tejados.
—¡Eduar! —La voz le resultó demasiado familiar, pero no reconoció al hombre que tenía ante él—. ¿Se puede saber dónde te habías metido?
—He recorrido el pueblo, algo me inquieta. —Caminó por la pasarela.
—¿Un sueño? —Suspiró aliviado cuando Eduar negó con la cabeza—.
Pues no te va a gustar la noticia que te traigo.
Tu tío Daraes ha enviado un emisario acompañado por cuatro soldados.
Te exige que vuelvas a casa enseguida y esta vez parece que no va a aceptar una negativa.
Esos hombres tienen la orden de llevarte a la fuerza.
Daraes quiere que tomes el control de los Dol y que dejes, según sus palabras, de vagabundear.
Eduar soltó una carcajada y le dio un golpecito en la espalda a su amigo.
No era la primera vez que debía escabullirse de alguna aldea para esquivar a los soldados de su tío.
Daraes no se cansaba, tanto él como Isela estaban empeñados en que liderara a los Dol.
¿No podían esperar a que uno de sus hijos creciera? Él quería recorrer el mundo.
—Oye, Jaral… —Eduar interrumpió sus palabras.
Una sombra apareció frente a ellos, deslizándose desde el tejado de la pasarela.
Obstaculizó la entrada. Ocultaba su rostro con una amplia capucha que tenía anudada a la chaqueta de cuero.
Era una mujer. Su amigo se posicionó de inmediato frente a él y extrajo su espada.
Eduar siempre esperaba al último momento, cuando sus enemigos no le condecían otra opción.
La desconocida alzó el brazo hacia el otro lado del edificio y, cuando ambos se giraron a la vez, se encontraron con dos hombres ataviados de negro.
Estos se abalanzaron hacia ellos. Jaral empujó a Eduar y lo apartó a la fuerza de su lado.
Las espadas chocaron con violencia y el joven suspiró con resignación.
Estaba cansado de lidiar con todos aquellos que deseaban verlo muerto.
«Temen mí don porque no lo comprenden», se dijo Eduar.
Su amigo se enfrentó solo a los dos oponentes, mientras él trataba de no perder de vista a la encapuchada.
Sin embargo, esta saltó hacia la lucha y defendió a Jaral de un ataque por la espalda.
Eduar observó el arma de ambos hombres y sonrió un breve instante antes de que el acero se retorciera hasta tomar la forma de dos víboras.
Las serpientes se enroscaron en los brazos de sus porteadores y mordieron sus cuellos sin compasión.
Eduar apartó la mirada cuando Jaral acabó con ellos de un solo tajo en la garganta.
Los cuerpos se desplomaron contra el suelo, empapándolo de sangre.
La desconocida guardó el arma y se acercó a Eduar, tanto que lo obligó a pegar la espalda a la puerta que tenía detrás.
Sus ojos eran castaños y refulgían curiosos.
Ella apoyó las manos en la madera, una a cada lado de su rostro. La proximidad lo intimidó.
—Odio que alguien se acerque tanto a mí —mencionó el joven con aplomo.
—¿De verdad? Cuando éramos niños siempre me pedías que te abrazara por las noches, yo era la única que apaciguaba tu miedo. —Sus palabras lo confundieron—. Has crecido mucho, Eduar. Ahora todos te temen porque eres el soñador despierto.
Jalar no se movió, la situación lo divertía demasiado.
Eduar observó los ojos de la chica y creyó reconocerlos.
Bajó su capucha y el cabello liso y color miel se derramó por su delicado rostro.
Eduar sintió una fuerte presión en el pecho, su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que le robó el aliento.
Era muy hermosa, pero no era eso lo que había llamado su atención.
Incapaz de articular una palabra, Eduar acarició la mejilla de la joven y siguió hasta la oreja que acaba en punta. Era una zarefí. No podía creerlo.
—¿Ferian? Es imposible… —murmuró Eduar paralizado por la impresión.
—Lamento haber tardado tanto en regresar, no fue sencillo localizarte, eres más escurridizo de lo que imaginaba. —Ella se apartó un poco de él y de su caricia.
—Pero estabas muerta. —Notó cálidos los dedos con los que la había tocado.
—Cuando caí por aquel precipicio, sentí más bien que flotaba.
Siempre supe que había sido cosa tuya. —Ferian bajó la mirada y se llevó la mano al pecho—.
La herida casi se había cerrado y, aunque sangraba, ya no era tan grave.
Busqué durante días a mi hermano, hasta que localicé sus restos entre los acantilados.
No pude marcharme sin él. La mañana que regresé a Calar, ya habíais desaparecido.
—Yo… Lo siento, de verdad que lo siento —dijo Eduar con tristeza.
—Me salvaste la vida, Eduar. Ojalá Agael hubiera sobrevivido, me invadió la tristeza durante mucho tiempo, pero siempre continué adelante, agradecida por el regalo que me habías concedido.
—Ferian sonrió alegre y tomó las manos de Eduar—.
Y ahora he vuelto para cumplir la promesa que te hice.
Ven conmigo, juntos viviremos muchas aventuras. ¿Qué me dices?
Eduar oyó la maldición de su amigo, que ya sospechaba su respuesta.
Él se quedó mirándola largo rato, estaba tan feliz por verla que creía soñar despierto.
Pensó en todas las veces de niño en las que insistió que Ferian seguía con vida, ¿cómo lo había olvidado?
La abrazó con fuerza, como si temiera que solo fuera una ilusión.
Ella rio con ganas. Al tenerla de nuevo a su lado sintió que una parte de su niñez regresaba.
Por supuesto que iría con ella, la seguiría hasta el fin del mundo si era preciso.
El niño abrió los ojos ante la mirada curiosa de los adultos que lo rodeaban.
El general Sandar estaba inclinado sobre la mesa.
Isela le acariciaba la espalda, sentada al lado de su tío.
Le costó recordar que se encontraban en Tirian.
Eduar esbozó una sonrisa y todos se relajaron al instante.
Retorció las manos en el regazo de pura excitación.
Miró la rosa que descansaba sobre la rugosa madera.
Sandar la había limpiado para quitarle la sangre y ahora los pétalos blancos estaban marchitos.
—En el mundo debería haber más belleza y menos cuchillos —le dijo Sandar a Eduar—. Se me ocurre que podemos apodarte el soñador despierto.
—¡No me gusta! —se quejó el pequeño. Sandar rio y le revolvió el pelo negro.
Debería haberse asegurado de la edad que tenía en ese sueño. Porque conocerla le habría dicho cuanto tiempo le quedaba para ver a Ferian. Sentía una enorme felicidad al pensar en su reencuentro, aguardaría a su amiga con paciencia. Y juntos vivirían un sinfín de aventuras, estaba seguro.