El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El Vacío
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El Vacío

Q uiazz abrió los ojos. Desconocía cuanto tiempo llevaba inconsciente, pero lo invadía la sensación de que habían sido horas.

Tardó un poco en levantarse y lo hizo con un fuerte dolor en las costillas.

Le pesaba mucho la cabeza y se sentía mareado.

Fue junto a Gaelos y la ayudó a incorporarse.

La diosa se mostraba igual de aturdida que él.

Se reunieron con Lumiatz, que contemplaba el desolado altar cuya superficie se había quebrado.

Osharan también había desaparecido, aunque su sangre seguía adherida al suelo.

La dama retrocedió con el semblante lívido y se apoyó en el hombro de Quiazz. Eso lo sorprendió.

—Era el dárico gris, ¿verdad? —preguntó la dama—. Se los llevó a todos.

Quiazz no necesitaba preguntar a dónde, conocía de sobra la respuesta: al mundo de Hagnak.

Los tres permanecieron cerca mientras el recinto continuaba deteriorándose, aunque de una forma distinta, como un lugar antiguo cuyo poder que lo mantenía había desaparecido.

Fuera lo que fuere que hicieran los Olvidados, se había detenido.

—Creo que esos malditos han sido derrotados —dijo Gaelos con un hilo de voz.

—Ahora debemos aguardar las consecuencias que traerán sus actos. —Lumiatz se apartó el cabello de la cara.

El joven recordó la lucha del valle y sintió una chispa de esperanza al pensar que quizás hubiera acabado tras la desaparición de Fenador.

Se sentó en el suelo, exhausto y confuso.

Tenía la rara impresión de haber combatido durante horas, de que el Vacío se los había tragado hacía ya un tiempo.

El hambre torturaba su estómago y notaba una acuciante sed. Sus manos temblaban de pura debilidad.

La bruma emergió desde la superficie del altar y de ella aparecieron dos figuras.

Quiazz se puso en pie sin dar crédito a lo que veía: Eran Osharan y Alhanna.

Se miraban intensamente el uno al otro, Alhanna posaba sus manos en el torso del Dragón y él las retenía contra las suyas.

El tiempo parecía haberse detenido para ambos.

La joven tenía dos hermosas alas plateadas.

Por alguna razón, la expresión desolada de Alhanna contagió de pena el corazón de Quiazz.

¿Habían fracasado o todo lo contrario? Ellos tres guardaron silencio, expectantes.

Alhanna cerró los ojos y asintió con la cabeza muy despacio como si acabara de aceptar una petición.

El Dragón se apartó de ella y la Oscuridad comenzó a emanar de su cuerpo.

Los retazos de densa niebla se alargaron para llegar a todos los rincones del Vacío.

Osharan caminaba hacia el moribundo Qad’has.

Lumiatz y Gaelos bajaron sus miradas cuando el Dragón cruzó ante ellas y Quiazz percibió el miedo de ambas.

Fueron ignoradas, para desconcierto de las diosas.

¿Esperaban alguna palabra de él? Una de las sombras pasó a escasos centímetros de sus pies e hizo que Quiazz se estremeciera.

Las flores se elevaron en el aire hasta las ramas y lanzaron un leve zumbido parecido al de las abejas.

Una cálida brisa recorrió el recinto y Quiazz notó que recuperaba parte del vigor perdido durante la batalla.

El techo volvía a emitir un poderoso brillo y las paredes se restauraban como si unas manos invisibles trabajaran en ellas.

—Hagnak se ha marchado al mundo venidero. —Una profunda tristeza invadía a Alhanna. Llegó a su lado y acarició el rostro de Quiazz—. Ahora podrá descansar al fin. Hemos vencido gracias a él, sin su intervención todos habríamos perecido.

Comprendió el significado de aquello. Sintió pena por Alhanna y Osharan, pues no podrían seguir a su hijo hacia la muerte. Ellos eran inmortales.

—Tienes alas —fue cuanto alcanzó a decir antes de estrecharla en un abrazo.

—Son un regalo de Hagnak —dijo ella con una sonrisa.

Quiazz tenía muchas preguntas, pero notaba la garganta constreñida y no fue capaz de pronunciar ninguna.

Necesitaba saber de qué modo habían ganado la lucha contra los Olvidados y, si estos volverían o habían desaparecido para siempre.

El Vacío ya no mostraba señales de destrucción o desgaste, todo relucía con una flamante luz que deslumbraba a Quiazz.

Alhanna agarró su mano y observó a Osharan, que se encontraba junto al Qad’has con los dedos rozando la gruesa corteza. Las flores se aparta-ban de él.

—Ha decidido perdonar a Muriath —susurró Alhanna.

Osharan se giró entonces hacia ellos y su cuerpo comenzó a deshacerse en miles de perlas negras.

Lo último que Quiazz vio fueron sus rojas pupilas clavadas en él.

«Has de procurar que tu raza aprenda a vivir en Muriath, solo así permitiré que os quedéis», la potente voz del Dragón resonó dentro de su mente.

Osharan se marchó sin añadir nada más y el joven sintió un profundo alivio. Su presencia lo atosigaba.

—Ni siquiera nos ha mirado, y eso que casi nos destruye en Marial-Pat.

Supongo que algunas cosas jamás cambiarán.

—La dama roja se sacudió el largo cabello y se giró hacia Alhanna—.

No me arrepiento de nada, espero que lo sepas.

Es lamentable que volvieras bajo la forma de una simple humana. Trivaz supo guardar bien tu secreto.

—¿Hubiera cambiado algo si hubieras sabido quien era yo en realidad? —Alhanna arqueó una ceja y Lumiatz se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa lobuna.

Ambas se mantuvieron la mirada. Quiazz apretó la mano de Alhanna para captar su atención, pero cuando sus pupilas grises lo miraron, se quedó sin aliento.

—Los Olvidados fueron apresados por Hagnak y permanecerán encerrados hasta que él decida liberarlos —comenzó a decir Alhanna para sorpresa de Quiazz— Los ha arrastrado al mundo venidero con él.

—Entonces, no hemos vencido, la amenaza persiste —reflexionó el joven.

—La Jistar se mantiene en pie y los Olvidados ya no consumirán Muriath, ¿no te parece suficiente? —Alhanna ladeó un poco la cabeza, contrariada.

No estaba seguro. De alguna forma, percibía la victoria en su corazón, pero temía descubrir qué le esperaba al otro lado de aquellas puertas.

¿Se habría detenido la batalla? Y en ese caso, ¿estaría Gastor a salvo?

¿Cuántos soldados habrían muerto ese día?

Alhanna soltó su mano y se alejó unos pasos de ellos tres.

Los observó con intensidad antes de hablar.

—Al parecer, Osharan piensa que debo transmitir sus órdenes —dijo ella con un fingido disgusto—.

Cuando le entregué mi libertad no imaginé que acabaría sustituyendo a Trivaz, pero este tendrá que vigilar la Jistar, al igual que hizo su hermano.

El Dragón mantendrá la barrera para proteger al heredero de Kishur, aunque eso conllevará a que este lado del mundo siga desgastado y con escasa energía.

—Miró a sus hermanas con una sonrisa torcida en los labios—.

Y vosotras dos, con la ayuda de Shanarás, obligaréis a los inmortales que queden a este lado a cruzar la barrera.

—He de admitir que tenía otros planes —comentó Lumiatz con sorna.

—¿Aún deseas gobernar a los mortales? —La dama roja se encogió de hombros y Quiazz sintió escalofríos—. Prueba a intentarlo, te aseguro que esta vez nada impedirá que Osharan acabe contigo. Yo misma se lo pediré.

Las gélidas pupilas de Lumiatz se oscurecieron y sus labios se tensaron en una extraña sonrisa. Alhanna no se amedrentó ante ella y batió sus alas como si le lanzara una amenaza. Gaelos soltó una suave carcajada y ambas la miraron con curiosidad.

—Nada ha cambiado —comentó la diosa con resignación—. Quiazz debería salir ya de aquí, hay gente que aguarda su regreso con ansias. Y nosotras haríamos bien en marcharnos, no le demos la oportunidad al Qad’has de atacarnos ahora que el Dragón ya no está presente.

Observaron con cautela al árbol y a las flores que revoloteaban entre las ramas.

Alhanna tomó a Quiazz del brazo y lo acompañó hacia las puertas mientras el zumbido de las flores se intensificaba.

Una pequeña ranura dejaba pasar la claridad de la mañana.

Él percibió que aquello era una despedida y se resistió a salir.

—¿Volveré a veros a ti y a Akiro? —preguntó en un murmullo.

—No puedo darte una respuesta ahora mismo, pero lo intentaré. —Ella le dio un beso en la mejilla y lo empujó con suavidad hacia la salida—. Hasta pronto, Quiazz.

El joven fue a replicar cuando la luz del día cegó momentáneamente sus ojos y un súbito mareo amenazó con hacerlo caer.

Contempló su alrededor con perplejidad. Ni siquiera recordaba haber dado un paso hacia el exterior, ¿cómo podía hallarse ya en el puente?

Se giró rápidamente hacia el Vacío y no logró ver las puertas, pues una densa neblina blanca las ocultaba junto con la escalinata.

Se sintió perdido de pronto y tardó un rato en lograr ponerse en marcha hacia la playa.

Podía distinguir las figuras de un grupo de hombres y dáricos que aguardaba en la orilla.

Las grietas del cielo habían desaparecido por completo y las nubes blancas se desplazaban perezosas sobre su cabeza.

El aire soplaba diferente, más limpio y fresco de lo que recordaba.

Era cierto que todo había acabado. El puente comenzó a temblar bajo sus pies mientras el mar engullía la piedra.

Se apresuró antes de que quedara hundido en el agua.

Le extrañaba que nadie acudiera en su ayuda, pero entonces vio a Halan, que trataba de poner un pie en el puente y cómo el viento la impulsaba hacia atrás.

Las estatuas de dragones se deshacían en finos granos de arena que cayeron sobre él cuando pasó por su lado.

Notó un gran poder emanar de las imponentes piedras, pero fue demasiado breve.

Una vez en la orilla, los soldados acudieron a su lado. Quiazz se giró para ver el puente desaparecer por completo. La niebla ocultaba el horizonte. Sintió escalofríos.

Buscó de inmediato caras conocidas, pero encontró pocas.

Gastor no estaba allí y eso lo colmó de angustia, pues solo podía deberse a una causa terrible.

Halan puso una mano sobre su hombro al interpretar sus pensamientos.

La comandante tenía media cara amoratada y una ceja rota.

Se fijó en todos aquellos rostros cenicientos, en la sangre seca que aún conservaban las ropas, en los cortes que lucían.

¿Dónde estaba Gastor? ¿Y los hajaeks de Kishur?

—No podíamos cruzar el puente, hemos vigilado este lugar desde que acabó la batalla.

Aún teníamos la esperanza de veros salir a ti y a la endómica.

—Halan hablaba con mesura, quizás intuyendo su desazón—.

Los kalastys fueron liberados y todo volvió a la normalidad poco a poco.

Los Olvidados fueron derrotados, ¿verdad?

—Pero no han muerto, y es posible que algún día regresen —admitió Quiazz—.

De momento, tendremos que conformarnos con eso.

Vencimos con la ayuda del dárico gris, que acudió para librar su última batalla.

—Escuchó el jadeo de la comandante. Los hombres y dáricos se acercaron aún más para poder oír mejor lo que decía—.

Regresó de la muerte convertido en un ser imponente que parecía una estatua de metal.

Hasta los Olvidados se estremecieron al verlo.

Alhanna aseguró que sin él no habríamos logrado sobrevivir. Al final, le debemos la victoria.

El silencio se impuso entre los presentes, sobrecogidos por el breve relato.

A Quiazz le fallaron las piernas y se dejó caer de rodillas. Alguien le colocó una capa sobre los hombros y Halan le ofreció un poco de agua.

—Decidme dónde se encuentra Gastor —solicitó con un nudo en el estómago.

—Fue herido de gravedad, daeshing . —Halan le tendió una mano para ayudarlo a ponerse en pie—. Debes darte prisa si quieres despedirte de él.

Aquellas palabras lo desgarraron por dentro y le robaron el aliento. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies y trataba de tragárselo, que el mundo reclamaba sus huesos. Él, que debería haber muerto, tendría que despedirse de quien debería vivir.