El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El Mundo de Hagnak #2
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El Mundo de Hagnak #2

—Y seguirá padeciendo mientras Osharan no tenga límites.

—Jaeglar desvió la mirada hacia el impetuoso mar, una densa nie bla comenzaba a cubrir la costa—.

Eso lo está provocando él tratando de llegar hasta ti, y sospecho que se lo estás permitiendo.

Al principio, pensé que atraías a tu padre hasta el Vacío para ayu darnos, pero solo querías que te encontrara.

Espero que en esta ocasión te conceda el descanso que mereces.

—Trivaz destruyó mi calavera. —Hagnak ladeó ligeramente la cabeza—. He de agradecerte que le devolvieras su poder, fue injusto que lo perdiera por ayudarme.

Jaeglar acortó la distancia entre ellos. Alhanna se mantuvo al margen, pues sabía que era una intrusa en aquella conversación.

—¿Te arrepientes de haber salvado a Khaleria a cambio de tu propia vida? —El Orfebre dedicó tan solo una rápida mirada a Alhanna.

—Lo único que lamento es no haberte dado un nombre, quise que me sucedieras y te preparé para ello, pero te negué lo que más anhelabas.

—La voz de Hagnak sonó con fuerza a pesar de la tormenta que gobernaba el cielo—.

Gracias por haber sido el maestro en cada vida de Raehlan.

Ahora he de pedirte que abandones tu venganza y te encargues de enseñar lo que aprendiste de mí a la criatura que se verá obligada a juzgar.

Alhanna se estremeció al darse cuenta que Hagnak se refería a Akiro. Jaeglar no se mostró sorprendido, ¿es que ya sabía sobre el nacimiento de su hijo?

—Si es tu última voluntad, así lo haré —aceptó el Orfebre.

—Perdóname por no haber sido mejor maestro, se cuánto me amabas. —Hagnak sonrió con tristeza—. Mi muerte ocasionó grandes desgracias, pero fue inevitable.

—Supongo que este es un adiós definitivo. —Jaeglar suspiró y alzó la mirada al cielo—. Devuélveme a mi hogar, añoro mi vieja cabaña y el silencio del bosque. Cuando ese niño me requiera y su madre lo permita, allí estaré aguardándolo.

Hagnak asintió complacido. Alhanna no se opuso, pues sabía que su pequeño iba a necesitar todo lo que pudieran enseñarle sobre su don.

Si Hagnak confiaba en Jaeglar a pesar de todo, ella también lo haría.

La arena se levantó alrededor del Orfebre y el suave remolinó lo hizo desaparecer.

Hagnak aguardó un rato inmóvil y en silencio, su rostro reflejó una profunda pena.

—¿Me acompañas? —Le tendió una mano a Alhanna y, en cuanto la tomó, una cálida corriente recorrió el cuerpo de la joven.

Caminaron hacia la orilla con calma, la silueta de Osharan ya se percibía y no tardaría en aparecer por completo.

¿Estaba entrando allí a la fuerza? Miró a Hagnak y se sorprendió al comprobar que había vuelto a tomar el aspecto de Kishur.

Un punzante dolor mordía sus entrañas. Ella deseaba quedarse a su lado, y qui zá pudiera hacerlo.

Acompañarlo para siempre, contemplar juntos el mar infinito durante toda la eternidad.

Observó sus ojos y estos cambiaron de tonalidad, del negro al gris.

Lo mismo ocurrió con el color de su cabello.

Ahora tenía de nuevo a Hagnak ante ella, el hijo que había perdido.

Regresó Kishur una última vez y este apoyó la frente contra la suya.

—Akiro te necesita, no puedes abandonarlo al igual que hiciste conmigo. —Sus palabas torturaron la conciencia de Alhanna. Él se apartó un poco para mirarla—. Confío en que sabrás amarlo mejor que a mí, y no es un reproche. Khaleria hizo lo que pudo, pero tú no eres ella, ¿verdad?

—¿Y cómo pretendes que te deje atrás? —dijo Alhanna.

Abrió la mano de la joven y depositó una joya en ella. Era una medalla con el tallado de una rosa. Tardó un poco en reconocerla; era el amuleto que Alfar solía llevar al cuello. Había sido un regalo de Kishur para ayudarlo a lidiar con sus pesadillas.

—El Niño se lo arrebató al joven dárico tras su muerte, y yo lo he recuperado —le dijo con tristeza—. Ahora es tuyo.

Se detuvieron a escasos metros de la orilla, donde las olas barrían la playa.

Los ojos de Osharan refulgían entre la niebla que ocultaba el horizonte.

Alhanna sentía ahogo por la angustia que perforaba su pecho, percibía que su tiempo junto a él llegaba a su fin.

Y no se veía capaz de soportarlo. ¿Cómo podría hacerlo?

Debía despedirse no solo de Kishur, a quién había querido con todo su ser; también tenía que decirle adiós a Hagnak.

Y sería para siem pre, pues no volvería a verlos.

Ella jamás alcanzaría el mundo venide ro y solo podría conformarse con los recuerdos. Las lágrimas brotaron sin control.

Los dragones bramaron desde los acantilados y Alhanna los observó un instante. También debía despedirse de todos ellos.

—Compartimos un tiempo precioso, quizá debería agradecerle a mi padre que le diera vida a Raehlan, pues eso hizo que tú y yo nos reencontráramos. Puede que no de la forma correcta, pero nunca fue sencillo para nosotros. —El dárico sonrió con cariño.

—¿No me odias? —preguntó ella con tristeza—. Debes estar furioso.

—Lo estuve, pero eso ya quedó atrás. —Kishur le acarició el delicado rostro—. Recuérdame por lo que fui, no por lo que ves ahora. Y no sientas congoja por mi ausencia.

La rodeó con sus brazos y la estrechó con fuerza contra su cuerpo.

No había latido en su pecho, solo la calidez de una llama.

Una ola llegó hasta ellos y mojó sus pies.

Kishur se separó de Al hanna y le limpió las lágrimas con los dedos.

Miró hacia el mar y cuando ella se dio la vuelta, encontró a Osharan sumergido en el agua hasta las rodillas.

El viento agitaba las plumas aterciopeladas de sus alas y le revolvía el cabello negro.

Kishur posó las manos sobre los hombros de Alhanna y ella notó que la envolvía una extraña energía.

Se inclinó hacia la joven mientras dos hermosas alas nacían en su espalda.

Alhanna contuvo la respiración al verlas.

Eran iguales a las de Osharan, pero las suyas parecían hechas de plata fundida. Sonrió emocionada.

—Te devuelvo el lanfe del dárico gris que llevabas en el cristal para que siempre forme parte de ti —le susurró en el oído— .

Ve con mi padre y regresad juntos, este es el final de mi camino.

Mi lugar se encuentra en el mundo venidero.

Te pido que lo aceptes y que no permitas que él lo impida otra vez. Debéis dejarme marchar.

Alhanna sollozó ante aquellas palabras que le rompían el corazón, eran igual que tener una garra que laceraba su carne para llegar hasta él. Pero por más doloroso que fuera, también deseaba que tuviera el descanso que tanto tiempo había anhelado.

—No permitiré que el mundo vuelva a olvidarte. —Gimió angustiada y comenzó a alejarse de él con paso lento—. No dejaré de pensar en ti ni un solo día.

—Adiós, madre —susurró él con calidez.

Se fijó en la inmensidad de aquel lugar e imaginó la soledad que había padecido Hagnak durante aquellas dos mil ágaras.

Al hanna hundió los pies en el mar y enseguida notó a Osharan a su espalda.

Observaba a Kishur con el ceño fruncido mientras las olas trataban de alcanzarlo.

El Dragón avanzó hacia la orilla y Alhanna agarró su brazo para impedirle llegar hasta su hijo.

—¡Déjalo ir! Te lo ruego, ya ha soportado suficiente dolor. —Golpeó el torso de Osharan con los puños cerrados—. ¡Le hiciste demasiado daño!

—No. —Osharan gruñó furioso y, por una vez, su rostro re flejó sus emociones. Una profunda desolación lo embargaba.

Los dos se giraron hacia la imagen de Kishur. Una fina línea de luz solar rozaba su hermoso rostro mientras el viento sacudía su cabello.

—Haz algo por mí, padre. Quédate en Muriath, no destruyas el mundo por el que tanto luché cuando me entregaste el trono.

—Su voz los alcanzó con suavidad—. Déjame permanecer en el mundo venidero y pasar la eternidad en paz junto a todos aquellos que me esperan.

Y procura que Akiro no sufra tanto como yo a causa de su destino.

—Les ofreció una cálida sonrisa—. Esta vez, ambos podéis hacerlo mejor.

Su aspecto cambió una última vez, era como si no se decidiera quien de los dos debía ser.

Osharan aferró la cintura de Alhanna y la estrechó contra su cuerpo.

Sus ojos del color de la sangre se oscurecieron y las sombras se enredaron entre los dos.

La playa se fue consumiendo desde los acantilados hacia el mar, como una pintura en papel tira da al agua.

Los dragones grises lanzaron un último balido antes de esfumarse para siempre.

El cielo se desgranaba sobre sus cabezas, lo único que permanecía indemne era la figura de Hagnak.

Aquel maravilloso lugar creado a partir de su lanfe se marchaba para siempre al mundo venidero.

Intentó atrapar la imagen en su retina: las suaves dunas de arena mecidas por la brisa marina; los acantilados recortando el horizonte; la sonrisa deslumbrante que Hagnak esbozaba en ese momento; su mano despidiéndose de ellos.

Alhanna contuvo el aliento mientras lo observaba y la oscuridad la engullía sin remisión. Solo perduraron las grises pupilas de Hagnak que la siguieron en la penumbra.

El viaje de Hagnak y del dárico gris había terminado.