El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El Mundo de Hagnak
90%

El Mundo de Hagnak

—Eres cruel por mostrarte así —le reprochó con lágrimas en los ojos.

—Creí que te agradaría esta forma. —Incluso hablaba con la voz del dárico—. Él es parte de mí, somos el mismo ser. Solo me quedaba una diminuta porción de lanfe por recuperar. Te pido perdón por eso.

Señaló el colgante que había encerrado el lanfe de Kishur y Alhanna acarició el cristal roto.

Ambos se encontraban cerca de los acantilados, donde la superficie rocosa estaba cubierta por una fina capa de arena.

El mar quedaba lejos. Se fijó entonces en los cuatro seres que resurgían desde las profundidades de la montaña, las cuerdas de plata que los había atado en el Vacío tiraban de ellos.

Jaeglar prendió fuego a la suya y la consumió como si estuviera hecha de papel.

Continuó con las ataduras de sus hermanos y los liberó a todos.

Los Olvidados no estaban dispuestos a rendirse, ni siquiera en ese lugar.

Los cuatro se separaron y avanzaron hacia ellos con cautela.

Se alejaron un poco de los acantilados. Jaeglar no levantó la mira da, el cabello castaño le ocultaba parte de las facciones.

Abrió los brazos en cruz y una fuerte corriente de aire golpeó a Alhanna.

La imagen de Kishur se antepuso frente a la joven igual que una montaña.

La superficie comenzó a quebrarse y la arena se levantaba creando una cortina a su alrededor.

—Lucha a mi lado una última vez —le pidió Kishur girando el rostro hacia ella.

Por supuesto que lo haría. Ignoró el intenso dolor que le provocaba la presión del aire, era como si Jaeglar intentara machacar sus huesos.

Alhanna cerró los ojos un breve instante y buscó su lago de plata en las profundidades de su mente.

Hacía mucho tiempo que evitaba hacerlo, pero en esa ocasión se zambulló en el agua sin pensarlo.

Sintió una poderosa energía arder en sus venas.

Era puro fuego. Cuando levantó los párpados, las llamas escaparon de su cuerpo con un brillo cegador, recorrieron las brechas que el Orfebre había originado en el suelo y lo alcanzaron sin remisión.

Pero el maldito las usó en su beneficio, atrapó el fuego entre sus dedos ante la mirada estupefacta de Alhanna y las dirigió de nuevo hacia ella.

La joven gritó furiosa y se preparó para el impacto, pero Kishur levantó una gruesa pared rocosa ante ellos y lo evitó.

El Jakar perpetró entonces su ataque: derribó parte del acantilado con su poder y lanzó las piedras en su dirección.

Alhanna levantó las manos y creó una barrera con aire para detenerlas.

La pared que había impuesto Kishur se deshizo de repente en diminutos granos de tierra.

Esgrimió la espada mientras desviaba la mirada hacia Fenador.

Alhanna sintió que algo tiraba de ella y notó un fuerte desgarro en su interior.

El Niño y Fenador intentaban devorarla, ambos apuntaban con sus manos hacia ella.

Kishur se descompuso igual que si fuera una figura de arena barrida por el viento y, tan solo un instante después, reapareció junto a Fenador.

Le propinó con la espada un tajo en el vientre y le cercenó la mano derecha.

El ser sin rostro profirió un alarido feroz mientras se alejaba de él, pero su enemigo arremetió de nuevo y cortó la otra mano.

Alhanna percibió que quedaba liberada de golpe y se palpó el pecho con angustia.

El Jakar y el Niño se precipitaron en ayuda de su hermano. Lan zaban rocas que el dárico esquivaba haciendo desaparecer su cuer po una y otra vez. Era tan veloz que nada lo alcanzaba. Se materializó tras el Niño y atravesó su abdomen con el despiadado acero.

—Su mundo, sus reglas. —La voz de Jaeglar a su espalda sobresaltó a Alhanna.

Ella retrocedió unos pasos. Le tenía miedo al Orfebre, sus pupilas ambarinas le producían escalofríos y era incapaz de olvidar que había sido el maestro de Kishur.

Este acababa de lacerar la espalda del Niño.

Era implacable y mantenía a los Olvidaos a raya.

La arena se agitaba en torno a ellos, recreando sin tregua la imagen armada de Kishur.

Alhanna contuvo el aliento cuando Jaeglar pasó por su lado y dirigió sus brazos hacia el epicentro de la lucha.

El viento sacudió el pelo castaño del Orfebre y un fuerte remolino escapó de entre sus dedos y fue creciendo a medida que avanzaba hacia los acantilados.

La siguiente vez que Kishur tomó forma, la corriente de aire lo atrapó en su interior.

Jaeglar lo arrastró hacia las montañas mientras sus hermanos huían.

Alhanna rugió con todas sus fuerzas y la energía escapó de su cuerpo y comenzó a girar en espiral a su alrededor en una potente llama gris.

Sus ojos se habían oscurecido y su piel volvía a cubrirse de sombras.

No dejaría que dañaran a Kishur, a Hagnak.

No importaba el aspecto que tomara, los amaba a ambos.

Lanzó el fuego contra Jaeglar y el Olvidado detuvo el ataque.

Creó una alta barrera frente a él con la arena de la playa, pero las llamas de Al hanna lamieron su coraza igualmente.

Ella presionó aún más y el fuego aumentó. Sacaría toda su rabia si era necesario.

Al otro lado, Kishur volvía a embestir a los Olvidados.

Fenador trataba de huir, pero el dárico no lo permitía.

Con un nuevo lazo plateado que sostenía con la mano derecha encerró su cuello y el cuerpo de Fenador se fue convirtiendo en una estatua de dura piedra.

El Niño gritó encolerizado y se precipitó hacia Kishur, sin otro resultado que acabar atrapado en aquel cordel poderoso.

Mientras se endurecían sus extremidades y rogaba por la ayuda de Jaeglar, el Jakar se escabulló en dirección a una de las grutas.

Lo último que Alhanna vio del Niño fueron sus ojos crueles y entonces reparó en quien era el perverso ser.

No pudo evitar recordar a Alfar y a todos los comerciantes de Cimeag que murieron por su maldad.

Kishur arrancó algo del cuello de aquel desgraciado, un delicado objeto que brilló con la luz del sol.

Jaeglar lograba mantener el fuego de Alhanna a escasos centímetros de su piel.

Ella vio como esbozaba una sonrisa torcida y dirigía de pronto la mirada hacia la derecha.

La joven percibió una sombra que se cernía sobre ella: era el Jakar.

El maldito comenzó a devorar las llamas para liberar al Orfebre.

La joven rugió por el terrible dolor y se volvió hacia la criatura, que acababa de tomar la apariencia de una chica.

Alhanna estalló en una poderosa llamarada que recorrió la planicie rocosa y arrasó sin contemplaciones con el Olvidado y parte de la playa.

Una de las montañas se desgajó igual que el papel y los pedruscos rodaron por la falda y cayeron sobre las estatuas del Niño y Fenador.

Jaeglar embistió a Alhanna con una tremenda fuerza generada con aire y ella se estampó contra el suelo.

Los dragones que encerraba en su interior salieron y rodearon al Orfebre.

El Olvidado soltó una sonora carcajada mientras caminaba hacia ella con su aspecto de devorador.

Entonces, la arena se levantó entre los dos para crear la silueta de Kishur.

Arrastraba con él el cuerpo desecho del Jakar, apresado con un lazo plateado.

El joven pelirrojo acabó convertido en piedra, al igual que sus otros hermanos.

Kishur soltó la espada, que desapareció en el aire, y se giró hacia Jaeglar mientras el color de su cabello se volvía negro y sus ojos grises.

La armadura que lo cubría se deshizo y dejó en su lugar una simple camisa blanca y unos pantalones oscuros.

Aquel que ahora tenían delante era Hagnak.

Jaeglar suspiró con resignación y se detuvo.

Hagnak alzó el brazo y los pequeños dragones se alejaron al instante del Orfebre y ascendieron hacia los picos más altos.

Una vez allí, recuperaron el cuerpo de escamas que habían tenido en vida.

Agitaron enérgicos sus alas. Los atronadores balidos recorrieron el lugar y Alhanna se llevó las manos al pecho compungida.

Se incorporó con el semblante ensombrecido, pues sabía que los dragones nunca volverían con ella.

—¿Seguirás luchando? Incluso en mi propio mundo puedes hacerme frente, pero preferiría que no combatieras contra mí — dijo Hagnak con mesura. Jaeglar recuperó su aspecto normal y forzó una sonrisa; se daba por vencido—. Te lo agradezco, no deseaba hacerte daño.

—En realidad, di por perdida la batalla en cuanto apareciste —admitió Jaeglar.

Espesas nubes comenzaron a cubrir el cielo y el ambiente se fue volviendo cada vez más gélido.

Las olas rompían con fuerza contra la orilla.

Alhanna se palpó para cerciorarse de que no tenía heridas, al menos, visibles.

Miró a su alrededor, ¿por qué de repente el sol había desaparecido y el viento arreciaba feroz?

¿Hagnak manifestaba de ese modo su enfadado?

No, era otra cosa aún peor, Alhanna percibía a Osharan allí.

—¿Qué harás con mis hermanos? —preguntó Jaeglar.

—Los retendré conmigo un tiempo, al menos hasta que el mundo sane.

Muriath hizo creerles que podrían atrapar a mi padre en el Vacío sin consecuencias, pero las hay.

Entiendo que quisieras ir con ellos para protegerlos y, al mismo tiempo, para darle una lec ción al Dragón.

Querías obtener tu propia venganza. —Caminó unos pasos hacia Jaeglar y lo miró con severidad—.

Pero ya es suficiente, ¿no te parece? El mundo sufre por culpa de vuestros actos.