El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas #2
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Las Avíseas #2

A su mente acudió el recuerdo de Laccados, la playa de arena oscura y el Cario rompiendo contra los acantilados.

Vio el rostro de su esposa y se dio cuenta de que estaba agradecido por la vida que había disfrutado junto a ella.

Embravecido como el mar, Candor logró apartar a sus enemigos y arremetió con las pocas fuerzas que le quedaban.

Su hermano y Halan lograron llegar hasta él, seguidos por los soldados que habían podido romper la barrera que formaban los kalastys.

Se derrumbó en el suelo mientras su hermano le agarraba la mano.

Esbozó una sonrisa satisfecha y expulsó una maldición con el último estertor.

Candor-Saz, señor de Laccados, había muerto.

Gastor era incapaz de incorporarse, la herida de su vientre era grave y, por más que se empeñara en taponarla con las manos, la sangre emanaba sin parar.

Ádria había roto el asta, pero no extrajo el arma para evitar que Gastor se desangrara al instante.

El dárico usó su propia chaqueta para presionar aún más y el general rugió ante el lacerante dolor.

No podía creer que fuera a perecer así. Deseó pedirle a Ádria que lo dejara para partir en busca de Quiazz.

«Llévatelo lejos de aquí», quiso decirle.

Mayara los cubría, aunque no podría contener a sus enemigos mucho tiempo ella sola.

Su grupo se había segregado y los soldados del general tenían dificultades para llegar hasta ellos.

Los kalastys seguían un patrón, separaban a sus líderes para desestabilizarlos.

Ya lo habían hecho con un comandante que yacía muerto a varios metros de su posición.

Parecían más enfurecidos cada vez y se tiraban sobre ellos igual que una manada de leones hambrientos.

Eso los hacía impredecibles y peligrosos.

A pesar de ganar en número a los kalastys, estos eran unos rivales casi indestructibles.

Mayara pensó que no ganarían la batalla.

Todos sus compañeros morían frente a sus ojos, y ni todo el acero que portaban los dáricos lo impediría.

Los kalastys arrancaban sus armaduras, se levantaban a pesar de las heridas, usaban cualquier cosa a su alcance.

Nada los contenía, y descuartizarlos suponía tal esfuerzo que ya muy pocos lo intentaban.

Mayara era incapaz de olvidar que tras aquellas miradas vacías aún podían quedar unos seres encerrados en sus propias mentes. ¿Estarían sintiendo el dolor?

El hedor que desprendían los cuerpos comenzaba a marearla.

Mayara resbaló con las entrañas pegajosas de alguien y perdió el equilibrio.

Se agachó para sortear una espada y cercenó uno de los tobillos de su oponente.

Al incorporarse, realizó un tajo a la altura del cuello, pero a cambio, recibió un profundo corte en la pierna derecha.

Rememoró la lucha en Lortigan, cuando la hirieron de la misma forma.

La dárica arremetió con rabia contra todos.

Repelió las lanzas y espadas que trataban de acabar con ella.

Ádria acudió en su ayuda y ambos se miraron con intensidad un breve instante.

Él también había recordado aquella aciaga noche.

Pronto quedaron divididos, rodeados de kalastys.

Mayara observó de reojo como Ádria lidiaba con ellos con cierta dificultad; el día avanzaba robándoles el aliento.

Mayara comenzaba a notar la pérdida de sangre, y ni siquiera podía hacerse un torniquete.

Echaban de menos a sus antiguos compañeros, a Alfar cubriéndolos, a Tottem-Hom y sus flechas derribando oponentes en la distancia, a Eltsay siempre ágil y dispuesto a sacrificarse por ellos, a Ghiro impartiendo órdenes.

Y a su señor, el pilar que los fortalecía y los hacía imparables.

La dárica se estremeció cuando oyó el rugido de Ádria: acababan de ensartarle una lanza en el hombro. Él no se detuvo, ni cuando una espada le atravesó el costado, ni cuando otra laceró su brazo. Arremetió con furia. Los engendros lo agarraron de las piernas para impedirle avanzar o esquivarlos.

—¡ Also vaenar, Ádria ! —gritó Mayara con la voz rota. Seguirían luchando.

Unos pocos hombres consiguieron llegar junto a Gastor y lo rodearon enseguida. Al menos, esperaban darle el tiempo suficiente para morir en paz.

Mayara sintió el aguijonazo de una lanza en el pecho, el dolor le era casi ajeno.

Ádria gritó colérico y trató de ir con ella, pero los kalastys lo retuvieron hasta el final.

La dárica se desplomó, incapaz de continuar luchando.

Sus negros bucles le cubrieron el rostro.

La sangre que emanaba de su pierna y pecho se unía a la de tantos otros antes que ella.

Sus ojos se apagaron para siempre con la imagen de Ádria luchando hasta su último aliento.

Y con el único pensamiento de reencontrarse pronto con él.

Al hajaek ya no le quedaban fuerzas. Un grupo de dáricos rompió el cerco de los kalastys y lo arrastraron para apartarlo del enjambre.

Sentía que la vida se le escapaba de entre los dedos, pero no le importaba.

Pronto volvería a ver a su familia. No apartó la oscura mirada del cuerpo de Mayara hasta que sus ojos se apagaron. La amaría más allá de la muerte.

El tiempo que el Dragón les concediera tiempo atrás había llegado a su fin.

Halan acababa de dar la orden de retroceder.

Tenía la armadura completamente cubierta de sangre.

La habían herido en el brazo y el peso de la espada la debilitaba.

Shanarás se precipitó hacia el acantilado con un dragón entre sus fauces.

Los ataques de estas bestias habían quedado reducidas, pero los kalastys no perdían resistencia, más embravecidos que al inicio de la contienda.

Ella podía atestiguarlo, tenía un pequeño desgarro en el cuello provocado por los dientes de uno de esos malditos.

Se había quitado con asco varios gusanos de la herida.

Las infames larvas también se amontonaban y agitaban sobre los charcos de sangre y los restos de los kalastys.

Eran realmente repulsivos y le ponían la piel de gallina.

El número de sus hajaeks menguaba, aunque no a tanta velocidad como el de los soldados humanos.

Ellos habían perdido a casi todos sus líderes y les estaba costando un gran esfuerzo coordinarse.

Por primera vez, tuvo la convicción de que perderían aquella batalla.

Ordenó a todos reagruparse junto a ella y se prepararon para un nuevo ataque.

Lucharían hasta el final. Pero entonces, el cielo tronó con violencia y la tierra tembló con tanta fuerza que muchos perdieron el equilibrio.

Los kalastys se detuvieron y quedaron inmóviles cual estatuas de piedra.

Un breve instante después, comenzaron a aullar de pura angustia mientras se tiraban al suelo y se retorcían de forma violenta.

Halan observó cómo vomitaban una pasta negra cubierta de gusanos.

Les salían por la nariz y las heridas abiertas, como si las larvas quisieran huir de aquellos cuerpos que se convulsionaban.

Los alaridos de los kalastys recorrieron todo el valle.

Humanos y dáricos se apartaron de ellos con rapidez, sobrecogidos por lo que veían.

Halan se sintió desfallecer al percatarse de lo que sucedía.

Los kalastys estaban recuperando sus mentes, y lo hacían de una forma aterradora.

Algunos morían al instante, pero muchos se arrastraban entre sus propios restos sin comprender qué había sucedido.

Sus miradas y sus gritos perturbaron a todos.

La batalla se detuvo solo para escuchar los terribles lamentos de aquellos seres.