El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas
88%

Las Avíseas

S hanarás rugió encolerizado desde el cielo, donde media docena de dragones que se aferraban a él le propinaban zarpazos y dentelladas salvajes.

Le arrancaban las blancas escamas y su sangre, tan clara como el alba, caía sobre los soldados.

El dios trataba de quitárselos de encima, pero estos no desistían.

Se lanzó contra una de las paredes rocosas y se dejó caer en picado mientras restregaba su cuerpo por la piedra.

Bajo aquella forma, Shanarás era incapaz de usar la endomia.

Estaba a punto de tomar su aspecto dárico, pero se detuvo porque Rhiot y Drafgaen acudieron en su ayuda.

El kalasty se recostó sobre el lomo de su compañero cuando este también descendió en picado y atrapó a uno de sus hermanos entre las garras.

Lo lanzó contra uno de los riscos y, antes de que retomara el vuelo, Drafgaen cayó sobre él y le arrancó una de las alas.

Luego, le desgarró el cuello y el vientre, pero aquello solo sirvió para impedirle volar; nada acababa con su vida.

Regresó junto a Shanarás e hizo lo mismo con otro de sus hermanos.

Shanarás logró arrancarse a otros dos él mismo y los restos de las bestias cayeron hacia el valle.

Rhiot avisó con un grito a Drafgaen de la sombra que los acechaba desde atrás.

No tuvo tiempo de esquivar el ataque conjunto de dos dragones y uno de ellos logró lacerar su ala derecha.

Drafgaen se precipitó hacia el suelo. Rhiot saltó antes de la caída y desenfundó su espada cuando las dos criaturas embistieron al dragón.

Fue junto a su compañero y lo defendió con el acero, aunque sabía que eso no sería suficiente contra semejantes contrincantes.

El kalasty se movía veloz, esquivando las garras y propinando cortes en los vientres de las criaturas.

La sangre anegó la tierra que pisaban. Shanarás sobrevoló a la altura de ellos y Rhiot observó cómo abría sus fauces y un poderoso destello blanco escapaba de ellas.

Corrió a refugiarse bajo el cuerpo de Drafgaen.

Las escamas repelieron las llamas del dios, aunque Drafgaen profirió un alarido desgarrador. Rhiot sintió el tórrido calor envolviéndolos y se preguntó si lo soportarían. Maldijo a Shanarás, pues parecía dispuesto a sacrificar a Drafgaen con tal de vencer.

Cuando las llamas cesaron, Rhiot se apresuró a abandonar el cobijo de una de las alas de su compañero, la tierra rezumaba vapor y casi no podía respirar.

Drafgaen gemía con angustia, sus enemigos habían caído, pero a un alto precio.

El dragón tenía la parte del cuello herida y sus ojos se habían quemado.

El kalasty acarició su hocico con pesar.

Alzó la vista al cielo y rugió furioso. Los dioses nunca ofrecían su ayuda sin arrebatar algo a cambio.

Una de las criaturas del Olvidado los sobrevoló y Rhiot corrió a ocultarse de nuevo.

—¡Finge que has muerto! —le pidió a su compañero.

Drafgaen quedó completamente inmóvil y el kalasty temió que hubiera fallecido de verdad.

A pesar de todo, aquello no pareció satisfacer a su enemigo, que descendió en su dirección con la clara intención de atacar a Drafgaen.

Rhiot no lo dudó ni un instante y fue a su encuentro.

Saltó sobre la criatura y atravesó el cuello con la espada.

No logró cortarlo del todo, así que arremetió una y otra vez, arrancando su carne.

No se detuvo hasta que la cabeza del dragón quedó completamente descolgada.

Luego, laceró las alas y también sus garras.

La sangre lo cubría. El joven regresó junto a Drafgaen y acarició su cabeza para hacerle saber que estaba a su lado. Percibió su temblor.

No abandonaría a Drafgaen, lo protegería incluso a costa de su propia vida.

Candor estaba agotado. No importaba a cuantos kalastys derribaran, los malditos volvían a ponerse en pie una y otra vez.

Los dragones grises lidiaban contra sus hermanos en el cielo, en más de una ocasión sus cuerpos caían sobre ellos y los soldados no siempre lograban apartarse a tiempo.

El norteño luchaba junto a sus hombres, los que lo habían acompañado desde Laccados tantos meses atrás.

Procuraba no perder de vista a su hermano.

Los Dol estaban cerca y los Hal se mantenían a su derecha.

Era la primera vez que las tres familias combatían unidas tras más de diez ágaras.

Se preguntaba si merecería la pena el esfuerzo, porque hasta dónde podía ver, los kalastys ganaban terreno y se les echaban encima cada vez con mayor voracidad.

Era como si con cada corte se volvieran más salvajes.

Uno de los dragones controlados por Fenador se arrojó hacia su posición.

—¡Apartaos! —gritó el líder de los Hal, empujando a Candor.

La bestia cayó en medio de la encarnizada lucha y empezó a lanzar dentelladas a todos los que tenía al alcance.

Los kalastys retrocedieron, parecían aguardar algo.

Los hombres se abalanzaron sobre la criatura, pero las espadas se quebraban contra las duras escamas, y recibieron funestos golpes con la cola y las garras del dragón.

Este se revolvía rabioso, en sus ojos no había nada salvo un profundo vacío, como si el cuerpo no fuera más que un cascarón; una marioneta movida por Fenador.

Le habían desgarrado un ala, lo que le impedía marcharse.

Rugió y de su boca escaparon cientos de gusanos que se agitaron en el suelo.

Candor se apartó enseguida. Uno de los Dol insertó el arma en su boca, atravesando el paladar.

De entre sus dientes se deslizó un líquido blanco y espeso y Candor recordó lo que significaba aquello.

Intentó avisar al Dol, pero no llegó a tiempo.

Cuando la masa blancuzca se deslizó por el cuerpo del hombre, su piel comenzó a derretirse igual que una hoja de papel en un estanque.

Los gritos desgarrados que profirió le helaron la sangre.

Los kalastys se abalanzaron de nuevo contra ellos mientras el dragón, aún con la espada incrustada en la boca, arrancaba medio cuerpo de uno de los Hal.

Esparció sus tripas por el suelo y escupió sus restos a los pies de Candor.

Yatra-Hal gritó enfurecido y se lanzó a por la bestia acompañado de otro Dol.

—¡Hay que cortarle la cabeza! —Candor corrió tras ellos.

Arremetieron a la vez, lacerando el cuello, pero sin lograr separarlo del cuerpo.

Maldijo no tener al alcance una espada de acero dárico.

Sus hombres los rodearon para protegerlos de los kalastys.

Candor vio de reojo la maraña de cuerpos enemigos al acecho, los soldados humanos caían ante sus despiadados ataques.

Oyó entonces la voz de la comandante Halan, que ordenaba a sus hajaeks ir en su ayuda.

El dragón se revolvió y encerró a Yatra en una de sus garras.

Candor corrió a su lado, cortó la extremidad y el dragón soltó al Hal.

Antes de poder reaccionar, sin embargo, media docena de kalastys les saltaron encima.

Candor notó las dentelladas en sus brazos y piernas, arremetió contra ellos y solo logró enfurecerlos más.

Sus hombres caían muertos sobre charcos de sangre.

Yatra y el Dol trataron de llegar hasta él, pero sus oponentes lo impidieron.

El dragón escupió su fuego blanco hacia los dáricos y estos se tiraron al suelo para esquivar las llamas.

Halan impartía órdenes que se perdían en el torrente de alaridos.

Desde el cielo los alcanzó una nueva marea de fuego blanco.

Candor quedó cegado un instante por el destello e inhaló el olor a carne quemada.

«A este ritmo vamos a morir todos», se dijo el norteño.

Su hermano y los pocos hombres de Laccados que quedaban con él llegaron a su lado.

Le quitaron a los kalastys de encima, pero estos se revolvieron sin darles tregua.

Su hermano recibió una herida en el costado.

Candor quiso sacarlo de allí, pero no tuvo tiempo.

El dragón abatió a varios hombres con su larga cola y barrió al resto con las alas.

Candor se tiró al suelo junto a su hermano para esquivarlo.

Halan llegó entonces y cortó el cuello de la criatura de un solo golpe.

La cabeza se estampó junto al norteño y los kalastys bramaron enloquecidos. Estaban completamente rodeados.

—No hay forma de detener a estos desgraciados —dijo Candor sin aliento.

—Espero que no estés cansado —se burló la comandante.

El hombre soltó una amarga carcajada y se tiró de la barba oscura.

Sus enemigos avanzaban despacio, acechándolos; formaban una barrera en torno a ellos tres.

La bestia continuaba moviéndose y lanzaba zarpazos al aire.

Los kalastys atacaron al unísono y el hombre supo que no lograrían contenerlos.

Empujó a su hermano contra Halan y corrió en busca de la contienda.

No estaba dispuesto a ver morir a más familiares: distraería a aquellos seres para dar tiempo a que sus soldados y los runnenses se reagruparan.

Pudo cortar una cabeza, cercenar varios brazos y destripar a dos kalastys antes de sentir el acero incrustarse en su propio cuerpo.

Escupió sangre a la vez que gritaba de pura rabia y se arrancaba una lanza del abdomen.

Se tiraron sobre él, aplastándolo contra la tierra, y el peso comenzó a asfixiarlo.

Los que no tenían manos para empuñar armas, mordieron su cuello y sus extremidades. Una espada perforó su pecho.