El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) El Vacío #2
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El Vacío #2

Las raíces cubrían casi por completo a Osharan, su sangre se desvanecía en el aire mientras la tormenta de la esfera rugía frenética.

Alhanna quedó inmóvil contemplando la escena.

Quiazz interpuso su lanza frente a ella para protegerla y la hizo girar sobre su cabeza para apartar a los demonios.

Una espada rozó su costado y chirrió contra la armadura.

El joven ensartó a la criatura con su lanza, pero esta la atrapó entre sus manos para arrebatársela.

Alhanna reaccionó por fin. Su rostro se cubrió de sombras y tomó los lanfes de los demonios que quedaban en pie, pero estos no cayeron inertes como cabía esperar.

Ahora parecían simples muñecos de carne y hueso.

Alhanna convirtió la energía que había robado en una llama gris y la lanzó hacia la madera que encerraba al Dragón.

Sin embargo, antes de alcanzarlo, la esfera absorbió el fuego.

Algo no iba bien, ¿por qué Osharan no luchaba con más bravura? ¿Estaba decidido a rendirse para complacer a Hagnak? No, no creía que esa fuera la intención de su hijo.

—¡Él no quiere tu rendición! —gritó ella a pleno pulmón—. ¡Desea que lo envíes al mundo venidero! ¡Por eso te ha hecho venir!

Las raíces acabaron por cubrir al Dragón de los pies a la cabeza y los temblores del suelo aumentaron.

La blancura que albergaba aquel lugar remitió hasta consumirse por completo.

Una densa penumbra invadió el Vacío mientras la cúspide se resquebrajaba.

La Jistar estaba cayendo, Alhanna lo percibía con claridad.

Ella misma se sentía agotada y consumida, igual que una flor que se marchita.

Fenador dirigió sus manos hacia ella y las diosas entonando su silbido, y las tres se llevaron las manos a la cabeza.

Sus ojos se volvían de un blanco casi impoluto.

Quiazz sintió que se le helaba la sangre al comprender que el maldito ser intentaba hacerse con sus mentes.

Debía impedirlo, pero no sabía de qué forma.

Alhanna y sus hermanas cayeron de rodillas.

El joven aferró la lanza con fuerza, su corazón latía tan deprisa que notaba el martilleo contra su pecho.

Todo a su alrededor se desmoronaba y percibía el triunfo de los Olvidados más real que nunca.

«Si careces de fuerza, entonces haz lo inesperado», le había dicho Sandar en una ocasión.

Levantó la lanza muy despacio y, por un breve instante, regresó a su infancia y a los entrenamientos con Dastan, a las noches en las que espiaba las visitas de Ádria y soñaba con abandonar el holeoj y ver el mundo.

Su mano derecha había sanado por una razón, ahora lo comprendía.

Puso el arma a la altura de su hombro mientras avanzaba deprisa y concentraba su fuerza en el mismo punto.

Lanzó el arma a la vez que gritaba de pura rabia y esta cruzó veloz el espacio que lo separaba de Fenador hasta atravesarle la cabeza e impulsarlo hacia atrás.

Su silbido se quebró en un espeluznante alarido.

Fue entonces cuando Alhanna y las diosas quedaron libres.

El Jakar acudió en ayuda de su hermano y arrancó el arma de su cuerpo.

Quiazz retrocedió al notar como el Olvidado se dirigía hacia él y levantaba una mano.

Pero Alhanna se interpuso a tiempo, aún jadeante y con el rostro pálido.

Las diosas crearon una barrera que los envolvió y Quiazz sintió que aquella coraza retenía una gran cantidad de poder.

Era incapaz de verlo, aunque intuía que ellas luchaban contra el Jakar.

Alhanna sonrió al ver a Fenador incorporarse con la cabeza perforada.

Sabía que no debía concederle tiempo a recuperarse, pues la próxima vez nada impediría que tomara sus mentes.

Cerró los ojos y se concentró en la tormenta que se agitaba sobre el altar.

La energía fluía a su alrededor como un torrente de agua helada, como si estuviera dentro de un pozo.

Comenzó a tirar de aquel abrasador poder mientras el Jakar y el Niño lo defendían con rabia.

Jaeglar gritó algo que Alhanna no logró entender y la gigantesca bola se cubrió de fisuras.

—No lo hagas —le rogó Quiazz con la voz entrecortada mientras agarraba uno de sus brazos—. Si usas tanta energía nos destruirás a todos, soltarás un poder desmedido como hiciste hace unos días. ¿Es lo que realmente deseas? ¿Vencer a cualquier precio?

—¡Acabarán con nosotros de todos modos! —Ella trató de ignorarlo.

—Debe haber otra manera —insistió el joven—. Piensa en mí, en Akiro, en Ghiro. Danos la oportunidad de vivir, Alhanna. Busca otra forma, como hiciste con Zahel. Eres mucho más poderosa de lo que crees, ¡demuéstralo!

Los dragones aullaron en su interior. Las roturas en la esfera crecieron.

Alhanna casi podía palpar el poder que acumulaba, parecía atraerla hacia su interior.

Los Olvidados se apartaron, temerosos de que semejante fuerza los arrastrara.

Alhanna gritó cuando el torrente de energía rozó sus dedos, pero no lo abandonó; debía soportarlo un poco más.

Ella no creía que hubiera otra alternativa, así que se deshizo del agarre de Quiazz y caminó unos cortos pasos hacia el altar.

Pero entonces, el colgante que llevaba al cuello y que encerraba una diminuta porción del lanfe de Kishur se elevó frente a sus ojos.

Observó incrédula el cristal mientras este se quebraba.

Lo encerró en un puño, aunque eso no impidió que la energía escapara.

Fue atraída por la tempestad y se unió a ella a la vez que la joven corría en la misma dirección sin pensar en las consecuencias.

Permitió que el tortuoso temporal la apresara.

Escuchó la risa hilarante del Niño y su mundo se transformó en tinieblas.

Buscó en la negrura el último recuerdo de Kishur.

Relegó a un rincón de su mente el miedo que la atenazaba, el dolor que parecía desgarrar su cuerpo.

La tormenta aullaba feroz a su alrededor y parecía querer engullirla.

Dejó de percibir el lanfe de Kishur, ¿cómo había perdido algo tan valioso? Desazonada, se encogió sobre sí misma.

«Alhanna, no dejaré que te rindas», la voz sonó alta y clara frente a ella.

Levantó la vista y sus ojos se llenaron de lágrimas. La silueta plateada que tenía delante pertenecía al ser más hermoso de cuantos había conocido. Era el dárico gris.

Quiazz había observado apesadumbrado como Alhanna entraba en la tormenta.

Jaeglar seguía devorando el lanfe de Osharan mientras los Olvidados trataban de recomponerse.

Gaelos y Lumiatz se apartaron, temerosas.

El Vacío se consumía a gran velocidad y la calamidad que encerraba la gigantesca circunferencia parecía a punto de estallar.

Perdió toda esperanza, hasta que vio a Kishur en medio de aquel cúmulo de tinieblas. El dárico se asemejaba a una estatua.

«He venido a librar mi última batalla», dijo y su voz resonó en todo el recinto.

Levantó la mano derecha, de la que salieron cuatro lazos plateados que ataron a los desprevenidos Olvidados.

Trataron de resistirse, pero Kishur tiró con fuerza de ellos y los arrastró con él.

Su cuerpo emitió una poderosa luz que los cegó a todos y la esfera estalló con una fuerza atronadora y salvaje.

Quiazz notó como lo golpeaba y lo tiraba al suelo con violencia.

Aquel destello recorrió cada rincón del Vacío, abrasó los restos de los demonios hasta los huesos y consumió las raíces que retenían a Osharan.

A continuación, envolvieron el esqueleto marchito del Qad’has y el colosal árbol y las flores se consumieron.

Cuando todo quedó en calma, Alhanna y los Olvidados habían desaparecido.

Quiazz quiso levantarse, pero no fue capaz.

Lumiatz cayó de pronto desmadejada a su lado, y oyó el gemido de Gaelos cerca de ellos dos.

Luchó por mantenerse lúcido, pero una extraña fuerza lo impedía.

Entre jirones de sombras contempló a Osharan caminando hacia el altar, las heridas de su cuerpo aún sangraban.

Subió a la piedra y un débil brillo plateado danzó en el centro.

El Dragón lo tomó entre sus manos y comenzó a desaparecer ante los incrédulos ojos de Quiazz.

Los párpados del joven se cerraron de forma involuntaria y temió que nunca más volvieran a abrirse.

Se dejó arrastrar por una insondable oscuridad.