El Vacío
L a deslumbrante luz que envolvía la entrada cegó a Quiazz.
Atravesó el umbral cubriendo sus ojos con el antebrazo para protegerlos del potente resplandor.
Este disminuyó una vez cruzaron las puertas.
Lo invadió en ese momento una extraña calidez, pero duró tan poco que no tuvo ocasión de retener la sensación.
El recinto que custodiaba el Qad’has era inmenso.
Contuvo el aliento mientras contemplaba el techo, formado por una blanquísima bru ma.
El majestuoso árbol se erigía como el rey del lugar.
Estaba rodeado de tierra apelmazada, de la que brotaban gruesas raíces.
Las flores danzaban entre las ramas como pequeños insectos.
Las manos del Niño y el Jakar rozaban la esfera y la bruma entraba en ella a través de los puntos que tocaban. Estaban absortos en su labor.
—Bienvenidos. Os esperábamos —saludó Jaeglar con semblante pétreo. Quiazz se estremeció al observar sus ojos dorados.
El eldo no se encontraba allí e imaginó que eso aliviaría a Alhanna, pues el joven se percató de que lo buscaba con la mirada. Jaeglar descendió del altar y esbozó una sonrisa sin apartar sus ojos del Dragón.
—Supongo que percibes la presencia de Hagnak, debe ser la única razón por la que has acudido —dijo el Olvidado con satisfacción—.
Incluso tu hijo se ha cansado de ti y de que condenes el mundo con tanta facilidad.
¿Cuántas veces ha evitado que tu maldad o tu desidia lo destruyan?
Para ti es insignificante, tan solo un reducto de tu vasta historia, pero para nosotros lo es todo. Es nuestra existencia.
—Muriath y vosotros no significáis nada. —Fue cuanto dijo el Dragón.
—Y justo por esa razón estamos aquí. Evitaremos que conduzcas este mundo a la Oscuridad. —Jaeglar mostraba una calma inusitada.
Quiazz se quedó perplejo ante aquel diálogo y un sudor helado descendió por su espalda.
Se sintió insignificante y ridículo por creer que tenía cabida allí.
En ese preciso instante no era capaz de identificar quién era el verdadero enemigo.
Jaeglar se dirigió con calma hacia el árbol, con las manos cruzadas a la espalda y la cabeza ligeramente alzada hacia el techo que comenzaba a perder su brillo.
Osharan caminó con parsimonia entre los demonios que cortaban el paso y estos se apartaron de inmediato, aunque mantuvieron los rostros fijos en él.
Jaeglar se detuvo cuando alcanzó las raíces del árbol.
—¿Qué se siente cuanto tu propia creación se revela contra ti? —El Olvidado alzó los brazos y las flores volaron en su dirección creando pequeños remolinos.
Osharan y Jaeglar quedaron enfrentados; era evidente que el Olvidado no temía a su creador, pues mostraba una sosegada calma.
La piel de Jaeglar se cubrió de manchas y las flores emitieron un potente zumbido, como un enjambre de abejas enloquecidas.
La Oscuridad que rodeaba al Dragón se deslizó por el suelo.
Quiazz notó el peso asfixiante de aquel poder y necesitó hacer acopio de fuerza para mantenerse en pie.
Fenador produjo un penetrante silbido que hizo que la cabeza de Quiazz zumbara.
Los demonios se movieron como si fueran un solo ser y se abalanzaron sobre Osharan: lo aferraban de brazos y piernas, subían a su espalda y rodeaban su cuello mientras él se los quitaba de encima.
Jaeglar dirigió sus manos hacia el Dragón y las manchas de su piel crecieron. Sus ojos refulgieron como el oro.
La tormenta que encerraba la esfera comenzó a crecer y Quiazz intuyó que Jaeglar devoraba el lanfe de Osharan y lo introducía en su interior, pero no era capaz de verlo con claridad.
El Dragón profirió un gruñido animal y una fuerte ráfaga de aire los rodeó a todos y lanzó a los demonios lejos de él.
La Oscuridad se transformó en afiladas lanzas que partieron hacia una docena de criaturas y laceraron sus cuerpos sin la menor resistencia.
Los que quedaron indemnes se abalanzaron hacia las diosas y Alhanna.
Quiazz aferró su lanza con la mano derecha, no estaba dispuesto a quedarse al margen.
Puede que solo fuera un simple humano, pero aún podía luchar.
Sin embargo, algo lo retenía y lo anclaba al suelo, y no era el miedo.
«Aguarda un poco más», oyó la voz de Hagnak en su mente.
Y, como si Osharan también hubiera escuchado sus palabras, bramó furioso y la capa de tinieblas que lo rodeaba comenzó a girar a su alrededor.
Pero eso no detuvo a Jaeglar que siguió devorando el lanfe del Dragón.
Las raíces se retorcían a sus pies, igual que serpientes enroscándose en la tierra.
Osharan levantó las manos hacia el techo de luz y este comenzó a opacarse y a deshacerse en retazos de niebla que se derramaban sobre el suelo.
A su vez, las paredes antes relucientes se ennegrecían y agrietaban.
Las flores del Qad’has caían sobre la tierra formando una espesa alfombra y se volvían del color de las cenizas.
Los demonios comenzaron a convulsionarse, su piel ambarina a tornarse grisácea.
Quiazz hincó la rodilla, no podía respirar.
Las diosas se derrumbaron y Alhanna se llevó las manos al pecho y gimió asfixiada.
Las ramas del árbol cimbreaban y se volvían negras como el carbón.
El imponente tronco perdía parte de su corteza, convertida en polvo antes de tocar el suelo.
La tierra tembló, parecía que el propio mundo se revolviera, torturado.
El Dragón se proponía destruir el Qad’has, el anclaje con el mundo venidero.
Parecía dispuesto a acabar con todo, tal como había predicho Hagnak.
El Orfebre lanzó un alarido de rabia y las manchas de su piel aumentaron hasta cubrirlo por completo.
La batalla entre el Olvidado y Osharan detuvo todo a su alrededor.
Alhanna alzó un brazo hacia Quiazz en un intento de alcanzarlo.
Los otros Olvidados se replegaron contra el suelo del altar y la tormenta que los tres mantenían encerrada estalló en el interior de la circunferencia.
Jaeglar era el único capaz de hacerle frente al Dragón.
¿Conseguiría evitar que este destruyera Muriath?
Quiazz perdió el aliento, sus pulmones estaban paralizados.
Cayó de costado con las manos en el cuello, arañando su piel con desesperación.
Sentía que su propia vida se consumía junto a Muriath, y el mundo le pareció más sombrío que nunca.
Las paredes temblaron y las grietas crecieron, por algunas de ellas comenzó a entrar agua.
De la tierra apelmazada fue brotando una amalgama negra que consumía la madera de las raíces y la deshacía dejando un rastro de polvo suspendido en el aire.
La Oscuridad llegó a los pies de Jaeglar y lo obligó a retroceder para que no lo devorara a él también.
Quiazz supo que la Oscuridad trataba de engullir el Vacío, aunque quizás ellos murieran antes por la asfixia.
¿Proseguiría después por el resto del mundo?
¿Tardaría mucho en llegar hasta los que luchaban fuera de allí? ¿Hasta Gastor?
Una silueta formada por una blanquísima bruma apareció entre Jaeglar y Osharan.
La Oscuridad detuvo su avance de inmediato.
El Olvidado también cesó su ataque. Quiazz volvió a respirar y sintió que una extraña fuerza insuflaba aire a sus pulmones y le devolvía las fuerzas exiguas.
Observó aquella aparición y de inmediato reconoció su hermoso rostro.
Miraba con severidad al Dragón. Era Hagnak.
Alhanna se cubrió la boca con la mano y dio un paso hacia él, pero Hagnak dirigió sus ojos hacia la joven y negó con la cabeza.
El Dragón permaneció absorto en la imagen de su hijo.
Y en ese momento, las raíces del árbol que no habían sucumbido escaparon de la tierra y traspasaron el cuerpo intangible del antiguo Juez para atrapar las piernas y brazos de Osharan.
Atravesaron sin piedad su carne, incrustándose en pecho y abdomen, lacerando su cuello.
Su sangre, roja y espesa, se vertió sobre la tierra.
Alhanna gritó como si hubiera sentido el dolor en su propio cuerpo.
Hagnak alargó un brazo y cerró la mano en un puño, conteniendo sus ganas de ayudar a Osharan.
Desapareció sin apartar la mirada de su padre, y en su lugar apareció el Orfebre; triunfante, agradecido.
Las pequeñas flores alzaron el vuelo hacia el Dragón y comenzaron a posarse en sus heridas expuestas. Osharan rugió de rabia e intentó arrancarse las raíces, pero estas se clavaban en su cuerpo y se internaban de nuevo a la tierra. Lo estaban encadenando.
Alhanna no soportaba verlo derrotado, desconocía de dónde provenía esa congoja, pues no hacía tanto tiempo que había deseado ese final. ¿Qué había cambiado en ella?
«Porque ahora entiendo su dolor», se dijo. Sintió a los dragones en su interior, el miedo que los atenazaba, la soledad que los gobernaba. La misma que asolaba a Hagnak, la que había acompañado a Kishur. Pero no era culpa de Osharan, si no de ella.
Quiso ir junto al Dragón, pero los demonios que quedaban en pie se interpusieron.
Con Fenador restablecido, estos volvieron a atacarlos.
Alhanna impuso una barrera de aire justo cuando se abalanzaban sobre ella.
Gaelos y Lumiatz acudieron al instante. Ambas se enfrentaron a sus enemigos sin piedad, quemándolos con su endomia y desgarrando los cuerpos con sus afilados manos.
Quiazz blandió la lanza para proteger a Gaelos del acero de un demonio y ella le arrancó la garganta mientras el joven se apartaba.
Fue junto a Alhanna esquivando a los inmortales.
Paró el golpe de un arma y cortó tras las rodillas de su oponente para hacerlo caer.
Los demonios atacaron fieros, mientras que las garras de las diosas arrancaron piel y huesos, y esparcieron sus entrañas a su alrededor. Pero nada los detenía.