El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas #3
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Las Avíseas #3

Uno de sus enemigos atravesó el cuello de un soldado que estaba a su lado y, sin que pudiera apartarlo, saltó sobre el general.

Ádria se lo quitó de encima sin esfuerzo.

A su izquierda, un kalasty sin brazos y con la cabeza cortada a la altura de la nariz se tiró sobre él e intentó morderle la garganta.

Gastor no malgastó esfuerzos, lo empujó hacia el hajaek y Ádria laceró el torso en dos.

Un torrente de sangre embadurnó sus botas antes de que se volviera tan densa y oscura como el barro.

A su alrededor, los kalastys caían para luego volver a levantarse, y los cadáveres que ya eran incapaces de continuar moviéndose, se amontonaban unos encima de otros.

Humanos y dáricos luchaban juntos, procurando no dejar espacio entre ellos que sus enemigos pudieran usar para obligarlos a romper la formación.

Los dáricos lanzaban un ataque y luego retrocedían para que los humanos defendieran la posición bloqueando las embestidas de las criaturas.

El acero dárico era mucho más eficaz y su mejor arma, puesto que la visión no les servía de nada frente a las expresiones y ojos sin vida de esos seres.

Los kalastys comenzaron a amontonarse y crearon una barrera casi infranqueable.

Gastor se deshizo de otros dos contrincantes con ayuda de Mayara.

Debía admitir que la destreza de la hajaek lo superaba con creces.

A esas alturas de la contienda, todos los kalastys le parecían el mismo ser, una maraña de cabezas que cortar y brazos que amputar.

Algunos se movían con las entrañas derramadas.

Se preguntó si sentirían algo dentro de aquella cárcel hecha de carne y huesos.

Halan y Candor dieron la orden de retroceder un poco. Él hizo lo mismo.

Los dragones sometidos descendían igual que aves rapaces en busca de alimento y apresaban entre sus fauces a humanos, dáricos y kalastys, sin distinción.

Luego, los estrellaban contra las montañas o desgarraban sus cuerpos con las potentes zarpas.

La sangre llovía sobre los soldados que luchaban en el suelo.

Gastor estaba cubierto del líquido escarlata y ni siquiera había tenido tiempo de reparar de quiénes procedía aquel maldito aguacero.

Otra criatura se cernió sobre sus cabezas y se agacharon para esquivar las mandíbulas afiladas.

Los kalastys les saltaron encima entonces.

Gastor rodó por la tierra y, al ponerse en pie, atravesó el vientre de uno de ellos.

Extrajo el arma y la usó para bloquear la de otro enemigo.

Sintió el movimiento a la derecha y se apartó para esquivar el desgarro en su pierna.

Aquello era inútil. Lo estaban rodeando.

Una vez más, la sombra de una criatura alada se precipitó hacia su posición, pero esta vez fue interceptada por Shanarás, y el aire que creó con sus potentes alas los arrastró a todos.

Partió a la bestia en dos y arrojó los despojos ensangrentados sobre los kalastys.

Antes de que tuvieran tiempo de retomar la posición, un dragón gris cayó tras ellos, aplastando a varios soldados bajo su peso.

La criatura trató de ponerse en pie lanzando lastimeros gemidos, pero no tenía fuerzas.

Era uno de los dragones libres, le habían desgarrado el vientre.

De pronto, dos bestias capturadas por el Olvidado lanzaron su atroz fuego blanco contra los soldados, trazando una línea frente a Gastor y abrasando a humanos y dáricos.

La fuerza de las llamas los embistió y los arrastró hacia atrás.

Gastor se golpeó contra el suelo y perdió el aliento. Sintió el pertrecho suelto.

Mientras los hombres se ponían en pie, los kalastys aprovecharon el hueco para abalanzarse sobre ellos.

—¡Retroceded! —ordenó Gastor, pero era demasiado tarde para su grupo.

Ádria apartó a Gastor cuando un kalasty se tiró sobre él para morderle el cuello.

El general gritó enfurecido y le partió la cabeza por la mitad con la espada.

Continuó arremetiendo. Una lluvia de sangre se arrojó sobre él y lo cegó un breve instante.

Recibió una cuchillada en la pierna, se movió rápido para detener el siguiente golpe, pero cuatro kalastys le cayeron encima.

Le arrancaron el pertrecho y uno de ellos le hincó los dientes en el brazo.

Gastor golpeó su rostro, pero este no cedió ni un ápice.

Fue Mayara quien se lo quitó de encima. Ádria contenía a cinco más.

Gastor notó otra dentellada en el hombro. Los soldados morían a su alrededor.

El general mutiló a sus contrincantes sin compasión.

Debía acabar con aquellos seres que trataban de matarlo.

El pertrecho abollado quedó tirado en el suelo y Gastor se sintió desnudo.

Se asfixiaba, el hedor que desprendían los cuerpos abiertos lo atosigaba cada vez más.

Una inesperada puñalada en el costado lo obligó a girarse y entonces, una lanza atravesó su vientre.

El dolor lo atravesó sin contemplación, Gastor miró las pupilas castañas del kalasty y solo encontró muerte en ellas.

«Quiazz va a enfadarse conmigo», fue su único pensamiento.