Las Avíseas #2
Era el momento, todos lo sintieron en su interior. Shanarás lanzó un atronador rugido y se lanzó en picado hacia los kalastys, seguido de los otros dragones grises al mando de Rhiot. Los que eran controlados por Fenador contraatacaron. El firmamento se cubrió de alas y garras que laceraban escamas.
Los generales y comandantes dieron por fin la orden y el ejército corrió al encuentro con el enemigo.
Doce mil soldados que parecían una marea enfurecida.
Quiazz solo pudo ver a Gastor un instante antes de que este desapareciera entre el tumulto.
Contuvo el aliento cuando la primera línea chocó contra los kalastys.
Trató de contener su miedo y la agitada respiración.
La sangre no tardó en manchar la llanura pedregosa.
El ensordecedor aullido de la batalla recorrió cada rincón de aquel lugar.
Los balidos de los dragones le helaban la sangre.
Los kalastys emitían alaridos estridentes al unísono.
Alhanna espoleó a su montura y el vargum comenzó a galopar por la endurecida superficie.
Las grietas del cielo aumentaron una vez más y el suelo tembló bajo ellos.
Quiazz mantenía la vista arriba, pendiente de la lucha encarnecida de las criaturas aladas.
Dejaron de ver a Osharan, envuelto en sombras y cerca de la gruta.
Alhanna apremió al vargum para ir más veloz.
Las flechas sobrevolaban sus cabezas. Estas solo derribaban de forma temporal a sus enemigos, pues los cadáveres volvían a ponerse en pie.
Entonces, un dragón se precipitó hacia ellos y se recostaron sobre la montura.
Quiazz levantó la mirada y comprobó que Shanarás lo había atrapado entre sus garras.
Un chorro de sangre llovió a su espalda como un aguacero.
Otra bestia cayó ante ellos y el vargum se puso a dos patas, a punto de derribarlos.
Alhanna logró calmarlo y que continuara su avance.
Se adentraron al fin entre los altos muros de Oscuridad y sintieron un frío atroz envolviéndolos.
Quiazz deseó con todas sus fuerzas ver de nuevo a Gastor; fue su único pensamiento mientras cruzaban el umbral del túnel.
Dentro de la montaña reinaba la calma, los gritos de la batalla les llegaban de forma amortiguada por los muros rocosos.
La oscuridad era casi palpable, pero el vargum galopaba veloz a pesar de la penumbra, guiado por lo que parecía ser una suave corriente.
Quiazz también la notaba. ¿Era Osharan quién los conducía por aquella senda?
El Dragón había desaparecido. Pronto dejaron de oír el clamor de la lucha y fue como si el túnel los hubiera engullido.
Quiazz creyó que no avanzaban lo suficiente y el recorrido le resultó eterno.
La suave luz que apareció frente a ellos anunciando el final lo tranquilizó.
Cuando alcanzaron la playa, el vargum se derrumbó abatido a causa de la asfixia que provocaba ese lugar.
A Quiazz le costó caminar por la arena, el aire lo aplastaba contra ella y le robaba el aliento.
Sentía que la degradación que reinaba allí se le pegaba a la piel.
Deseó arrancarse la armadura, casi no podía respirar con ella.
Alhanna tomó su mano y lo ayudó a avanzar.
Osharan caminaba por el puente que el mar había dejado al descubierto.
Ya casi había llegado a las puertas de la Jistar y estas estaban completamente abiertas y ofrecían una flamante luz que cubría el umbral.
Allí el cielo mostraba franjas enormes de las que salía una densa bruma que caía sobre el agua.
Quiazz percibía que aquel rincón pronto ya no sería más que un recuerdo, que hasta el último grano de arena se consumiría antes de que la Jistar fuera derribada.
Alhanna y él llegaron al inicio del puente.
Y tras ellos aparecieron dos esbeltas siluetas, cuyos pasos habían pasado desapercibidos a causa de la estruendosa tormenta y el mar embravecido. Eran Lumiatz y Gaelos.
—¿Qué haces aquí? Debías cuidar de… —Alhanna calló ante la mirada curiosa de la dama roja. Ambas se observaron con verdadero rencor.
—Trivaz está con él, no debes temer. Tú misma enviaste al demonio a mi hogar —le recordó Gaelos con mesura—. Comprendo el odio que nos ha mantenido alejadas, pero debemos dejarlo a un lado. No importan los motivos que nos hayan traído aquí.
—¿Odio? Eso queda muy lejos de lo que siento por ella. —Alhanna evitó dirigir sus ojos hacia Lumiatz, casi podía sentir su satisfacción.
Lumiatz miró entonces a Quiazz con despreció y esbozó una extraña sonrisa que le produjo escalofríos.
Pensó que Alhanna se lanzaría a su cuello de un momento a otro.
Quiazz se sorprendió a sí mismo de su propia calma, después de todo, la diosa era la culpable de la muerte de miles de humanos.
¿Cómo podía estar frente a ella? Pero Gaelos estaba en lo cierto, tenían algo mucho más importante en lo que depositar su rabia y frustración.
Lumiatz y Gaelos le ofrecieron una de sus manos a Alhanna y ella, tras contemplarlas un breve instante, se aferró a ambas.
Las tres se giraron hacia el puente y vieron como Osharan cruzaba las puertas de la Jistar en ese momento.
—Noto la presencia de Hagnak, ¿vosotras también? —preguntó Lumiatz.
Ambas asintieron. Alhanna lo hizo con un nudo en el estómago, Osharan ya le había advertido de que Hagnak parecía encontrarse en el Vacío. ¿Sería cierto?
Quiazz las siguió y de pronto tuvo la sensación de que las tres formaban parte de un único ser. Mientras caminaba por aquel sendero sobre el mar se preguntó si lograrían vencer y, sobre todo, si quedaría algo de vida después de hacerlo.
Gastor buscó con desesperación a Quiazz, pero el joven había desaparecido de su vista justo antes de comenzar la batalla.
Tampoco se encontraba con Ádria o Mayara, pues ambos luchaban a su lado.
Eso quería decir que al final se había marchado con Alhanna, y no sabía qué le daba más pavor, si imaginarlo en el Vacío rodeado de inmortales o tenerlo junto a él en medio de la cruenta ofensiva.
Cerró los ojos un instante para despejar su mente, debía confiar en la entereza de Quiazz. Volvería a su lado.
El primer choque contra los kalastys fue brutal y desmedido.
Aquellos seres controlados por el Olvidado no sabían de contención, actuaban empujados por una cuerda invisible que los ataba a todos por igual.
Se movían casi al unísono, como fieras hambrientas.
Aun así, lograron mantener la posición inicial y no romper filas.
Gastor le cercenó la cabeza a uno de ellos y este continuó lanzando estocadas contundentes, como si no le faltara una de las partes fundamentales del cuerpo.
La sangre se cuajó enseguida en la tremenda herida y de ella brotaron un centenar de larvas blancas que se retorcieron entre las arterias seccionadas.
Gastor sintió nauseas, pero continuó peleando.
Cortó los brazos de la criatura y una de sus piernas, y el torso quedó agitándose en el suelo.
A su alrededor, los cuerpos mutilados de los kalastys se sacudían en agonía.