El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas
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Las Avíseas

L os hombres se prepararon para la batalla, se armaron y tomaron posiciones.

Dejaron el campamento atrás aún de madrugada, guiados por las antorchas que formaron una larga serpiente de fuego que atravesaba el desierto.

Los runnenses los aguardaban. Los kalastys se encontraban entre ellos, y los dragones grises ya debían estar en sus puestos.

Quiazz aún sentía la garganta constreñida.

Cabalgaba junto al general y Candor, mientras que los dos hajaeks iban detrás con Alhanna.

No había vuelto a hablar con ella. Quiazz vestía una armadura de bronce, menos robusta que la de otros soldados.

—¿Cómo la notas? —Gastor lo había ayudado a colocársela.

—Estoy muy incómodo, preferiría prescindir de ella. —Suspiró, ya sabía que esa no era una opción—. ¿Soy yo el único que está aterrado? Odio tu templanza.

Gastor soltó una suave carcajada y luego, le acarició la mejilla. Se mantuvieron la mirada largo rato, en silencio, mientras los hombres impartían órdenes fuera de la tienda. No tenían demasiado tiempo; los comandantes los esperaban.

—Dime que volveremos juntos a casa —le rogó Quiazz apoyando la frente en el hombro del general—. Aunque sea mentira, hazme ahora mismo esa promesa. La idea de que uno de los dos muera me tortura, no tengo tanto valor como Halan o Hagnak creen.

—¿Y qué sabrás tú? —Enredó sus dedos en el cabello del joven—. Volveremos a casa juntos, estoy seguro de ello.

—No has sonado convincente. —Le dio un casto beso en los labios y se apartó.

Gastor se colocó el guantelete y observó a Quiazz con atención.

Le pareció más joven si cabía esperar, apenas un adolescente, aunque ya no lo fuera.

Pero la inocencia de sus ojos permanecía inmutable, y eso lo sorprendía, después de todo lo que había sufrido.

Otro en su lugar se habría vuelto más cruel, habría perdido toda esperanza.

¿Por qué Quiazz era tan distinto? Sonrió y le devolvió el beso.

Después, salieron de la tienda con la firme decisión de sobrevivir.

En medio de la oscuridad del desierto, sin embargo, su convicción se hacía trizas.

Quiazz sentía una profunda angustia que le impedía respirar.

Cada vez que giraba el rostro para mirar a Alhanna, esta le devolvía un gesto frío y distante.

¿La había perdido? Esperaba que lo perdonara algún día, sobre todo, por seguirla al Vacío.

Después de la discusión con Quiazz, Alhanna permitió que Mayara la tranquilizara.

Ella sabía cómo tratarla, quizá por la costumbre de mediar con Ádria.

«Quiazz aún no comprende la clase de ser que eres», le había dicho la dárica.

Pero eso no era excusa, claro. Cuarenta y seis hombres muertos, y no es que ella lo ignorara, pero culparse por ello aumentaba su pesar.

¿No era suficiente la pérdida de Kishur?

Cuando la Jistar comenzó a desgranarse, ambas corrieron junto a Ghiro.

El anciano ya las esperaba y Ádria no tardó en reunirse con ellos.

—Luchad con honor, como siempre habéis hecho. Y prevaleced. —Las palabras de Ghiro sonaron a despedida—. Si vuestro tiempo llega a su fin, no olvidéis que pronto nos reuniremos en el mundo venidero.

—Así será, Ghiro. Te esperaremos —dijo Mayara.

Alhanna no pudo más que contener las lágrimas mientras se abrazaba a los dos hajaeks.

Quiso decirles que volvieran indemnes, que aún les quedaba mucho por vivir, pero no quería malgastar saliva con mentiras, pues sabía que a ellos les disgustaría.

Su servició con Kishur había terminado y esa era la única condición que los mantenía con vida.

El Dragón los había salvado mientras el dárico gris los necesitara.

Aquella debía ser su última batalla. Pero ella creía que habría algo más, estaba convencida.

La luz de las antorchas la acompañaban en su pesar. Cada vez que Quiazz volvía la vista hacia ella, Alhanna endurecía el gesto, pero su corazón se aceleraba. Deseaba ir junto a él y sentir su cercanía. No podía odiarlo para siempre.

Amanecía cuando el ejército compuesto por dáricos y humanos se apostó en el valle de las Avíseas, a medio kilómetro de distancia de sus enemigos.

Las marionetas de Fenador continuaban inmóviles bajo la tormenta de fisuras abiertas en el cielo.

La oscura niebla salía por las grietas y formaba corrientes de marea negra que enturbiaban la poca luz del nuevo día.

Todos temían que descendiera hacia el suelo, pues tenían la sensación de que aquel miasma podría asfixiarlos y acabar con sus vidas.

El suelo temblaba cada cierto tiempo; parecía que Muriath se quejaba de puro dolor.

Se encontraban lejos de los kalastys. Halan no había permitido que avanzaran más por miedo a que el Olvidado atrapara sus mentes. Los altos cargos se reunieron con Alhanna y formaron un círculo frente a los doce mil soldados.

—No percibo la presencia del Olvidado, ni la de ningún otro inmortal —aseguró la joven tras otear el horizonte—. Debe estar en el Vacío, sus hermanos no prescindirán ahora de su presencia, necesitan el poder de cada uno de ellos.

Halan asintió satisfecha y los hombres se miraron aliviados.

Pero entonces, ¿por qué los kalastys no se movían?

Unos potentes bramidos escaparon de las cuevas que rodeaban el valle y una veintena de dragones grises salieron de ellas.

Volaron de forma errática hasta colocarse sobre los peñascos que los kalastys tenían a su espalda.

La visión de aquellas criaturas mermó la confianza de todos. Eran espeluznantes.

—Esperad —pidió Alhanna girando sobre sus talones—. Noto un gran poder.

—¿De los Olvidados? —preguntó Gastor con preocupación, a lo que ella negó.

Un rugido atronador recorrió el valle y pudieron contemplar al enorme dragón blanco que acababa de aterrizar en uno de los picos de Grae.

Una roca se desprendió y rodó aplastando a unos pocos kalastys.

El resto continuó inmutable. Las escamas de Shanarás relucían como si fueran diamantes.

Los doce dragones grises que dirigía Rhiot lo acompañaban y anunciaron su llegada con potentes graznidos.

Una gran cantidad de soldados vitorearon a los recién llegados y sus corazones se llenaron de esperanza ante la presencia de Shanarás.

Al fin y al cabo, un dios lucharía a su lado.

—Bien, no hemos venido a disfrutar del paisaje. —Halan se golpeó el pecho y se giró hacia los demás—. Ataquemos. Y abramos el camino para que Alhanna alcance el túnel previsto hacia Talahom.

Alhanna aferró las riendas del vargum. Candor recorrió con el caballo las filas de los soldados a su cargo, Gastor las suyas.

Les insuflaron valor, arrancaron de sus gargantas palabras de ánimo: ¡Lucharían por su existencia!

¡Por sus familias! ¡Lograrían la victoria!

Halan y sus comandantes gritaron emblemas parecidos: ¡ Restralag io náeda !

Vencerían sin derramar su sangre, o al menos, procurarían que así fuera.

Los hajaeks lanzaron un grito de guerra al unísono que reverberó en el valle.

Los hombres se unieron enseguida. Solo los kalastys quedaron en silencio.

Los generales y comandantes bajaron de sus monturas y se unieron a los demás.

Alhanna se mantuvo sobre el vargum, pues tenía un papel distinto en la batalla.

Cuando lograran abrirle camino hacia el túnel de Talahom, ella debía cabalgar hacia allí.

Quiazz agarró la silla de montar de Alhanna y se encaramó a ella con un salto, pero no contó con el peso adicional de la armadura y a punto estuvo de caerse. Ella lo ayudó a subir.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Le increpó Alhanna de mal humor.

—Entraré contigo en el Vacío y no puedes negarte. Hagnak me lo ha pedido. —Mostró la mano que volvía a tener un aspecto normal y ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Hagnak? ¿Por qué? —preguntó con la garganta constreñida.

Un gigantesco manto de tinieblas ocultó la escasa luz del cielo en ese momento, era la imponente figura del Dragón Negro.

Sus escamas brillaron como el acero recién pulido.

El silencio se apoderó de todos. El viento que originó al batir sus alas expulsó la neblina y arrastró el polvo de la planicie.

Alhanna se cubrió los ojos con el antebrazo y el vargum relinchó nervioso.

Osharan comenzó a descender y su forma fue menguando hasta que sus pies dáricos se posaron en el suelo.

Vestía un atuendo similar al que solía usar Kishur.

De espaldas, si no fuera por el color del pelo, podrían haberlos confundido.

Quedó en mitad del valle, encarado hacia los kalastys.

Estos lanzaron entonces un chillido atroz que retumbó entre los riscos.

Parecían lanzarle una advertencia a Osharan.

Quiazz se agarró a la cintura de Alhanna, convencido de que los latidos de su corazón podrían romper el pertrecho de bronce.

Era un momento histórico, seres mortales e inmortales luchando juntos.

A pesar de todo, a Quiazz le emocionaba formar parte de aquello. No querría estar en ninguna otra parte.

Entonces, Osharan elevó el brazo derecho ante la expectación de los soldados que alcanzaban a verlo desde su posición.

La Oscuridad escapó de su espalda en forma de dos gigantescas alas hechas de espesa bruma.

Cruzaron indolentes el valle hasta topar contra los kalastys y los arrastró por la tierra sin compasión, como si fueran muñecos de trapo, rompiendo las filas perfectas y creando un amplio pasillo entre ellos.

Muy pronto quedó a la vista el acceso a la gruta de Talahom.

La Oscuridad se elevó hacia el cielo y creó dos altos muros de densa bruma.

Los kalastys comenzaron a moverse para tratar de escalarlos y volver a obstaculizar el camino.

Osharan se giró hacia los mortales y luego, caminó en dirección al túnel mientras mantenía la barrera indemne.