El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Tirian
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Tirian

E staban en posición. El ejército de humanos y dáricos se había desplegado para abarcar todo el terreno, desde la playa hasta el camino de montaña; no dejarían que los zarefíes huyeran.

Daraes y sus hombres estaban acuclillados entre las rocas.

Su hermano dirigía a los arqueros que se encargarían de incendiar la ciudad.

Debían aturdir a los Invasores y crear una distracción para que Sandar abordara los barcos junto a sus hajaeks.

Era la clave para evitar que los endómicos lanzaran sus bolas de fuego contra ellos.

Esa parte del plan lo inquietaba, pues no podía olvidar la visión de su sobrino sobre la muerte del general.

Lo poco que conocían sobre los sueños afirmaba que siempre se cumplían, sin importar el esfuerzo que se esgrimiera en evitarlo.

—Dime, Eduar, ¿crees que podrías cambiar lo que has visto? ¿Como al parecer hacía tu padre? —le había preguntado Sandar esa mañana. El niño negó con la cabeza.

—Pides demasiado —intervino Isela—. Sé que convirtió aquella flecha dirigida a Daraes en una rosa, pero hasta el momento no ha logrado replicar algo parecido.

—La chica los miró con severidad a los dos—.

No permitiré que pongáis vuestras vidas en las manos de Eduar, porque sufrirá si no consigue salvarlas.

—Ya debería estar camino a casa —se lamentó Daraes.

—Quiero ir al acantilado durante la batalla y así poder observar los barcos con el catalejo —dijo Eduar sorprendiendo a los adultos—. Es así como tuve la visión.

Intentaron negarse, pues era peligroso que Eduar permaneciera allí. El Dol tenía todo dispuesto para que sobrino se marchara cuanto antes con una reducida escolta.

—He decidido que no lucharé a tu lado esta noche —le comunicó Isela al medio día—.

Quiero creer en Eduar, insiste en que debe estar en el acantilado y no seré yo quien lo impida.

Es tan testarudo como tú y nada lo hará cambiar de opinión.

—Le dio un beso en los labios a Daraes para acallarlo—.

Algo me dice que tu sobrino es la clave de nuestra victoria, así que no permitiré que te niegues. Iré con él y lo protegeré.

Al final, Daraes no tuvo más opción que rendirse ante Isela, como siempre.

En ese preciso instante, mientras él se preparaba para iniciar la lucha, su sobrino y ella estarían observando los barcos. Esperaba de todo corazón volver junto a ellos.

Percibió el tenue brillo de una llama en medio del mar, fue tan fugaz que no lo habría visto de no tener la vista fija allí.

Era la señal de Sandar para que Daraes lanzara el ataque.

El Dol levantó su brazo y los soldados avanzaron entre las altas rocas.

Los primeros edificios aparecieron enseguida frente a ellos.

Un grupo de dáricos iba delante, dirigiendo sus pasos en la oscuridad.

Dos hajaeks saltaron sobre los centinelas zarefíes y les cortaron la garganta en el más absoluto silencio.

Le impresionó la velocidad de los dáricos.

Estos se abrieron en abanico y desaparecieron ante sus ojos, cayeron sobre los guardias y sus cuerpos quedaron tendidos sobre charcos de sangre.

A Daraes le costaba ver, era una noche sin luna ni estrellas, y no fue hasta que se adentraron en la ciudad que la luz alumbró su camino.

Avanzaron con cautela, alerta ante cualquier movimiento.

Entonces, llegó el turno de su hermano Emir.

Un centenar de saetas surcaron el cielo, silbaron sobre sus cabezas e iluminaron la noche con el fuego violeta que las prendía.

Los dáricos habían usado esparciaras. Parecían estrellas fugaces.

El tiempo se detuvo un instante, hasta que las flechas cayeron sobre el muelle incendiando enseguida la madera y las barcas que se mecían en la orilla.

Los Invasores salieron a toda prisa de los edificios que usaban como alojamiento y se concentraban en la avenida principal.

Daraes y su grupo se precipitaron hacia ellos, sin concederles tiempo a prepararse.

Atacaron sin piedad. Daraes laceró la pierna de uno de ellos en el primer contacto y atravesó el vientre de otro. La sorpresa jugó a su favor.

Los hajaeks se mezclaron entre sus soldados; mientras los hombres atacaban, los dáricos defendían, y luego al revés.

Paso a paso fueron ganando terreno a los zarefíes.

Ni sus armaduras oscuras ni sus máscaras lograban repeler las embestidas de los dáricos o las espadas de los humanos.

Los empujaban hacia el muelle como un mar embravecido.

A esas alturas, Sandar ya debería estar en el barco.

De no ser así, los endómicos habrían usado su poder contra ellos y las bolas de fuego habrían surcado el cielo.

Daraes se agachó para esquivar una lanza enemiga, giró sobre sus pies y clavó la espada en el cuello de un zarefí.

Recibió un corte en la pierna desde atrás.

Al volverse, uno de los hajaeks acababa de dar muerte a su atacante.

Luchar al lado de los dáricos le hacía sentirse como un anciano, ya que eran mucho más veloces y ágiles.

Se abrían paso entre los zarefíes casi sin imprimir esfuerzos en sus ataques, como si estuvieran apartando la maleza de un bosque.

Se sintió sobrecogido, pero no dejó que sus sentidos durmieran, él también tenía que avanzar para dirigir a sus hombres.

La sangre manchaba sus ropas y goteaba por la espada del Dol. Deseaba que la ciudad de Tirian se tiñera de rojo por última vez.

Sandar estaba empapado y el agua caía por la frente.

Los endómicos se preparaban para lanzar sus bolas de fuego hacia el muelle y abrasar el ejército que conducía Daraes.

Los rehenes se acurrucaban en las jaulas y gemían de espanto, sabedores de que ellos eran la energía que usarían esos miserables.

Al menos cincuenta zarefíes formaban en cubierta, como si fueran el escudo para los endómicos.

Sandar silbó imitando al canto de un búho y los hajaeks saltaron sobre los encapuchados pillándolos por sorpresa.

Los degollaron sin ninguna compasión mientras Sandar y los demás atacaban a los Invasores.

Las melenas blancas se los zarefíes se teñían de escarlata y las máscaras caían de sus rostros.

El formidable acero de los dáricos perforaba sin piedad sus armaduras y laceraba sus cuerpos.

Los movimientos de los Invasores eran más lentos y resultaban previsibles para los hajaeks.

En poco tiempo, sus enemigos habían quedado reducidos.

Localizaron dos trampillas y dos grupos de hajaeks corrieron para custodiarlas.

Sandar esquivó a uno de los zarefíes y su espada chocó contra el arma de otro.

Asestó un fuerte golpe a su oponente y el arma resbaló de su mano, momento que el general aprovechó para atravesar su pecho.

Le arrancó la máscara antes de dejarlo caer inerte al suelo.

La gente le rogaba ayuda desde las jaulas, estiraban los brazos hacia él y sus hajaeks.

Una llama se alzó en el cielo desde otra de las naves, una saeta prendida en fuego.

Sandar supo que ese barco ya estaba rendido a ellos.

Entonces, la trampilla más alejada a él se abrió.

Los cuatro endómicos que trataban de salir fueron sorprendidos y degollados por los dáricos.

Sandar suspiró al ver sus cadáveres ensangrentados.

Se dio cuenta de que su mano derecha temblaba y a punto estuvo de soltar la espada.

Lo cierto era que no había confiado del todo en que su estrategia funcionara.

Se dispuso a liberar a los rehenes cuando alguien le gritó que se apartara.

Se giró justo a tiempo de ver como el cuchillo que le lanzaban por la espalda se convertía en una rosa blanca.

La delicada flor cayó a sus pies sobre un charco de sangre.

Sandar se olvidó de la lucha en ese instante; no pudo más que contemplar conmocionado el tallo de espinas.

Se agachó para recoger el capullo y gotas de sangre resbalaron por sus sedosos pétalos.

El general miró hacia el acantilado en el que debía estar Eduar.

Lo imaginó con el ojo pegado al catalejo, observándolo.

Sandar sonrió ante el prodigio que acababa de realizar el pequeño.

No solo era capaz de soñar, podía transformar la realidad, igual que hizo en Calar cuando salvó a Daraes de la flecha.

Era curioso que convirtiera armas en flores, quizás era algo instintivo, pero le generaba mucha curiosidad.

«Es un acto hermoso», se dijo Sandar.

Una a una, las ocho naves lanzaron flechas prendidas en llamas, incluida en la que estaba él.

Miró hacia el zarefí que había arrojado la daga y lo encontró sometido de rodillas por un hajaek.

Sus soldados ataban a los supervivientes, ahora eran ellos los rehenes.

Esperaba que la lucha en el muelle también finalizara con la victoria de Daraes. Recuperar Tirian era solo el comienzo.

El siguiente paso era cumplir la promesa que le hizo a Kishur antes de separarse. Debía negociar con los zarefíes y ayudarlos a sacar a sus familias de Falar-Shan. ¿Sería capaz de lograr su propósito?