Las Avíseas #3
Quiazz se incorporó y, antes de lograr dar siquiera un paso, cayó de rodillas de forma abrupta.
Intentó hablar, pero sus labios se mantuvieron sellados.
Su cuerpo quedó completamente inmóvil y percibió un manto oscuro cernirse sobre él.
Sintió que algo lo arrastraba lejos de allí, y las voces de Ádria y Gastor desaparecieron.
Permaneció solo en medio de un torrente de tinieblas, hasta que la luz atravesó sus párpados y lo obligó a abrir los ojos.
Observó consternado la playa bañada por el sol.
Sabía qué lugar era ese, pues Alhanna le había hablado de él. Se encontraba en el mundo de Hagnak.
El viento arrastró la arena creando remolinos frente a él. Una alta figura apareció a su lado y el joven dio un respingo. Tenía el cabello negro y trenzado, y las pupilas eran dos esferas de plata. Le sorprendió el parecido que guardaba con Kishur.
—¿Por qué estoy aquí? —Quiazz se sintió atrapado por aquellos ojos.
—Necesito que reúnas todo tu valor y me ayudes a evitar la caída de Muriath.
—La voz de Hagnak parecía provenir del mismo mar—.
Debes acompañar a Alhanna en la batalla y entrar con ella en el Vacío.
Sin la presencia de Raehlan para contenerlos, ella y mi padre no pondrán límites a su rabia y a su poder.
No se conformarán con derrotar a los Olvidados.
—Hagnak esbozó una triste sonrisa—. El Dragón está dispuesto a acabar con Muriath, y a Alhanna le falta la determinación para impedirlo.
Se siente perdida sin el dárico gris, tú mismo pudiste comprobarlo.
Por eso te necesito a su lado, para que le recuerdes que hay seres a los que ama y tiene que salvar.
—Pero, ¿por qué el Dragón destruiría nuestro mundo? ¿Qué sería de ti? —No creía que Osharan fuera capaz de sacrificar lo que quedaba de Hagnak—. ¿Y de Akiro?
—Somos hijos de la Oscuridad, nuestra existencia no está ligada a Muriath y prevalecerá aunque este quede reducido a cenizas.
—La contundencia de sus palabras inquietaron a Quiazz—.
Mi padre es creador y destructor de mundos, y te aseguro que la vida de Muriath jamás le ha importado.
Permanece aquí por mí. Y puede que algún día lo haga por ese niño llamado Akiro, pero aún es pronto para darle esa responsabilidad.
—¿Y no puedes traer al Dragón a este lugar? —preguntó con cierta esperanza—. ¿No es posible encerrarlo aquí? Así los Olvidados perderán su objetivo y Muriath ya no temerá que tu padre lo destruya.
—Es imposible. Ya le permití una vez llegar hasta mí y solo logré que arrancara una parte de este mundo para intentar devolverme a la vida.
En esta ocasión seré yo quien vaya hacia él.
—La brisa sacudió su cabello—. Permanece junto a Alhanna, ella te necesitará aunque no sea consciente. Debe entrar en la tormenta, recuérdalo.
—No puedo hacerlo, me pides demasiado. —No era más que un simple mortal.
Hagnak sonrió y la arena bajo los pies de Quiazz comenzó a levantarse. Rodeó su mano izquierda y el joven sintió una repentina calidez entre los dedos machacados.
—Eres el adecuado, daeshing —afirmó Hagnak—. Nunca has temido inclinarte ante otros, y solo aquellos que son capaces de hacerlo verán un día como el mundo se arrodilla a sus pies. No olvides mis palabras.
De nuevo, un manto de penumbra cayó sobre Quiazz y la playa desapareció de golpe.
La voz de Gastor le llegó de forma clara y contundente, el general lo zarandeaba por los hombros.
Las telarañas del cielo brillaban en la noche.
Ádria también estaba allí. Quiazz se puso en pie y alzó la mano para observarla.
Gastor se apartó, sin dar crédito a lo que veía.
El joven movió los dedos con incredulidad y sintió un gran regocijo.
Ya no los tenía deformados, era como si Nactam jamás le hubiera triturado los huesos.
—¿Qué significa daeshing ? —le preguntó al hajaek.
—De forma literal: «el que tiene valor». —Ádria recordó que Halan lo había llamado así durante la reunión y sonrió—. Es un apodo muy apropiado.
Gastor cogió entonces su mano y la revisó con atención.
Tenía muchas preguntas que hacerle, pero no tuvo ocasión.
El suelo tembló ligeramente y las franjas luminosas del cielo se extendieron y un potente haz de luz resplandeció y consumió las nubes que ocultaban los astros nocturnos.
Los hombres se cubrieron las cabezas, como si temieran que el firmamento se precipitara sobre ellos.
Quiazz sintió pinchazos tras los ojos. Al levantar la vista pudieron comprobar qué ocurría.
Las nubes habían desaparecido para dar paso a una especie de tejido formado por hilos oscuros y violáceos.
Gruesas fisuras lo recorrían y una espesa bruma comenzaba a emanar por ellas.
—Ha llegado la hora, la Jistar se ha quebrado —anunció Ádria con pesadumbre.
Era una imagen hermosa y al mismo tiempo aterradora. Aquello que veían era la energía del propio Dragón Negro, la barrera. Y ellos tenían una batalla que librar.