Las Avíseas #2
—Nunca os pediría que los perdonemos, pues yo mismo soy incapaz de hacerlo.
—Quiazz fijó sus verdes pupilas en el mapa—.
Necesitamos la ayuda de los kalastys, tanto si los odiamos como si no.
El dárico gris lo comprendió, imaginó un futuro en el que todas las razas pudiéramos vivir en paz.
Se sacrificó al ir a Alviat para lograr que su gente se uniera a la batalla.
Lo hizo por nuestra salvación. Sé que no será sencillo luchar junto a los seres que nos hicieron semejante daño, y mucho menos aprender a vivir con ellos, pero tanta desgracia debe tener un propósito. ¿No os parece?
El silencio se instaló en la tienda. Quiazz sintió todas las miradas sobre él. Ádria sonreía satisfecho con su discurso y Gastor apretó su hombro con suavidad.
—Será un honor combatir a tu lado, daeshing —afirmó la comandante Halan a la vez que inclinaba la cabeza con respeto.
El joven deseó preguntar qué significaba esa palabra, pero la conversación se reanudó enseguida.
Los hombres mostraron su incomodidad porque alguien tan joven les diera semejante lección, pero se cuidaron de decirlo.
A partir de ese momento, todos estuvieron dispuestos a oír el plan que Gastor y Halan trazarían con kalastys y dragones.
Quiazz no necesitó intervenir de nuevo y una extraña calma se instaló en su corazón.
Quizás al final lograran vencer a los Olvidados, aunque antes debían conseguir que Alhanna llegara al Vacío.
El campamento se encontraba silente, los soldados no tenían ánimos para conversar, ni siquiera con el calor que ofrecían las hogueras.
La comida sabía a cenizas y miraban al cielo con el miedo de que en cualquier momento las llamas los abrasaran.
A Quiazz le atormentaba guardar el secreto sobre el origen de aquella desgracia.
Los nobles se encontraban reunidos en la tienda del general, los que no habían asistido al encuentro con los runnenses querían conocer todos los detalles.
Quiazz ya no aguantaba más sus quejas, así que se levantó de la silla para salir de allí.
Caminó fuera de la carpa, acunado por la oscuridad y las voces amortiguadas de los hombres.
Era de noche y el frío se adhería a su cuerpo como un pesado manto.
La primavera parecía algo inalcanzable. Quiazz vislumbró una silueta a su derecha y se giró de inmediato.
Alhanna lo observaba con aquellos ojos grises, los mismos que tanto tiempo lo habían acompañado en sueños.
Recordó la primera vez que se encontraron a través de la bruma, aún sin saber que sus destinos estaban unidos por Zahel.
La mirada de ella ya no era la misma, desprendía una frialdad que lo hizo estremecerse.
Llevaba el pelo suelto y despeinado, y lucía ropas oscuras de piel.
Una falda abierta por ambos lados dejaba ver el pantalón ajustado.
La espada y la daga colgaban de su cintura.
—Alhanna… —Sintió un irrefrenable deseo de ir hacia ella y abrazarla, pero no lo hizo—. Todos se preguntaban cuando aparecerías, ¿dónde has estado?
—Me alegra ver que te encuentras bien —dijo ella sin responder a su pregunta.
—Faltó poco, pero fuimos afortunados al escapar de ti.
Cuarenta y seis hombres no pueden decir lo mismo, cayeron en el fuego que creaste.
Tendremos que mentir a sus familias cuando volvamos a casa y decirles que murieron luchando.
—Quiazz no pudo contener las palabras—. Comprendo tu dolor, pero… Espero que al menos lo lamentes.
—¿Por qué debería? —Alhanna dio un paso hacia él—. Ahora están en el mundo venidero, algo que Kishur jamás pudo obtener y que yo misma no tengo al alcance.
—No lo dices en serio… —Negó con la cabeza, incrédulo ante lo que oía—.
No comprendo como fuiste capaz de entregarle al Dragón tu libertad a cambio de mi vida y, sin embargo, no lamentar la muerte de esos inocentes.
¿Es que no hay en ti una pizca de humanidad?
¿Tanto te pareces a la temible Khaleria?
Alhanna guardó silencio y no apartó la vista de él ni un solo instante.
Quiazz se mordió el labio inferior para no gritar, pues sabía que era inútil.
Ese día estuvo a punto de acabar con ellos también, los dáricos y él escaparon por muy poco de las llamas.
¿Es que eso tampoco le importaba? Mayara y Ádria abandonaron la tienda en ese momento, ambos debían haber oído sus voces.
—Khaleria hizo bien al abandonar a Hagnak, si poseía tanta bondad, te aseguro que no fue gracias a ella.
—Quiazz fue cruel, pero necesitaba decirlo—.
Me preocupa Akiro, que alguien como tú críe y eduque a un pequeño nacido para juzgar a las razas de Asthaluss y Muriath resulta aterrador.
Eres capaz de oscurecer su inocente corazón.
—¡Cállate! —Alhanna se abalanzó sobre él y lo agarró de la chaqueta.
Sus ojos se anegaron de lágrimas y Quiazz se sintió culpable—.
No me importa lo que pienses de mí, pero no te atrevas a insinuar que debo alejarme de mi hijo.
¡Jamás lo haré! Esta vez no permitiré que nada ni nadie lo aparte de mí.
Ella lo soltó dándole un pequeño empujón y se limpió las lágrimas.
—Akiro necesita a alguien que sepa mostrarle que es el amor y la compasión. Y esa no eres tú. —Quiazz lamentó tener que pronunciar esas palabras.
—¿Cómo puedes decirme algo así? Sabes mejor que nadie lo que Akiro significa para mí. —Quiazz intentó agarrar su brazo, pero ella apartó su mano con brusquedad—. No quiero tenerte cerca.
Se marchó sin darle la oportunidad de hablar y Quiazz se sintió miserable por haber mencionado a Akiro. Claro que sabía cuánto lo amaba Alhanna.
—Iré tras ella e intentaré que se tranquilice —mencionó Mayara pasando por su lado—. Debo informarla del plan que hemos trazado.
Él se quedó a solas con Ádria y, sin ánimo para volver a la tienda con los demás, se sentaron en un montículo de arena.
El hajaek respetó su silencio. ¿Es que los dáricos no estaban furiosos con Alhanna?
Podría haber acabado con ellos, podría haber arrasado el campamento al completo.
Sentía una fuerte presión en el pecho cada vez que reparaba en eso.
Quiazz contempló su mano y se preguntó por qué razón se creía mejor que Alhanna. ¿Qué los diferenciaba en realidad?
—Si hubiera tenido el poder de Alhanna cuando Nactam me hizo esto o la noche en la que asesinó a mi padre, ¿no habría incendiado el bosque para detenerlo?
Asesiné a una chica llamada Val con el cuchillo que me diste, ¿quién soy para juzgarla?
—Intentó encoger los dedos machacados—. No he debido decirle algo tan cruel.
—¿Y qué hiciste con la daga?—preguntó Ádria enarcando una ceja.
—Me deshice de ella. —Quiazz lanzó un largo suspiro, de verdad que necesitaba un descanso—.
Desconozco qué papel tendré en la batalla, sospecho que Gastor tratará de impedirme ir con vosotros.
Y eso me alivia, porque no quiero matar a nadie, la idea de empuñar un arma con ese fin me atormenta. Pensarás que soy un cobarde.
—Creo que cada uno tenemos un papel que desempeñar —dijo con voz serena—, y el tuyo no se encuentra en derramar la sangre de otros.
Si eso era cierto, esperaba descubrir pronto cuál debía ser su cometido, porque quedarse en el campamento no era una opción.
Unas finas líneas de luz comenzaron a dibujarse en el cielo, parecían telarañas que brillaban en la oscuridad.
Quiazz sintió todo el vello de su cuerpo erizado y como el ambiente se volvía un poco más gélido.
Gastor abandonó entonces la tienda, seguido de los nobles.
Uno a uno, los soldados alzaron las miradas para contemplar el asombroso fenómeno. El general acudió a su lado.