El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas
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Las Avíseas

Alguien entró en la tienda y el anciano levantó la vista con hastío.

—¿Qué traes en esa caja? —preguntó Ghiro con la voz cortada.

—Las cenizas de Kishur, creí que te gustaría tenerlas.

—Alhanna se acercó a él y dejó el cofre de madera en la mesa.

Ghiro acarició la suave superficie y asintió—.

Fue despedido como un verdadero rey, es una lástima que no estuvieras allí.

Tu familia se encuentra a salvo, Borat me pidió que te lo dijera.

Ojalá pudiera llevarte a casa, pero si vuelves a cruzar una brecha…

—No lo soportaría, percibo el poco lanfe que me queda —dijo con cansancio.

—Ha sido un viaje muy largo, ¿verdad? —Alhanna lo abrazó por detrás y apoyó la barbilla en la cabeza del anciano—. Pero eres afortunado, porque te reunirás con ellos. Sin embargo, yo jamás volveré a verlos. Espero que les digas cuanto los quise.

Ghiro sonrió y agarró las manos de Alhanna, las tenía muy cálidas. Ella contuvo las lágrimas, no quería derrumbarse de nuevo. Sonrió al pensar en que, algún día, todos sus amigos estarían juntos en el mundo venidero. Deseaba que así fuera.

Se reunieron por la tarde con la comandante Halan y un nutrido grupo de hajaeks.

Gastor y Quiazz acudieron al encuentro junto a diez nobles que Candor había escogido.

Debían ser cautelosos porque aún desconocían si los runnenses continuaban en la lucha.

Ádria y Mayara acompañaban a los humanos para que pudieran mediar entre los dáricos y ellos.

Las dunas de arena los rodeaban, y podían oír el rugido del mar a pesar de no verlo.

Las montañas Avíseas se perfilaban frente a ellos, cubriendo de oscuridad el atardecer.

Halan lucía su armadura como una segunda piel y escrutó con sus negras pupilas a cada uno de los hombres, percibiendo su incomodidad.

Eso la hizo sonreír. Sabía que estaban preocupados por la muerte del dárico gris.

Permitió que Mayara se encargara de las presentaciones oportunas y la comandante los invitó a su tienda.

Se posicionaron alrededor de la mesa ovalada sobre la que descansaba un mapa de las Avíseas.

—Os inquieta que faltemos a nuestra palabra y ya deberíais saber que siempre la cumplimos —comentó ella a bocajarro—. Cuanto antes lo aclaremos, mejor.

—Discúlpanos por dudar, pero llegar hasta aquí ha resultado difícil y temíamos que al final no sirviera de nada —intervino Quiazz, apoyando las manos en la mesa—.

A todos nos ha conmocionado la muerte del dárico gris, tuve la fortuna de viajar a su lado durante el invierno y aún creo que va a aparecer en cualquier momento.

Prescindir de su apoyo nos hizo pensar que su intención de unirnos para luchar no siguiera adelante.

Quiazz le mantuvo la mirada a la comandante, en su rostro no percibió nada.

—La que no parece demasiado comprometida con nuestra causa es la endómica. —Halan giró el rostro hacia Mayara—. ¿Dónde se encuentra? Creí que acudiría hoy.

—Volverá pronto —afirmó Mayara con las manos cruzadas en la espalda.

Halan aceptó sus palabras solo porque las había pronunciado ella.

En realidad, ninguno sabía dónde se encontraba la joven.

Quiazz ya no sentía su unión con Alhanna, esta había desaparecido junto con Zahel.

Le atormentaba no conocer su paradero, y al mismo tiempo temía su regreso.

Aunque aparentaran cierta normalidad frente a Halan, lo cierto era que aún no se habían recuperado del todo de la destrucción causada por el poder de la joven.

Las pérdidas materiales y humanas eran numerosas.

Pero ella seguía siendo su única esperanza, más ahora que Kishur no estaba.

—Cinco mil kalastys se apostan frente a los túneles que conducen a Talahom.

—Halan señaló el punto exacto—. Los hemos vigilado durante semanas y no responden a ningún estímulo, parecen simples estatuas.

Me negué a que mis hajaeks se acercaran a ellos por temor a que el Olvidado capturara sus mentes.

Por lo que pudimos averiguar mientras traían a los últimos kalastys, debe estar cerca de su presa para conseguirlo.

Por esa razón solo podremos actuar cuando tengamos la certeza de que está en el Vacío.

—¿Y cómo lo sabremos? —preguntó Gastor.

—Esperaba que la endómica nos lo dijera. —Aquello pareció un reproche.

—¿Crees que tenemos posibilidad de ganar a los kalastys?

—preguntó Gastor de pronto, poniendo en sus labios la pregunta que los nobles se hacían—.

Traemos a ocho mil hombres con nosotros, aunque una tercera parte apenas sabe luchar.

Con vosotros, formamos un ejército de doce mil soldados. Los duplicamos en número.

—Y no seremos suficientes, te lo aseguro —dijo Halan con la barbilla alzada y el rostro inmutable—.

Esos seres ya no padecen dolor ni miedo, no dudarán en el campo de batalla y las heridas que podamos infligirles no los debilitarán.

Son marionetas. No se agotarán como nosotros, ni caerán ante un tajo en el vientre.

Seguirán luchando hasta que no quede nada de ellos y para entonces, habremos perdido.

Sus palabras golpearon a los hombres con fuerza, y la duda comenzó a invadir sus corazones. Halan pudo verlo en sus ojos; la mitad de ellos deseaba volver a casa.

—Alhanna se encargará del Olvidado, nuestro papel es concederle tiempo. —La voz de Quiazz atrajo todas las miradas—. Cuando lo venza, liberará a los kalastys. Quizá debamos procurar esquivarlos, y no solo buscar ocasionarles heridas.

—Nos centraremos en cortar cabezas y extremidades para detenerlos y, cuando no sea posible, los esquivaremos como ha recomendado el joven.

—Halan observó a Quiazz con interés—. De otro modo solo conseguiremos desperdiciar esfuerzos y nos agotaremos enseguida.

—Tamborileó con los dedos sobre la madera y luego se irguió.

Tenía algo importante que decir—. Aún nos queda el mayor problema de todos: los dragones grises.

Logramos contar a veintiséis antes de que se ocultaran en la montaña.

Gastor se limpió el sudor de la frente. El desánimo volvió a sacudirlos, no se habían olvidado de las criaturas, pero pensar en ellas les robaba la poca confianza.

Ya habían comprobado de lo que eran capaces, de su poder de destrucción.

No podrían hacerles frente con doce mil soldados, ni siquiera con el doble.

—Me hicieron llegar una carta del dárico gris, con gusto os dejaré revisarla más tarde.

La trajo Rhiot, el general de los kalastys —anunció Halan de pronto.

Mayara y Ádria la observaron con sorpresa ante la mención de su señor—.

Se ofrece a combatir a nuestro lado junto a los pocos soldados que quedaron libres del Olvidado.

Y, además, cuenta con una docena de dragones dispuestos a matar a sus hermanos antes que dejarlos bajo el control de esa maldita criatura.

El dárico gris pedía en la misiva que aceptáramos su ayuda, pues la creía fundamental.

No solo para vencer, si no para asentar el futuro una vez termine la guerra.

—¿Futuro con esos miserables? —Uno de los nobles golpeó la mesa—. ¡Nunca!

Los hombres alzaron sus voces para discutirlo. Halan ni siquiera lograba oír con claridad lo que decían, tal era el barullo de gritos y maldiciones. Permitió que asimilaran la noticia, ya sabía que no iba a resultarles sencillo. Para los dáricos tampoco lo era.

—¡Ya basta! —gritó Gastor, acallando a los demás—. Necesitamos toda la ayuda posible, en esta guerra no nos jugamos un maldito territorio, no se trata de una disputa familiar, ¡es nuestra existencia! Debemos dejar a un lado nuestro rencor.

Gastor y Candor se miraron un momento; Halan supo que escondían algo.

—Lumiatz vino a vernos —le susurró Mayara a la comandante—. Nos dijo que lucharía en el Vacío, pero creímos que era mejor ocultarlo por si nos mintió.

—Qué maldita locura… —masculló la comandante entre dientes.

El actual líder de la familia Hal intervino para recordarles las atrocidades que los kalastys habían cometido en el Norte.

El tío de Shudei fue concienzudo, aún quedaban pueblos como Neca convertidos en poco más que ruinas.

La tierra de aquellos parajes se alimentaba de cadáveres.

Las heridas aún sangraban, era imposible olvidar.

—Es cierto. En su viaje desde Eralan hacia las Avíseas, los kalastys sembraron el terror y los caminos se anegaron de sangre.

Fui testigo de ello —Quiazz habló con mesura, no necesitó gritar pues todos prestaron atención—.

Luego, arrasaron Sílfhades y masacraron a toda su población en una sola noche, y casi destruyen Marial-Pat.

Los dáricos también han sufrido grades pérdidas.

Tenemos derecho a odiarlos. Sin embargo, esto me lo hizo un humano, no un kalasty.

—Levantó la mano destrozada para que todos la vieran—.

No somos mejores que ellos, solo fuimos un poco más afortunados en el pasado.

Ninguno de los que estamos aquí hemos tenido que sobrevivir en tierras donde la nieve sepulta los hogares, o donde la lluvia quema la piel y cualquier rastro de vida.

No hemos padecido hambruna, ni hemos visto morir a niños por enfermedades que en otro lugar no se habrían producido.

Todos nosotros nacimos con privilegios y nunca nos ha preocupado compartirlos con los demás, aunque viéramos sufrir a otros humanos.

Es fácil odiar, es lo que mejor se nos da.

El joven miró a los hombres con severidad. Ninguno osó discutir con él, aunque algunos habían enrojecido de rabia ante sus palabras.