El Vacío
Los treinta demonios del general Jael traídos por su hermano Fenador estaban en posición y custodiaban la entrada.
Parecían estatuas, formando tres infranqueables filas.
Jaeglar caminó entre ellos, esquivándolos con desagrado; no deseaba tocarlos.
Miraban hacia las puertas con aquellas pupilas blanquecinas, algunos gusanos asomaban por sus bocas y narices o se enroscaban sobre la piel.
El Jakar y el Niño se encontraban junto a las raíces del Qad’has, sus manos rozaban la madera y absorbían la energía.
El árbol también enfermaba. Fenador descendió de la plataforma para recibirlo.
El techo del recinto estaba cubierto de grietas que creaban una gruesa telaraña. Muy pronto se haría añicos y ese sería el comienzo de la caída de la Jistar.
—El dárico gris ha muerto —les informó Jaeglar.
Los tres se mostraron perplejos ante la noticia y se abstuvieron de celebrarlo en su presencia, aunque el Niño esbozó una sonrisa de oreja a oreja. El Orfebre negó furioso.
—Ya poco importa, ha puesto en marcha a un ejército que supera al nuestro, ha conseguido unir a todas las razas mortales —expuso Jaeglar casi con orgullo.
Miró a Fenador—. Incluso a los dragones grises que escaparon de ti.
Y Alhanna está dispuesta a luchar contra nosotros, más ahora que obtuvo el poder de Zahel. Fracasamos con ella por culpa del eldo.
—Debimos matar a la chica —murmuró el Niño con rabia.
—¿Y el Dragón Negro? ¿Qué hará? —El Jakar se alejó del árbol un poco.
—Vendrá. Hagnak lo está conduciendo hacia aquí y parece que ni el propio Osharan sabe qué esperar, si se ha unido a nosotros o no.
—Jaeglar sonrió y se encogió de hombros—.
Espié su conversación con Alhanna, y me hace dudar de si dejó que lo hiciera con algún propósito o si la muerte del dárico lo tenía distraído.
Lo cierto es que Hagnak quizá intervenga, sea del modo que sea.
—Eso nos facilita las cosas —comentó el Jakar con esperanza.
—Es difícil saberlo, lo que conozco de Hagnak me dice que jamás traicionaría a su padre, aunque lo que queda de él no es más que una sombra. —El Orfebre cerró los ojos un instante, hablar de él siempre le causaba dolor—. En cualquier caso, no podemos confiarnos, debemos estar más alertas que nunca.
Percibió la intranquilidad de sus hermanos. Estaban dispuestos a enfrentarse al maldito Dragón hasta las últimas consecuencias, pero Hagnak los ponía nerviosos. ¿Y si decidía arrastrarlos a su mundo? ¿Tendrían ellos el poder necesario para rechazarlo?
—Creo que ya es el momento, no debemos demorarlo más o nuestros enemigos tomarán ventaja. Hagamos que la Jistar caiga de una vez —anunció Jaeglar y Fenador le dedicó un silbido de pura emoción al oírlo—. Agitemos el mundo.