El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Óleas
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Las Óleas

El kalasty observó el Hicama, el cauce era estrecho en aquella zona.

Se preguntó si los suyos volverían a navegar por él algún día.

Su esperanza menguaba, los soldados que fueron apresados llevaban demasiado tiempo bajo el control de Fenador.

¿Volverían a la normalidad una vez los liberaran?

¿O morirían sin su titiritero? Él era su general, y debería haberlos protegido.

Cinco mil kalastys condenados por el Olvidado y cientos de familias atrapadas en la montaña de Grae en las Avíseas.

Percibió una fuerte corriente de aire y se incorporó de inmediato. Drafgaen dejó de comer y olfateó a su alrededor. Lumiatz apareció de pronto entre ellos dos, ataviada con un vestido color carmesí. Sus ojos azules refulgían con furia.

—¿No habéis perdido ya demasiado tiempo? —les increpó la dama.

—He de llevar una carta a la comandante Halan de Runna. —Rhiot se palmeó la chaqueta dónde guardaba el papel escrito por el dárico—. Pero me temo que Drafgaen y yo estamos agotados.

—Sois unos inútiles —dijo ella alzando el brazo y creando una abertura capaz de tragarse al dragón gris—. Vamos, acompañadme.

Rhiot y Drafgaen no lo dudaron ni un instante y cruzaron la puerta detrás de ella.

El frío se adhirió al cuerpo del kalasty un breve momento, igual que un manto de agua helada.

Al otro lado los esperaba el desierto de Runna.

El sol apenas brillaba allí, tapado por una espesa niebla.

Las Avíseas se perfilaban a poca distancia.

Rhiot caminó junto a la dama roja. Al principio creyó que estaban rodeados de dunas de arena, hasta que estas se agitaron y casi un centenar de dáricos salió de ellas.

Eran tiendas, se encontraban en medio del campamento de los runnenses.

Los dáricos enarbolaron sus armas. Cuando el dragón hizo su aparición se apartaron un poco de ellos y los observaron con asombro.

La criatura se recostó contra la arena y cerró los ojos como si fuera a echarse una larga siesta. Eso tranquilizó a los hajaeks.

Todos reconocieron a Lumiatz; era inevitable, pues emitía un aura poderosa y sus pupilas azules ejercían una extraña influencia sobre ellos.

Le dedicaron una reverencia, más por costumbre que por verdadera devoción.

Al fin y al cabo, ella era la responsable de la destrucción de su hogar.

La dama roja ya no era su diosa, sino su enemiga.

Ella sonrió, la situación parecía divertirla.

Después, le lanzó una mirada indescifrable al joven y se marchó deshaciendo su cuerpo.

La maldijo por dejarlos allí de ese modo.

Rhiot notó las hoscas miradas sobre él, los hajaeks volvieron a alzar sus armas. Leían su mente y le causaban un gran malestar. Sacó entonces la hoja de papel y la levantó sobre su cabeza.

—¡Traigo una carta del dárico gris! —gritó a pleno pulmón—. ¡Para Halan!

Los hajaeks parecieron aturdidos ante la mención de Kishur.

Tardaron un rato en trasladar el mensaje de unos a otros y, en poco tiempo, comenzaron a apartarse para dar paso a su comandante.

Rhiot imaginó que se trataba de Halan. Lucía su armadura de oro y portaba una larga lanza en la mano derecha. El kalasty notó su desprecio al verlo.

—¿Qué trae hasta aquí a los responsables de tanta destrucción? —Su voz acalló los murmullos de los demás. Observó a Drafgaen y luego a Rhiot—. Aseguras traer una carta del dárico gris, ¿y debo creer su veracidad?

—Compruébalo tú misma —fue cuanto dijo Rhiot antes de acercarle el papel.

Halan leyó con calma y el rostro pétreo.

Rhiot ignoraba qué decía la carta, pues había sido escrita en dárico.

En alguna ocasión había pensado que podía tratarse de una trampa, y estaba a punto de averiguarlo.

La comandante se limpió el sudor de la frente y bajó el papel para mirarlo con el ceño fruncido.

—Tuve ocasión de ver documentos escritos y firmados por él y puedo asegurar que esta misiva lleva su letra y su sello.

—Halan le tendió el comunicado a un hajaek—.

Traes contigo su última voluntad, haremos honor a ella y espero no arrepentirme.

Más os vale, no traicionar la confianza que el dárico gris puso en vosotros.

—¿Última voluntad? —preguntó Rhiot desconcertado. Drafgaen abrió los ojos.

—Ha muerto —le informó Halan al percatarse de la ignorancia del kalasty.

El dragón se incorporó, lanzó un graznido enfurecido que dañó los oídos de los dáricos y agitó la cabeza como si miles de abejas zumbaran a su alrededor.

—No lo sabíamos, nos encontramos con él en el Bontar. Entonces, las promesas que me hizo nunca verán la luz —lamentó el kalasty con los puños cerrados—. Dijo que nos ayudaría a encontrar un hogar cuando la guerra terminara, que nos perdonaría.

—Y eso dice su carta. Si cumplís con vuestra parte, nosotros nos aseguraremos de llevar a cabo el deseo de nuestro señor. —Halan recuperó la misiva y volvió a leerla.

Rhiot dejó escapar el aire que había retenido y endureció la mirada para ocultar su debilidad.

Estar rodeado de tantos dáricos lo perturbaba, en ese momento ni siquiera era capaz de canalizar su odio hacia ellos.

Su pueblo se encontraba en las manos de los runnenses.

Drafgaen gimoteó un poco más y luego volvió a cerrar los ojos. Estaba realmente agotado.

—Vayamos a mi tienda y hablemos. Mis hajaeks se encargarán de traer agua al dragón —le dijo Halan en un tono más conciliador—. Nos queda poco tiempo.

Aceptó de buena gana. Ahora solo quedaba que los humanos también accedieran a su intervención.

Con ellos sería más difícil, pues habían perdido miles de vidas.

A Rhiot no le importaba su resentimiento ni su odio, podía vivir con eso.

Su objetivo era lograr un futuro para las familias que habían abandonado el destierro de Eralan para vivir bajo las inclemencias de las Avíseas.

Dirigió un momento la vista hacia las montañas, ¿sería capaz de ofrecerles lo que tanto ansiaban?