Tirian
Al menos, lucharían para salvar a los humanos. Si iban a desaparecer del mundo, era su obligación ayudar a que este se convirtiera en un lugar mejor para las otras razas.
Escuchó los pasos que se dirigían hacia él y supo enseguida que se trataba de Daraes. Llegaba acompañado de su prometida y de Eduar. El niño le sonrió con ternura y Sandar le dio el catalejo para que se entretuviera.
—Estás preocupado por el futuro de tu gente, piensas que cogeremos nuestras naves y volveremos a casa —le dijo Sandar alzando una ceja—. No nos subestimes.
—¿Te sorprende que lo haga? En tu situación, creo que conduciría a los míos de regreso al hogar. ¿Para qué luchar si se nos ha negado un futuro? —Daraes clavó en él sus pupilas azules—. Que aun así permanezcáis aquí os honra. Sin duda, tenemos mucho que aprender de vosotros.
Sandar no estaba tan seguro de cuanto decía, no imaginaba al Dol huyendo tras haber dado su palabra.
En pocos días atacarían a los zarefíes, se estaban preparando para ello.
Primero, se encargarían de las naves, puesto que eran el verdadero peligro.
Sandar había trazado un plan para llegar hasta ellas durante la noche.
Los dáricos usarían su ventaja de ver en la oscuridad y se acercarían en barcas a la vez que Daraes creaba una distracción en el muelle.
Al parecer, los endómicos permanecían en los barcos y no bajaban en ningún momento.
Sandar y sus hajaek acabarían con ellos antes de darles la oportunidad de usar la endomia.
El único inconveniente era liberar a los rehenes sin que sufrieran daño alguno.
Era la parte más difícil de su cometido, salvar a tanta gente como les fuera posible, tanto de las espadas como de los endómicos.
Eduar cayó de rodillas con el rostro ceniciento y sus dedos soltaron el catalejo que rodó hasta los pies de Sandar.
Los ojos del niño quedaron fijos en algún punto de la ciudad, aunque su mente parecía estar lejos de allí.
Daraes lo sacudió por los hombros con suavidad, pero Eduar no reaccionó.
Isela lo observó con preocupación. Sandar tomó el objeto del suelo y se fijó en que uno de los cristales se había roto.
—Despierta, Eduar —le pidió Isela sorprendiendo al dárico, pues no le parecía que el niño durmiera—. Sal de esa visión y regresa con nosotros.
Isela hablaba con calma y Sandar ya imaginaba que debía estar acostumbrada a sacar a Eduar de sus trances. El niño tembló ligeramente y parpadeó al fin. Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa y miró al runnense con temor.
—He visto como morías —comenzó a decir Eduar con un hilo de voz—.
Había una batalla en Tirian, el muelle estaba en llamas y también algunos edificios.
Tú estabas en uno de los barcos. Te encontrabas rodeado de sangre y tenías el cuerpo de un Invasor al lado.
Creo que lo habías matado tú. Oí muchos gritos y gente que lloraba.
—Eduar se llevó las manos a las orejas—.
Ya no quedaban Invasores con vida, así que fuiste a abrir las jaulas para sacar a los rehenes.
Pero dos endómicos aparecieron en cubierta desde una trampilla, crearon dos bolas de fuego gigantes con las almas de esas personas y de los hajaeks.
Solo quedaste tú. Luego, hicieron estallar la nave y el fuego…
El niño calló de pronto y sollozó angustiado.
Isela lo abrazó para que se calmara. Sandar no necesitaba conocer el final de aquella visión, ya podía intuir que las llamas acababan con su vida.
Daraes y él se miraron un momento, sorprendidos por la capacidad de Eduar que era capaz de tener sueños estando despierto.
—No puedes subir a ese barco, ni enviar a tus hajaeks a abordar las otras naves —dijo el hombre desviando la mirada hacia el muelle.
—Claro que lo haré. Ahora sé que debemos vigilar esa trampilla y acabar con los endómicos en cuanto saquen la cabeza por ella. —Sandar sonrió con resignación.
Gracias a la advertencia del niño evitaría semejante fracaso, aunque puede que la muerte le llegara de otro modo, no podía descartarlo. Fuera como fuere, subiría al barco.