Epílogo
L a gente abarrotaba la posada para oír las historias del anciano.
Llevaba días regalando sus cuentos a cambio de comida y vino, aprovechando que celebraban la recolección de las cosechas y la llegada del otoño.
Las calles de Jarla-Neva bullían con la presencia de comerciantes y artistas venidos de todos los rincones de Muriath.
Muchos peregrinaban solo para ver la estatua de casi cuatro metros que presidía la plaza principal y que poseía una imagen fidedigna del dárico gris.
El rey Quiazz había pedido su fabricación para así rendirle homenaje a uno de los mayores héroes de su historia.
Jarla-Neva había ganado la pugna al presentar un proyecto tan perfecto y ambicioso.
—¿Quieres saber algo curioso? —preguntó el anciano al camarero que le ofrecía un poco más de vino.
Señaló la estatua que se apreciaba a través del amplio ventanal— Un joven de Górgora llamado Riaku soñó con la escultura hace mucho tiempo.
Y frente a ella vio al monarca sustentando la corona en su cabeza. ¿No te parece impresionante?
—Todos conocemos esa historia, será mejor que narres algo nuevo —le increpó.
Shanarás rumió una maldición y luego saboreó el vino con deleite.
Las nuevas generaciones de mortales no lo respetaban lo suficiente.
Parecían haberse olvidado de la amenaza que representaba el mundo inmortal.
«Pues pronto caerá la Jistar y entonces no volverán a hablarme de ese modo», reflexionó complacido.
Contempló la imagen en bronce de Kishur, era verdad que poseía casi con total exactitud sus rasgos.
Y también su porte. La gente solía arrodillarse a sus pies y miraba absorta la severidad de su mirada.
Shanarás aprovechaba la pasión que sentía el pueblo humano por el dárico para relatar historias a conveniencia.
Era divertido. De hecho, iba a comenzar una nueva, ya la había pensado.
Se aclaró la voz para atraer la atención de la gente, pero entonces sintió una fuerte punzada en el pecho.
Percibió una extraña fuerza constriñendo su garganta y que inmovilizaba sus extremidades.
El mundo quedó completamente paralizado, el silencio apabullante lo agobió.
En la mesa que se encontraba junto a la chimenea localizó a dos encapuchados en los que no había reparado antes.
La chica dejaba escapar su largo cabello rubio por la tela y su acompañante se ponía en pie con parsimonia.
Shanarás reconoció enseguida el color de sus ojos, eran como la plata fundida.
Se bajó la capucha y mostró sus elegantes rasgos y el negro cabello que llevaba anudado en una cinta. Era Akiro.
—¿Has detenido el tiempo solo para los mortales? —logró preguntar Shanarás.
—Pensé que de ese modo resultaría más sencillo.
Dime, Shanarás, ¿no te cansas de inventar historias sobre el dárico gris?
—El joven le quitó el sombrero y comenzó a darle vueltas ante la mirada atenta de Shanarás—.
Deberías ir al otro lado como mi padre ordenó.
¿Cuántas veces piensas desobedecerlo? Hasta Lumiatz lo comprendió.
—Los inmortales me aburren, a ellos no les interesa mis cuentos. —Shanarás no podía moverse para recuperar el sombrero—. Te pido que lo entiendas.
—Mi acompañante detesta que hablen de su padre, sobre todo, si es para mentir.
He venido a impedir que manipules de nuevo la historia.
—Colocó la prenda en la cabeza del anciano y acercó su rostro al suyo—.
Te prohíbo mencionar de nuevo al dárico gris y te ordeno que te marches de inmediato al otro lado.
Trivaz te espera para dejar que cruces la Jistar.
Si piensas que puedes escabullirte otra vez e ignorar mi orden, aprenderás por las malas que nunca debes subestimarme.
Shanarás no lo puso en duda, tal era la oscuridad que podía apreciar en los ojos de Akiro.
Le recordaba demasiado a Hagnak. Quiso decirle que obedecería, pero su voz no lograba pronunciar semejantes palabras.
Miró a la chica que observaba la escena en completo silencio.
Creyó ver una sonrisa satisfecha en sus labios.
El dios se enfureció al verlo, ¿quiénes se creían que eran para atemorizarlo de ese modo?
—Es curioso que nunca uses tú verdadero nombre, Lándarhos. ¿Tanto lo temes? —Sonrió ante el rostro perplejo de Akiro— Otro mundo te reclama desde hace tiempo, Asthaluss te persigue incluso en sueños. ¿Cuánto más lograrás eludirlo?
—Hasta que me canse y le permita a mi padre destruirlo. —Sus palabras sonaron igual que una sentencia de muerte.
Akiro le ofreció una hosca mirada antes de alejarse de él.
Shanarás no lo dudó ni un instante, se marcharía enseguida.
¿Quién se atrevería a enfrentar al nuevo Juez?
Él no desde luego. Mientras la posada recuperaba la normalidad, Akiro y su acompañante se convirtieron en meras sombras.
Shanarás se colocó bien el sombrero y salió del edificio.
Sus historias habían terminado.