Alviat #2
Los asistentes formaban una media luna, lo que dejaba una enorme distancia con el altar. Las esferas de luz danzaban inquietas en las manos de los infantes como si fueran luciérnagas.
—Estuve escribiendo una canción, en ella quise expresar lo felices que seríamos al formar una familia.
—Litzzia se llevó las manos al vientre y una lágrima rodó por su mejilla—.
Me prometió que la cantaríamos juntos y puse todo mi corazón en la letra.
Era una vana ilusión, ya debería haber imaginado que no tendríamos ningún futuro.
Alhanna apretó su mano, incapaz de ofrecerle consuelo con palabras.
—La he terminado esta noche —mencionó Litzzia.
Les llegó el turno a ellos para despedirse de Kishur.
Litzzia soltó a Alhanna y se apoyó en su hermano.
Alhanna aguardó abajo y la observó caminar con paso vacilante, caer de rodillas sobre la plataforma, llorar con angustia abrazada a sí misma.
Borat tuvo que acudir para ayudarla a bajar de allí.
Ella se mantuvo serena, dejando que la melodía de los dáricos calmara su corazón.
Sus voces le recordaban al canto de las aves, a la brisa cálida en primavera, a la arena de la playa arrastrada por el viento.
Alhanna subió despacio, reteniendo el aire en sus pulmones.
No estaba lista para decirle adiós. Su mente se encontraba dividida en dos, la parte que mantenía recuerdos de su vida como Khaleria y la que continuaba siendo solo Alhanna.
Y esta última amaba al dárico con todo su corazón y era incapaz de asimilar que no volvería a verlo.
Sollozó ante el cuerpo de Kishur. Sus ropas eran muy elegantes, la chaqueta larga y negra tenía los filos bordados de plata.
Su espada descansaba a su lado y la corona sobre su pecho.
Alhanna deseó cogerla y lanzarla lejos de él.
Rozó con las puntas de los dedos la máscara y la apartó con delicadeza para ver una última vez su rostro.
Kishur mostraba una paz que la conmovió, la muerte parecía haberle concedido el descanso que tanto ansiaba.
Alhanna se inclinó sobre él y le dio un beso en los labios.
Los sintió helados y las lágrimas brotaron de sus ojos cargadas de un profundo dolor que parecía quemar sus entrañas.
—Adiós, Kishur —susurró sin aire antes de volver a ocultar su rostro.
Alhanna bajó de la pira con el corazón hecho trizas, había sido la última en despedirse.
Borat la esperaba para ofrecerle una de las antorchas.
Al parecer, sería ella la encargada de prender la madera.
La rechazó ante la sorpresa del general y los asistentes.
La joven caminó hacia el centro de aquella media luna y se encaró hacia el altar.
Trazó en el aire una curva con su mano derecha y apareció entre sus dedos un arco formado de llamas grises.
El viento sacudió su pelo y le echó la capa hacia atrás.
Alhanna dibujó una flecha y la acercó a su rostro que quedó iluminado por el fuego.
Creyó sentir a Kishur junto a ella, pidiéndole que enderezara la espalda y se concentrara en la diana.
La melodía de los dáricos se detuvo y la voz hermosa de Litzzia los reemplazó.
Alhanna no comprendía el idioma dárico, pero percibió que la runnense cantaba la letra que había terminado esa misma noche.
Desvió un instante la vista hacia ella y abrió los ojos por la sorpresa cuando vio el halo plateado que rodeaba a Litzzia, igual que si fuera un manto protector.
¿Era Kishur? No podía garantizarlo, pero así lo sintió.
Alhanna se mordió el labio inferior para retener el llanto. Contempló el féretro y soltó la flecha.
La madera prendió al instante y el fuego gris ascendió y desgajó la espesa bruma que enturbiaba el cielo. Alhanna hizo desaparecer el arco mientras lloraba.
—No debí ayudarlo a salir de aquella celda —dijo una voz conocida a su lado.
Era Jaeglar. Alhanna ni siquiera se apartó de él, sus ojos mostraban una inmensa pena.
Lo comprendió, al fin y al cabo, había sido su maestro en cada una de las vidas de Kishur.
«Aún nos queda liberar el lanfe de Hagnak», dijo el Orfebre en su mente, como si temiera que alguien oyera sus palabras.
Alhanna cerró los ojos y asintió despacio.
Cuando levantó los párpados, se encontró con el rostro de Borat.
No había rastro de Jaeglar y lo más probable es que solo ella lo hubiera visto.
Litzzia guardó silencio en ese momento y su hermano acudió junto a la joven para abrazarla.
Aquel halo gris ya había desaparecido. Alhanna contempló al general con rencor.
—En unos días partiré hacia Marial-Pat acompañado de dos mil hajaeks —dijo el general—, y enviaré otro destacamento al Norte para ayudar a los humanos.
Es la razón que trajo de vuelta al dárico gris, conseguir que Alviat ofreciera su apoyo.
Honraremos su palabra. Espero descubrir quién era en realidad y todos los secretos que guardaba. El Dragón Negro afirmó que era su hijo.
—Litzzia podrá contaros toda la verdad sobre Kishur. Más os vale protegerla. —La joven sintió una extraña inquietud de pronto.
Alhanna se marchó sin despedirse, no deseaba hacerlo.
El fuego aún devoraba la madera y el féretro.
Caminó sin detenerse mientras los dáricos se hacían a un lado para dejarla pasar.
No sabía bien hacia dónde ir. Las esferas de luz comenzaron a marearla, danzaban a su alrededor y saltaban de un lado a otro.
Abandonó la planicie y atravesó otro arco de piedra.
Una extraña fuerza la impulsaba a tomar ese camino.
Subió por otra de las cimas. Un viejo olivo presidía la cumbre, rodeado de hierba alta.
Desde allí podía contemplarse el lugar de la ceremonia. Las llamas trataban de tocar las nubes.
Había alguien allí, con la vista fija en el horizonte. Era Osharan.
El Dragón mantenía su forma dárica de alas negras y las plumas se mecían con el aire. No se giró cuando ella llegó a su lado. Deseó conocer sus pensamientos, saber cómo se sentía, pero era algo imposible. Su rostro atemporal no reflejaba nada.
—Sigo sin comprenderlo —dijo el Dragón—. Me dijo que al morir quería ir al mundo venidero. ¿Por qué ansiaba algo así?
—¿Por qué deseabas mantenerlo a tu lado? —Él la miró, pero no contestó—. Los dos teníais la misma razón, aunque tú no la entiendas. Por amor, Osharan. Puede que no lo sepas, pero es lo que sentías por Hagnak. Su cariño hizo que te quedaras en Muriath.
No hubo respuesta. Contemplaron como las llamas se extinguían.
—Debes dejar que Hagnak vaya al mundo venidero, es la única forma de que descanse en paz —le pidió Alhanna con esperanza—. Ya ha sufrido suficiente.
—No puedo hacerlo, no permite que encuentre su mundo —se sinceró Osharan y ella pudo percibir cierto tormento en su voz—.
Siempre que intento localizarlo, su señal me conduce al Vacío.
Sabe que lo estoy buscando y trata de llevarme hasta allí, pero las puertas están cerradas por los Olvidados, si las destruyo la Jistar caerá al instante.
—¿Es posible que Hagnak los esté ayudando? —preguntó ella con temor.
—Lo averiguaremos pronto, cuando vayas a luchar al Vacío. —Sus pupilas rojas la escrutaron con frialdad—. Combatirás en lugar del dárico, y yo te acompañaré.
Aquello la sorprendió. ¿De verdad iría Osharan allí?
Eso era lo que querían los Olvidados, que el Dragón entrara en el Vacío para poder doblegarlo entre las raíces del Qad’has y alimentarse de su energía.
Alhanna lo comprendió al instante: Osharan estaba dispuesto a rendirse ante ellos si era Hagnak quien así lo requería.
Ojalá se equivocara y el Dragón tuviera otros planes.
Tuvo miedo de preguntarlo así que guardó silencio.
Alhanna observó a los cientos de dáricos que seguían inmóviles ante las exiguas llamas.
Percibió como Osharan desaparecía y cerró los ojos con pesar.
¿Había decidido Hagnak apoyar a los Olvidados?
Decidió no volver a reparar en ello, ya tendría tiempo de confirmarlo.
Se arrebujó en la capa cuando el viento arreció.
Pensó en Kishur, ¿dónde estaría? ¿Habría desaparecido su conciencia al unirse a Hagnak?
Nada volvería a ser igual tras su muerte. Odiaba un mundo sin él.