Alviat
Los soldados zarefíes que quedaban con vida estaban bajo custodia, al igual que los escáreas y su comandante. El general aún no sabía qué hacer con ellos.
Borat rememoraba una y otra vez los acontecimientos de la noche anterior, y se preguntaba de qué forma hubiera podido evitar lo sucedido.
Observó los rostros cansados de los hajaeks que se encontraban cerca de él, más de un centenar se resistía a marcharse de allí.
La culpa pesaba sobre todos ellos. Cada vez que cerraba los ojos, Borat veía la mirada que Kishur le había dedicado antes de entrar en la sala del trono.
Baen llegó hasta él, lucía profundas ojeras por la falta de sueño.
—¿Se encuentra mejor Litzzia? —Borat estaba realmente preocupado por ella.
—No, la verdad. Se pasa el tiempo llorando y apenas prueba la comida.
Hemos perdido a nuestro hermano, a nuestro padre…
—La voz de Baen se quebró al decirlo—. Litzzia amaba al dárico gris con todo su corazón y ahora no encuentra motivos para continuar sin él.
Espero que su dolor se aplaque con los días.
—Lamento la pérdida de tu hermano —dijo Borat con sinceridad.
—El Dragón no distinguió entre leales y enemigos, Len no merecía morir así. —Baen se limpió las lágrimas—. Fue injusto. Siempre cuidó de Litzzia y de mí, hasta el último instante.
El viento sacudió sus capas y silbó entre los árboles, arrastró las hojas secas por el suelo y las lanzó hacia la amplia avenida que cruzaba la ciudad.
Percibieron algo que provenía de allí, una fuerza que parecía controlar el aire.
Los hajaeks y Borat se giraron con una patente inquietud adherida a su piel.
Oyeron entonces el traqueteo metálico de una espada chocando contra la piedra.
Los soldados comenzaron a apartarse abriendo un largo pasillo hasta el palacio.
El general sintió una pesadez incómoda en el ambiente.
Era Alhanna. La ominosa presencia de la joven lo sobrecogió.
Caminaba bajo el influjo del atardecer, con la punta de la espada arañando el suelo y la mirada gris prendada del palacio.
Sus ropas estaban cubiertas de tierra. Los hajaeks no osaron interponerse en su camino.
Alhanna los contemplaba con crueldad, como si esperara que alguno se propusiera detenerla.
Avanzó con paso lento hacia la escalinata y se detuvo junto a Borat.
El general la observó reteniendo el aire en sus pulmones.
No se parecía en nada a la chica que llegó de Asthaluss; era la reencarnación de Khaleria.
—Debería arrancarte el corazón —escupió Alhanna con rabia.
—¿Por intentar matarte o por no ser capaz de salvarlo?
—No estaba a tu alcance acabar conmigo. —Le dio el arma a Borat.
Alhanna dejó atrás al general y subió los escalones.
Percibía el poder de Osharan en aquel lugar.
El palacio parecía una tumba con las puertas selladas.
Alhanna acarició la fría hoja y esta comenzó a ceder por si sola dejando una delgada abertura.
Un olor nauseabundo escapó por ella y Alhanna se apartó al instante al notar la pesadumbre que emergía del interior.
Cerró los ojos y respiró despacio, estaba preparada para afrontarlo.
Una insondable oscuridad se había apoderado del trono.
El silencio reinaba allí dentro. Mirara donde mirara, solo podía ver cuerpos descuartizados y charcos de sangre en los que se descomponían las vísceras y órganos arrancados.
Se cubrió la boca con el brazo, el hedor era espantoso y sintió arcadas.
Comenzó a caminar por la sala y sus botas quedaron enseguida cubiertas de aquel rojo espeso.
Estuvo a punto de pisar media cara de un dárico con el párpado levantado en una expresión de terror.
En cuanto vislumbró el sillón del trono, el olor dejó de molestarla.
Había un bulto de carne enroscado en él que lanzaba un lastimero sollozo. ¿Ese era Sorástalez?
Se detuvo a pocos metros y sintió como se le desgarraba el corazón una vez más.
El cuerpo de Kishur continuaba allí, aislado de la destrucción reinante.
Era como un oasis en medio de tanta podredumbre.
Ignoró la presencia agónica de Sorastalez y sus gemidos.
Alhanna se derrumbó junto al cadáver de Kishur.
Le acarició el rostro helado y observó sus ojos a medio abrir como si esperara ver movimiento en ellos.
La escasa luz que atravesaba la cúpula iluminaba su contorno.
Su cabello parecía compuesto por hebras de plata, incluso muerto era realmente hermoso.
Alhanna hubiera jurado que dormía. El llanto le sobrevino con una amargura asfixiante.
Se inclinó sobre él y golpeó con los puños el suelo a ambos lados de su cabeza.
Bramó con todas sus fuerzas, una y otra vez, hasta quedarse sin aire.
En un arrebato de ira, se levantó y fue hacia Sorastalez.
El dárico lloraba débil y aterrado, no tenía consuelo.
Alhanna lo aferró del pelo y lo lanzó contra el frío mármol.
Se fijó entonces en la atroz herida que había lacerado sus ojos.
Su piel amarillenta estaba surcada de manchas rojas.
Sus manos temblaron frente a su rostro contraído.
De su boca no salieron más que quejidos.
Hasta ese momento, había deseado despellejarlo con sus propias manos, pero lo que tenía ante ella ya no era el padre de Kishur.
—¿Lamentas al menos lo que hiciste? —Se agachó a su lado.
—Mi padre regresará, ¿verdad? —murmuró Sorastalez con gran esfuerzo—. Dile que le daré lo que quiera, yo solo deseaba su cariño. ¿Por qué me odiaba?
Alhanna intuía que la mente de Sorastalez se encontraba en algún momento de su infancia, y toda la rabia que sentía hacia él se fue disipando.
Lo ayudó a sentarse y lo rodeó con un brazo, dejando que el dárico apoyara la espalda en ella.
Sollozaba como si fuera un niño asustado.
La imagen de Kishur sacudió sus pensamientos y casi pudo oírle decir que no fuera cruel con él.
Al fin y al cabo, Sorastalez había sido descendiente del dárico gris para más tarde convertirse en el padre de este.
Y todo por culpa del Dragón, por obligar a Kishur a reencarnarse.
Podía entender la locura que lo consumía.
—Deja de sufrir, ya ha terminado todo. Te conduciré junto a tu familia y verás de nuevo a tu esposa.
—Notó como Sorastalez se relajaba un poco—.
Me temo que no te reunirás con tu padre, pues él está en otro lugar.
Pero estoy segura que ya no te odia y que lamenta todo el daño que te hizo.
Espero que tú también estés arrepentido.
—¿Y Alfar? ¿Me habrá perdonado? —preguntó con un hilo de voz.
—Alfar no conocía el odio, su corazón era bondadoso. —Dejó que las lágrimas cayeran de nuevo—. Dale un abrazo de mi parte.
Alhanna le echó la cabeza hacia atrás para apoyarla sobre su hombro. Sacó el puñal de su cintura y lo alzó sobre el pecho de Sorastalez.
—Ve al mundo venidero —murmuró.
Clavó la daga en el corazón del dárico. Acabó con él de un solo golpe, acallando su sufrimiento y permitiéndole marchar en silencio.
Luego, arrojó el cuerpo a un lado y se quedó allí sentada un rato.
Borat y sus hajaeks abrieron las puertas y comenzaron a invadir la sala.
El general llegó hasta el cadáver de Kishur y se arrodilló a su lado.
Alhanna no soportaba verlo tirado en el suelo, cada vez que miraba su rostro creía que dormía.
Salió de allí y dejó que el aire fresco de la noche refrescara su rostro.
No se iría de Alviat hasta que incineraran a Kishur, deseaba despedirse de él.
Pensó en Sorastalez y en su clemencia con él, ¿le habría agradado al dárico? Ella nunca estaría en paz mientras el mundo de Hagnak continuara existiendo.
El cielo se teñía de colores ocres y dorados mientras los alviatenses caminaban tras el féretro de Kishur en una larga procesión.
Se dirigían hacia una alta colina. Seis dáricos, incluido el general, portaban el ataúd.
Los adultos de la comitiva llevaban una flor en la mano y los infantes una esfera de luz que alumbraba el camino.
Parecían un extenso río danzante entre los antiguos árboles y los riscos.
Atravesaron un arco de piedra rodeado de montañas y caminaron por un sendero bañado con la primera luz del día.
En lo alto de la cima aguardaba una enorme pira rodeada de pilares blanquecinos y deteriorados.
Era allí dónde se incineraban a todos los dáricos grises, desde la muerte de Raehlan-Tae.
Alhanna lucía un delicado vestido de manga larga, de un azul como el de los arándanos maduros.
Tenía flores bordadas en la falda. Sobre los hombros, cargaba con una capa de color crema.
Su cabello ondulado caía en cascada por la espalda.
Se sentía incómoda con el atuendo, Litzzia se lo había cedido.
«A él le gustaría verte hermosa», le había dicho la runnense. Alhanna no tuvo fuerzas para negarse.
Observó el perfil de Litzzia, parecía enferma. Ambas caminaban juntas, cogidas de la mano. Era extraño como el dolor tenía la capacidad de unir de esa forma.
Un grupo de jóvenes ataviados con túnicas blancas aguardaban de pie junto al altar.
Comenzaron a entonar una suave melodía mientras Borat y sus cinco compañeros conducían el féretro hacia la pira y lo dejaban con cuidado sobre ella.
Dos antorchas ardían a cada lado de la madera.
Nadie había visto el rostro de Kishur después de sacarlo del palacio, una máscara plateada con el relieve en rojo de una enredadera lo ocultaba.
Familiares y allegados se acercaban a despedir al dárico gris: se subían a la plataforma de madera y realizaban una reverencia.
Alhanna reparó en sus apariencias y distinguió enseguida al hermano de Sorastalez.