El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Las Avíseas
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Las Avíseas

El joven detuvo sus pasos de repente y Ádria se volvió para mirarlo. Aguardaron a que los otros avanzaran lo suficiente para que Ghiro no pudiera oírlos.

—Tengo una ligera sospecha de lo que ha ocurrido —comentó Quiazz.

—Mi señor ha muerto —le informó el dárico con pesar y tanta rabia que Quiazz esquivó sus ojos—. El Dios Dragón ha condenado a mi pueblo a la extinción, aunque ha dejado una posibilidad para salvarnos. No debería, no lo merecemos.

—¿Qué posibilidad? —quiso saber el joven.

—Mejor céntrate en lo que ha ocurrido aquí.

Y prepárate para lo peor, ignoro si el fuego alcanzó el campamento y hasta dónde habrá llegado su destrucción.

—Hizo una pausa al ver el rostro desencajado del joven—.

Parece que Alhanna perdió una vez más el control, y esta vez poseía el poder que obtuvo de Zahel.

—Pero el Dragón la detuvo, ¿verdad? Lo vimos surcar el cielo.

El hajaek no supo darle una respuesta. Caminaron parte de la mañana porque los caballos estaban débiles para subir a ellos.

Pensaron en dejarlos ir, pero morirían allí.

La destrucción cubría kilómetros a su alrededor.

Podían sentir el calor que desprendía la superficie arrasada a través de las botas.

Pararon en varias ocasiones para permitir que Ghiro recuperara el aliento, y en cada una de ellas resultó difícil obligarlo a seguir.

El anciano se movía arrastrado por ellos, Mayara tiraba de él a cada paso que daban.

«Saca fuerzas, no nos abandones», le rogaba la dárica.

Agotaron la poca agua que llevaban encima y acabaron por perder al caballo de Ghiro.

No pudieron hacer nada por el pobre animal.

La tierra yerma no ofrecía más que bochorno.

Quiazz tenía la piel cubierta de tierra pegada por el sudor.

Cuando llegaron al campamento, el poco ánimo que le quedaba se desplomó al ver la destrucción reinante.

Sintió que se ahogaba. Le costó advertir que llevaban un rato caminando sobre cenizas. Allí no había nadie.

—Debieron huir a tiempo —dijo el joven con esperanza.

En cuanto salieron de la zona quemada, Ghiro se desplomó en el suelo y se negó a continuar.

Mayara desapareció a toda prisa en busca de agua y Ádria se acuclilló frente al anciano con el rostro ensombrecido.

Quiazz continuó adelante, dejó a los dáricos atrás y se internó en el laberinto de tiendas abandonadas y hogueras extintas.

Se fijó en el reguero de huellas y las siguió con paso lento. Estaba realmente agotado.

Suspiró aliviado cuando vio a los primeros hombres.

Se precipitó hacia ellos con las últimas fuerzas que le quedaban.

Oyó voces que pronunciaban su nombre y alertaban de su llegada.

Una oleada de calma le sobrevino cuando reconoció al hombre que se abría paso entre los soldados.

Incapaz de avanzar más, se dejó caer mientras sonreía de pura alegría.

Gastor lo abrazó con tanta fuerza que parecía querer romperle los huesos.

—Te creía muerto —se lamentó el general—. ¡No te encontraba!

Quiazz hundió los dedos en la espalda de Gastor. Sentía el corazón del general latiendo con tanta fuerza contra su pecho que lo asustó. No quería soltarlo jamás.

—El dárico gris ha fallecido, Gastor. Los dáricos han caído en desgracia. —Le temblaron los labios—. Y Alhanna… Ha provocado esto y no sé si ha sobrevivido.

El general contuvo el aliento mientras se separa de Quiazz. No podía creerlo.

—¿Qué vamos a hacer? Estamos perdidos —mencionó el joven con amargura.

—De momento, guardar silencio —le ordenó Gastor.

Levantó la barbilla para mirarlo a los ojos—.

Escúchame con atención: nadie debe saber que ha sido Alhanna.

Todos creen que fue un ataque de los Olvidados, muchos vieron al Dragón atrapando a la criatura plateada y creen que nos ha salvado una vez más.

Deja que los hombres se alimenten de eso y no de desesperación.

Quiazz negó con la cabeza y miró su alrededor con pesar.

—¿Cuántas pérdidas tenemos? Sé sincero —le pidió a Gastor.

—Aún las estamos contabilizando. Hemos perdido algunas carretas cargadas con armas y provisiones, y medio centenar de caballos.

—El general lo ayudó a levantarse— La parte más difícil es anotar los nombres de los solados desaparecidos, hasta el momento llevamos cuarenta.

Aunque eso no quiere decir que hayan muerto, aún pueden aparecer, como has hecho tú.

Aquello lo dejó sin aire una vez más, ¿tantos podían haber caído bajo las llamas?

Soldados que ya no volverían a casa, que no habían tenido la oportunidad de luchar.

La noticia lo dejó conmocionado. Gastor lo condujo junto a los demás.

Le dieron agua que alivió su garganta seca, tenía los labios cortados.

Alguien le ofreció una manzana que devoró casi sin masticar.

Caminó del brazo de Gastor hacia la tienda que ocupaba ahora el general.

Allí pudo lavarse la cara y desprenderse de las ropas malolientes.

Temblaba sin poder evitarlo. Gastor intentó que se tumbara y tratara de descansar, pero se encontraba en un estado grave de ansiedad.

Comenzó a caminar de un lado a otro de la pequeña tienda, con las manos en la nuca.

—Debemos volver a casa —dijo Quiazz al cabo de un largo rato—. No podemos seguir adelante, perderemos la batalla.

—Cálmate —le pidió Gastor mientras rebuscaba algo entre sus cosas.

—¡No puedo! ¿Por qué siempre te muestras tan tranquilo?

Kishur está muerto, no sé cómo ha ocurrido, ¡pero está muerto!

Los dáricos no lucharán a nuestro lado, ya no tienen motivos para hacerlo.

Han sido condenados, ¿para qué salvar un mundo del que están destinados a desaparecer?

—Quiazz se tiró un poco del pelo—. ¡El Dragón les ha arrebatado el futuro! Y de paso, a nosotros también.

Gastor fue con él y lo obligó a sentarse en la cama.

Le ofreció un vaso de agua que el joven bebió sin respirar.

Tenía los ojos bañados en sangre. Con cada intento de levantarse o hablar, Gastor lo sujetaba por los hombros.

Poco a poco, Quiazz se fue relajando. Tanto, que le sobrevino un poco de mareo y acabó tirado en la cama.

Gastor aprovechó para taparlo con una manta.

—Mierda, Gastor, ¿qué me has dado? —preguntó en un murmullo.

—Lo necesario para que duermas hasta mañana. —Acarició su frente y soportó la hosca mirada del joven—. Yo me encargaré de todo, no te preocupes.

Lo contempló en silencio hasta que la respiración de Quiazz se volvió regular.

Suspiró con alivio al verlo dormido y, sobre todo, a salvo.

Su corazón volvía a latir con fuerza una vez más por tenerlo a su lado.

Había sido una noche amarga en la que habían anotado los nombres de los desaparecidos, incluido el de Quiazz.

Candor entró en la tienda y carraspeó para hacerse notar.

—¿Te ha contado algo? ¿Sabe qué ha ocurrido? —lo interrogó. Gastor negó con la cabeza sin molestarse en mirarlo—. Mientes, el chico estaba muy alterado.

—De momento, solo te diré que el dárico gris ha muerto. —Se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en el camastro donde dormía Quiazz.

El norteño abrió la boca para decir algo, pero al final se abstuvo de hacerlo. Miró al general con el rostro demacrado y soltó el aire que había retenido. Candor se rascó la nuca y la angustia se reflejó en sus ojos azules.

—Es posible que los dáricos abandonen la misión y nos dejen solos —mencionó Gastor—. Imagino que lo descubriremos cuando nos encontremos con los runnenses. He enviado un mensajero para informarles de nuestro retraso.

—¿De verdad crees que este ataque lo han provocado los Olvidados?

—Candor lo escrutó con sus afilados ojos y Gastor le mantuvo la mirada—.

Eres un mal nacido por mentirme, pero está bien, lo aceptaré por ahora.

Y en cuanto a los dáricos, no creo que sean tan cobardes como para abandonar lo que su rey comenzó.

Ojalá estuviera en lo cierto, porque de otro modo no vencerían a sus enemigos.

Permanecía encogida sobre sí misma, con las rodillas pegadas al pecho.

Era incapaz de levantar la cabeza y abrir los ojos al nuevo día, anhelaba quedarse en la oscuridad.

Se encontraba en un bosque, cerca de un río turquesa parecido al que la tarde anterior había admirado.

Pero ya nada le parecía hermoso, todo se reducía a cenizas.

Recordaba poco de lo sucedido, tan solo el fuego abriéndose paso a través de su cuerpo y sus ansias por destruirlo todo.

Después de eso, su mente albergaba tinieblas y la efímera presencia de Osharan apresándola entre sus garras.

No lamentaba haber perdido el control de ese modo.

Shudei le preguntó una vez qué haría si Kishur muriera, «quemaría este mundo y a todos con él», respondió Alhanna.

Y en aquel instante, cuando percibió la muerte de Kishur, fue cuando deseó, arrasar Muriath al completo.

Pero se alegraba que Osharan la hubiera detenido, pues ahora existía alguien más a quien deseaba proteger a toda costa: Akiro.

Enterró la cabeza entre sus brazos. Oyó pisadas que se dirigían hacia ella y quiso gritar al intruso para que no la molestara. Trató de ignorarlo todo el tiempo que pudo.

—Márchate, déjame en paz —escupió ella con rabia.

—No eres la única que sufre la pérdida del dárico gris.

—La voz de Trivaz sonó fría y amarga—. Fue Sorastalez quien acabó con su vida y sigue encerrado en la sala del trono.

Debí acabar con él cuando tuve la oportunidad, aunque supongo que entonces otro habría sido el asesino.

Raehlan se rindió y permitió que lo mataran.

¿Por qué lo haría si estaba tan empeñado en combatir en el Vacío? ¿Qué cruzó por su mente en ese momento? Alhanna se tiró del pelo y gruñó de pura impotencia.

—Hagnak por fin ha recuperado el lanfe que su padre le arrebató. El Dragón lo ha permitido. Supongo que era imposible un buen final para Raehlan. —Trivaz se apoyó en un árbol—. Si por mí fuera, dejaría que los Olvidados completaran su cometido y le hicieran pagar.

Alhanna giró un poco la cabeza para observar al demonio.

—¿Por qué estás aquí? —le preguntó.

—Lo cierto es que no lo sé, simplemente te busqué.

He pasado las últimas dos mil ágaras protegiendo a Raehlan, aunque nunca se me dio demasiado bien.

Siempre lo persiguió la desgracia. —Se deslizó por la corteza del tronco hasta el suelo y cerró los ojos—.

Fui creado para servir a Hagnak, ¿qué se supone que debo hacer ahora?

Ella no tenía la respuesta. La luz del atardecer se filtró entre las hojas.

Alhanna decidió dejar de lamentarse, tenía a un enemigo que abatir: Sorastalez.

Se resarciría por la muerte de Kishur. Acarició la daga de su cintura.

«Aliméntala de sangre», decía la inscripción.

Y era justo lo que pensaba hacer. Se incorporó y miró al demonio.

—Voy a Alviat, he de acabar con el asesino de Kishur. —Alhanna se echó el largo cabello hacia atrás—. Puedes dirigirte a la morada de Gaelos si deseas ayudar. Dejé en sus manos algo muy valioso para que lo protegiera.

El demonio la observó con el ceño fruncido y sin comprender a qué se refería. Alhanna trazó una línea a su derecha y cruzó la brecha sin despedirse. Trivaz se puso en pie y alzó la mirada al cielo que se cubría de colores ocres. ¿Algo valioso?