El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Laendah
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Laendah

Sentía en mi propia piel la cólera del Dragón y la desesperación de Alhanna.

Por alguna razón, lo ocurrido no me satisfacía tal como cabría esperar, notaba un nudo en la garganta que me impedía respirar. ¿Es que no era eso lo que yo ansiaba? Me pregunté por qué mis ojos derramaban lágrimas y mi corazón se marchitaba en mi pecho.

Esta historia tenía ya uno de sus finales, y este no me hacía feliz. Cerré los ojos y busqué con anhelo al ser que acababa de morir. Seguí el último viaje del dárico gris.

Era tal su cansancio que no deseaba despertar.

Pero lo hizo, logró ponerse en pie y comenzó a caminar por el vasto desierto.

La cálida brisa impulsaba sus pasos hacia delante.

No estaba solo, percibía la presencia de todos aquellos que una vez formaron parte de su vida.

De todas sus vidas. Seres a los que había amado u odiado, a los que había salvado o dado muerte.

Sus descendientes lo acompañaban, podía oír sus risas.

Se alegraban de verlo. Pero según avanzaba, fueron desapareciendo uno a uno y sus voces se desvanecieron en el viento. Lo dejaron solo.

El mar rompía contra la orilla creando un manto de espuma blanca. A veces, su cabello era oscuro como la noche, y otras se volvía del color de la plata.

Dejó que el agua mojara sus pies descalzos y alzó la mirada al brillante cielo para que el sol acariciara su rostro.

Estaba en paz, y por primera vez en dos mil ágaras, su conciencia no lo torturaba por los errores cometidos.

Ya no importaba nada, el dolor y la culpa habían desaparecido.

Era el momento de descansar, lo merecía.

Tomó asiento en la arena y dejó que el aire despeinara su cabello gris. Cerró los ojos y disfrutó de la melodía que ofrecía el mar. El largo viaje había concluido.