Las Avíseas
Los dáricos aparecieron enseguida; Ghiro parecía complacido por el cambio.
—Nos vendrá bien un poco de calma, los humanos hacen demasiado ruido. —El comentario hizo reír a Alhanna—. Ojalá tuviéramos utensilios para preparar té.
Permanecieron largo rato en silencio. Ghiro eligió descansar bajo la sombra del olivo.
Ádria limpiaba su arma y Mayara le lanzaba miradas cómplices.
Pronto dejaron de oír el traqueteo de las últimas carretas.
Quedaba un poco para el atardecer, así que aún recorrerían cinco kilómetros, puede que alguno más, antes de detenerse.
Alhanna pensó en que nadie les recriminaría si se quedaban allí hasta que llegara la noche.
—¿Queréis oír una historia? —preguntó Alhanna al cabo de un rato.
—Siempre —contestó Ghiro complacido—. ¿De qué clase?
—Es sobre Hagnak. —Ella se llevó la mano al pecho—. Es la historia de Kishur.
Los dáricos la miraron con curiosidad. Alhanna compartiría con ellos la verdad sobre el que fuera Juez y Guerrero, sobre ella misma y el nacimiento de Raehlan.
Ghiro y los hajaeks merecían conocer los secretos que habían regido sus vidas.
Antes de comenzar, sin embargo, Alhanna sintió la cercanía de Quiazz.
El joven galopaba en su dirección. Se unió a ellos con una flamante sonrisa y tomó asiento al lado de Ghiro.
Alhanna inició su historia, sin omitir ningún detalle. Incluso les habló de su pequeño Akiro.
Ghiro se emocionó con sus palabras, y también se enfadó por todo el sufrimiento al que había sido condenado Kishur.
La admiración que Ádria y Mayara sentían hacia su señor aumentó, ya que ahora comprendían la razón por la que el Dragón lo había escogido como su Guerrero, por qué razón lo había convertido en rey.
—Recuerdo a la perfección aquella noche en la que apareciste por primera vez frente a mí señor —dijo Ghiro con una sonrisa en los labios—.
No comprendí su empeño en buscarte, más aún cuando te había atravesado una espada y debías estar muerta.
«Debo encontrarla», me dijo. Y no desistió hasta lograrlo.
Eso no fue por su deber de protegerte, claro que no. Os unía la sangre, os unía el pasado.
—Yo siempre lo sentí de ese modo, aunque no supiera el motivo —admitió ella.
—¿Cómo fue descubrir que eres la reencarnación de Khaleria? ¿Por eso hay tanta locura en ti? —preguntó Mayara a su lado con un tono de burla—. Es que ahora todo encaja.
Alhanna soltó una carcajada al oírla y los demás se sumaron a ella. Era cierto lo que decía, todo encajaba. Su rabia apenas contenida, esa otra Alhanna que actuaba fuera de control, las dudas sobre su naturaleza, el miedo a no ser real. Y su unión con Kishur.
—Quiero conocer a Akiro —dijo Ghiro de pronto.
Alhanna asintió conforme, nada le gustaría más.
Pensar en su pequeño la llenaba de gozo.
También deseaba mostrárselo a Kishur y ver a Akiro en los brazos del dárico.
Sonrió encantada al imaginarlos juntos. Entonces, la calma y alegría que la rodeaban desaparecieron de golpe y un desgarrador dolor atravesó su pecho.
Creyó que una daga perforaba su corazón.
Una acuciante y demoledora angustia mordió sus entrañas.
En lo más profundo de su ser percibió como aquella cuerda que la unía a Kishur desaparecía hecha añicos.
Gritó desesperada ante la demoledora sensación.
Supo con certeza que Kishur acababa de morir.
Los otros trataron de llegar hasta ella, pero el poder de Alhanna los empujó lejos y los caballos relincharon con miedo.
En ese momento, los dáricos cayeron de rodillas y Quiazz los observó a todos sin comprender qué sucedía.
Intentó obligarlos a levantarse, pero parecían haberse convertido en estatuas.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Ghiro y, por alguna razón, el joven intuyó que una desgracia había acontecido a Kishur.
El cuerpo de Alhanna se llenó de sombras y estas comenzaron a expulsar una densa bruma gris que se adhería a la tierra y la resquebrajaba bajo sus pies.
Quiazz no pudo más que retirarse cuando el aire ponzoñoso que rodeaba a Alhanna le impidió respirar.
Notaba que le quemaba la cara. Las sombras se extendieron hasta cubrir por completo la piel de la joven mientras la niebla de muerte avanzaba y consumía la escasa vegetación que la rodeaba.
El olivo se secaba y se deshacía en cenizas.
Quiazz corrió a coger las riendas de los caballos antes de que huyeran.
Llamó a gritos a Ádria porque él solo no podría contenerlos.
Los dáricos salieron por fin de su estado de parálisis.
Estalló una tormenta en el cielo, convirtiendo la tarde en noche.
Alhanna gritó de nuevo y de su boca y ojos salieron unas llamas plateadas que iluminaron la penumbra.
El fuego la rodeó por completo y se alzó imponente hacia el firmamento.
Ella se giró hacia los demás y sus pupilas parecieron dos luceros ardientes.
«Huid», la oyeron decir dentro de sus mentes con una voz quejumbrosa e inhumana.
Ghiro fue el único que se negó a moverse, Mayara tuvo que obligarlo para que subiera a su montura. Quiazz quiso acercarse de nuevo a Alhanna, pero Ádria lo retuvo.
—¡Debemos ayudarla! —exclamó el joven.
—No hay nada que podamos hacer —le dijo el hajaek—. ¡Vamos!
Quiazz no tuvo fuerzas para contradecirle y montó en el caballo con ayuda de Ádria.
Miró hacia Alhanna una última vez antes de salir a galope.
Ella estaba de pie, firme como una roca.
Su cuerpo se había convertido en una sombra de destrucción.
Partieron a toda velocidad, pero no hacia el campamento, pues fue imposible dirigir a los animales.
Un estallido de fuego gris clamó hacia el cielo y la figura de Alhanna desapareció.
La fuerza arrolladora de la explosión derribó parte del acantilado. Las llamas avanzaron sin compasión en todas direcciones. Parecían una marea embravecida, un tsunami hambriento dispuesto a devorar todo a su paso. Azuzaron a los caballos.
«Nos va a alcanzar», se dijo Quiazz. La lengua de fuego gris arrancaba la tierra a su paso como si fuera mantequilla.
El tórrido calor los asfixiaba. Pensó aterrado en el campamento, en Gastor.
Esperaba que vieran a tiempo aquella ola de destrucción.
A su lado, los dáricos cabalgaban con la desesperanza dibujada en sus rostros.
Quiazz tuvo el convencimiento de que su mundo acababa de desmoronarse.
Gastor contemplaba el valle pedregoso. Se encontraba junto a las últimas tiendas del campamento.
Los dáricos y Alhanna aún no habían regresado.
Él fumaba allí tranquilo, necesitaba descansar de los nobles y de los propios soldados que lo detenían a cada paso que daba.
De reojo, vio aparecer a Candor con el mismo rostro cansado.
Sacó también su pipa de fumar y se entretuvo en encenderla.
Los hombres conversaban tranquilos a su espalda, ajenos a ellos dos.
Encendían hogueras que los acompañarían toda la noche.
—Al parecer, Quiazz ha conseguido que los Hal y los Dol entierren el hacha de guerra —comenzó a decir Candor—.
Les ha recordado a los Hal que Shudei abandonó a Eduar y que Daraes lo acogió como si fuera su propio hijo sin pedir nada a cambio.
Y a los Dol que ya no tiene sentido su resentimiento hacia Shudei por impedir que Galaera se casara con mi hermano pues, al fin y al cabo, Isela está prometida al propio Daraes y muy pronto nuestras casas se unirán.
—¿Y qué opinas tú de todo ese asunto? —preguntó Gastor con una ceja alzada.
—Laccados fue invadida por los zarefíes dejando a cientos de familias sin hogar, he perdido a gran parte de mi familia y de mi ejército.
—Candor le dio una calada a la pipa antes de proseguir—.
No me interesan temas tan irrelevantes del pasado.
Es hora de que dejemos todas nuestras rencillas atrás, estoy cansado de lidiar con idiotas.
El general asintió; comprendía al norteño. Desde la llegada de Quiazz, los nobles habían dejado de discutir tan a menudo por razones familiares. El joven parecía tener siempre las palabras adecuadas para mediar entre ellos. Y era un alivio.
—Por cierto, creí que Quiazz estaba contigo —mencionó Candor.
Gastor frunció el ceño, no lo veía desde el almuerzo. El cielo se cubrió de pronto de extrañas nubes y la tormenta arreció sobre sus cabezas. Aquello no era natural.
—¿Qué es esa luz plateada? —Candor señalaba hacia el desierto.
El suelo tembló bajo sus pies y sacudió las tiendas del campamento.
Se impuso un insondable silencio entre los soldados.
Gastor dejó caer la pipa sin darse cuenta.
Una marea inmensa de llamas grises cubrió el horizonte.
El fuego inició su avance a gran velocidad, uniéndose a la tormenta como si quisiera conquistar el cielo.
—¡Dad la alarma! ¡Que todos corran hacia las Avíseas! —gritó Candor con todas sus fuerzas hacia los hombres que observaban aquel mar luminoso.
Gastor se había quedado paralizado, atraído por la flamante luz.
Los soldados se apresuraron a huir, la mayoría a pie.
El campamento se convirtió en un hervidero de hombres que trataban de alejarse del peligro.
Soltaron a los animales que pudieron y abandonaron todo lo demás, incluidas las armas.
Las vacas y los caballos que huyeron en estampida pisotearon hogueras y a algunos hombres.
El caos se apoderó de todos. Candor y Gastor subieron a sus monturas y salieron al galope.
Ya casi podían sentir el calor envolviéndolos.
Aquella marea plateada alcanzó las primeras tiendas y las redujo a cenizas.
Engulló todo a su paso, las carretas aún sin descargar, las armas tiradas en el suelo, las cercas de los caballos, los soldados más rezagados.
Gastor notaba el fuego a su espalda, la tormenta se cernía sobre ellos.
Los gritos de los hombres que quedaron atrapados le recordaron a los de aquellos que murieron a causa de los dragones grises.
Percibió la misma agonía en esas espantosas voces.
El caballo del general pisó un agujero y se partió la pata.
Lo derribó y Gastor rodó por la tierra. Se incorporó sin aire en los pulmones y sujetándose el costado.
Se enfrentó a las llamas y decidió aguardar su llegada, pues no tenía donde esconderse.
«Es imposible escapar de esto», admitió con pesar.
Sentía ardor en la piel y los ojos le escocían tanto que le costaba mantenerlos abiertos, pero se esforzó por hacerlo.
Entonces, una gigantesca brecha partió el cielo en dos y un atronador rugido escapó de ella ensordeciendo a la tormenta.
Gastor observó la imponente figura del Dios Dragón aparecer por la inmensa abertura, tal como hizo durante la batalla en Marial-Pat.
Su poderosa furia lo obligó a postrarse de rodillas.
El Dragón se enfrentó a las llamas, batió sus alas y creó un poderoso vórtice que comenzó a absorber el fuego.
Este detuvo su avance y fue reduciéndose hasta tomar la forma de una criatura alada; parecía un dragón hecho de fuego.
Osharan la atrapó entre sus garras y ascendió con ella perdiéndose entre las oscuras nubes.
Los dos desaparecieron más allá de la tormenta.
Gastor contempló la desolación que lo rodeaba con el corazón congelado. Deseó que Quiazz estuviera a salvo. Levantó la vista al cielo con desesperanza y miedo.