Alviat #4
El cuerpo del dárico gris se deslizó hacia el suelo y su sangre formó un charco como vino derramado. El tiempo pareció ralentizarse a su alrededor.
Litzzia se lanzó hacia él desesperada, quebrándose la voz.
Sus hermanos fueron junto a ella y la abrazaron para impedirlo.
La joven estalló en un amargo llanto y luego se desvaneció en los brazos de Len.
Sus pantalones se mancharon de sangre, la vida que se gestaba en su vientre moría.
Uno de los nobles logró descorrer el cerrojo de las puertas antes de caer inerte al suelo sobre un denso charco escarlata.
Los hajaeks del exterior empujaron las hojas y Borat entró a la carrera.
El general contempló el cuerpo del dárico gris y bramó con tanta furia que nadie necesitó una explicación de lo que sucedía. Fuera, la batalla también se detuvo.
Una terrible tormenta sacudió el cielo. El palacio tembló como si cobrara vida propia y las sombras comenzaron a revolverse y a concentrarse en el centro de la sala.
Un denso lodo comenzó a deslizarse por las columnas y las paredes.
Apareció ante ellos un ser de alas negras y ojos que parecían prendidos en llamas.
El desbordante poder que emanaba de la criatura los sometió a todos, y cada uno de los habitantes de Alviat cayó de rodillas ante la llegada del Dios Dragón; su ominosa presencia los asfixiaba.
Sorastalez gimió de terror. Osharan caminó hacia el cadáver de Kishur, el mármol se ennegrecía a su paso.
Se agachó a su lado y le apartó el pelo gris de la cara.
Un alarido animal escapó de su garganta y la cúpula de cristal se quebró.
La tormenta rugía en el exterior con violencia, descargando rayos sobre la ciudad.
Las sombras escaparon de su cuerpo y rodearon las gargantas de cada uno de los presentes.
Osharan se puso en pie y miró a Litzzia.
Dirigió una mano hacia ella y la bruma la rodeó con delicadeza.
La joven se estreme ció aún inconsciente y luego quedó en una profunda calma, como si durmiera.
Sus hermanos se llevaron las manos a la cabeza al oír la imperiosa voz del Dragón en sus mentes.
«Uno de vosotros puede salir con ella», les dijo.
Len no lo dudó ni un instante y dejó a Litzzia en brazos de Baen.
Este intentó negarse, pero su hermano no lo permitió.
Lo aferró de los hombros y lo miró a los ojos antes de empujarlo hacia la puerta.
Baen prorrumpió en un amargo llanto y abandonó la sala junto a ella.
En cuanto atravesó el umbral, Borat lo ayudó a sostener a la joven.
—Habéis matado a mi hijo y os condeno por ello a la extinción.
—Cuando el Dragón habló con aquella voz que parecía surgir de las profundidades del mundo, no lo hizo solo para los presentes.
Todo dárico, en cualquier parte de Muriath pudo oírlo—.
No nacerá ni un solo dárico más, salvo el descendiente de Raehlan.
Los gritos se sucedieron por todas las ciudades dáricas.
Las embarazadas se pusieron de parto al mismo tiempo, derramando sus entrañas entre espantosos alaridos.
Todas perdían a sus des cendientes, que nacían muertos.
La locura se apoderó de ellas ante la atrocidad.
Osharan plagó sus corazones de desesperanza y de dolor.
Ese era su castigo por arrebatarle a su hijo.
Los teriones se desprendieron del cuerpo de Kishur, caminaron a su alrededor y lo olfatearon mientras gemían de pena. Las puertas se cerraron de golpe.
«Concédeles el perdón, padre», la voz de Hagnak alcanzó a Osharan. El Dragón se resistió a su petición. «¡Ofréceles la posibilidad de redimirse!», le exigió.
Las sombras se deslizaron por los brazos del Dragón y le arrebataron la corona a Sorastalez, quien tembló de terror, y la depositaron junto a Kishur.
—Le daréis la corona al descendiente de Raehlan —claudicó Osharan ante la petición de Hagnak, pues nunca le había negado nada. Habló de nuevo en las mentes de los dáricos—. Si él lo desea y me lo pide llegado el momento, quizás os perdone.
Osharan movió las manos y los teriones acudieron a él enseguida.
Observó una última vez el rostro de Kishur, sus ojos permanecían sellados.
Luego, miró a Sorastalez. Las sombras escaparon de su mano derecha y laceraron el rostro del dárico a la altura de los ojos.
La sangre se derramó por sus mejillas mientras Soras talez se llevaba las manos a la herida y gritaba de dolor. Acababa de dejarlo ciego.
—A él no. Ella querrá su sangre. —Y despareció tras decir aquello.
Las bestias se lanzaron a por sus presas, descuartizando a los dáricos, rajando sus vientres y derramando sus vísceras.
Los alaridos asustaron a los de fuera, que por puro instinto se apartaron del palacio.
Borat sostuvo a Litzzia cuando su hermano se derrumbó a su lado.
El general encerró el rostro en el cuello de la joven y sollozó con pesar.
Por su gente, por sus descendientes. Y pidió perdón.
El dárico gris había muerto.