El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Alviat #3
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Alviat #3

Vio a Litzzia luchando junto a su hermano mayor, el menor tenía inmovilizado a su propio padre con un cuchillo. No podía consentir aquello.

—¿Vas a enfrentarte a mí? —preguntó Kishur a Sorastalez.

Este acababa de perder el poco raciocinio que le quedaba.

Ata có sin tregua, con fuerzas exiguas. Kishur lo esquivó una y otra vez, sin llegar a levantar el arma.

Shaen se unió de nuevo a la liza y Kishur acabó entre los dos.

Golpeaba al zarefí al mismo tiempo que se defendía de Sorastalez.

Intentó no perder de vista a Litzzia. La batalla del exterior rugía con tanta fuerza que enardecía a los de dentro.

Un anciano gritó a pocos metros de él; acaban de atravesarle el vientre.

Uno de los escáreas cercenó la garganta de un noble y su sangre salpicó a Kishur.

Cerró un momento los ojos para controlar su rabia.

Levantó la espada y la desenvainó. Debía acabar con aquella locura.

La brutalidad de su embestida pilló a Shaen desprevenido y a punto estuvo de perder el arma.

Kishur lo obligó a retroceder con cada golpe.

Le asestó un puñetazo en la cara y le rompió la nariz.

Luego, le rajó la pierna derecha consiguiendo que perdiera el equilibrio.

Shaen ni siquiera había logrado rozarlo.

Kishur pateó entonces la rodilla y se la destrozó sin contemplaciones.

El zarefí profirió un terrible alarido mientras caía.

Kishur recibió un corte en el costado por parte de Sorastalez. El tatuaje de su brazo comenzó a girar y puso la mano sobre él. «¡No intervengáis!», gritó a los teriones.

En ese momento, Litzzia le rebanaba la garganta a un escárea y luego retrocedía junto a su hermano al verse rodeados por otros cuatro.

Kishur se quedó sin aliento al ver como su gente encontraba la muerte.

Era incapaz de diferenciar a enemigos de leales.

El Galaef gritaba desde la tribuna para que se detuvieran.

El pobre anciano laceraba su garganta inútilmente.

Detuvo otra embestida de Sorastalez, apenas necesitaba imprimir esfuerzos en parar sus estocadas.

El monarca esgrimió la espada con vehemencia justo en el instante en el que Kishur sentía aquel familiar tirón.

Fue arrastrado sin contemplaciones al mundo de Hagnak.

El sol lo cegó brevemente y las olas mojaron sus pies descalzos.

—¡Ahora no! ¡Déjame ir! —bramó Kishur con desesperación.

El antiguo Juez apareció a su lado y sintió todo el vello de su cuerpo erizado.

Se giró hasta quedar frente a él, cara a cara.

Tan solo unos pocos centímetros los separaban.

Hagnak mostraba su verdadero aspecto, se deshizo la trenza y el aire agitó su largo cabello.

Poseía la misma altura y corpulencia que Kishur, su semejanza conmocionó al dárico.

Hagnak poseía las pupilas de un gris brillante, como las de Alhanna.

Kishur reconoció aquel elegante rostro como si fuera el suyo propio.

Los ojos de Hagnak tenían el color del cabello de Kishur, los ojos de Kishur eran de un negro obsidiana como el pelo de Hag nak. Eran dos seres contrapuestos.

Una fina línea de luz solar se filtraba entre ellos.

—Debiste aceptar la propuesta de Jaeglar, su intención era salvarte una vez más. Tu intervención acarreará desgracias a la raza dárica —dijo Hagnak con autoridad.

—La tuya también, no estás libre de culpa —lo acusó Kishur.

—He intentado recuperarte muchas veces, pero cada vez que morías el sello que mi padre impuso para que revivieras lo impidió.

Siempre te escurrías entre mis dedos. —Hagnak cerró un breve instante los ojos—.

Ahora ya nada te ata a la vida, Alhanna regresó y tu labor de esperarla llegó a su fin. Esta vez puedo ganarle a mi padre.

—Manipulaste a los zarefíes para que buscaran venganza y acabaran conmigo. Incluso le pediste a Alhanna que lo hiciera. Podrías haber buscado otro modo. —Kishur mantuvo la mirada fija en él—. ¿Tanto odias mi existencia?

—Odio seguir aquí, odio la soledad y el olvido al que me he visto sometido.

Fue un error dejar parte de mi conciencia en mi mundo.

—Hagnak dirigió la mano al rostro de Kishur, pero no llegó a rozarlo—.

Eres parte de mí, Raehlan. Regresa y permite que los habitantes de Muriath luchen por su propio futuro.

Mientras sigas interviniendo, la sangre correrá sin distinción de razas. Y Osharan jamás te dejara marchar.

Sabía que era cierto cuanto decía. Cada uno de sus actos parecía dirigirse hacia la destrucción.

Llevaba tiempo aceptando esa verdad, había condenado a muchos seres con sus decisiones y el mundo sangraba por ello.

Pero, ¿estaba listo para abandonar la lucha?

¿Para deponer las armas y permitir que otros libraran sus propias batallas?

—Estoy preparado. —Kishur asintió con determinación y Hag nak sonrió.

Un suave manto de tinieblas lo rodeó y, cuando volvió a abrir los ojos, Kishur se encontró de nuevo en la sala del trono.

Levantó el arma a tiempo para bloquear la de Sorastalez.

Los aceros chirriaron. El dárico gris lo empujó con fuerza y lo alejó, pero su padre gritó enloquecido y se lanzó hacia él con la espada en ristre como si fuera una lanza.

Kishur comprendió que era el momento. Dejó caer el arma que chocó contra el suelo con un estruendo.

Abrió sus brazos para darle la bienvenida a su padre.

Apenas fue cons ciente cuando la hoja rasgó su carne y le atravesó el corazón.

Se abrazó a la muerte como si fuera una madre amorosa que lleva aguardándolo largo tiempo.

No alcanzó a oír el desgarrado grito de Litzzia que detuvo la lucha al instante, ni vio los ojos espantados de Sorastalez mientras retiraba la espada de su cuerpo.

Kishur se rindió a la oscuridad y se sumió en el más absoluto silencio.

«Perdonadme, no puedo seguir luchando», fue su último pensamiento.