Alviat #2
—Por la misma razón que te llevó a ser mi maestro en cada una de mis vidas.
El amor, supongo. Amabas a Hagnak y quisiste compensar su desaparición conmigo.
—La mirada casi dorada del Orfebre pesó sobre él con una fuerza arrolladora—.
Todos somos consecuencias de las malas decisiones del Dragón Negro, ¿no te parece?
Yo nunca debí nacer y lo sabes. Eres el primer ser que creó, y ahora el más poderoso de Muriath.
Hazlo mejor que Hagnak, mejor que el propio Dragón. El mundo está en tus manos, Jaeglar.
El Olvidado quedó paralizado ante sus palabras, parecía digerirlas con dificultad.
—Hablas igual que Hagnak, ¿lo sabías? Eres tan manipulador como lo fue él, sabes abogar a mis más profundas emociones. — Soltó un bufido y luego sonrió—. De acuerdo, por esta vez haré lo que me pides. Espero no arrepentirme por ello.
Con un gesto de la mano los grilletes de Kishur cayeron al suelo.
Luego, abrió la puerta y los hajaeks se asomaron veloces, pero de inmediato cayeron sometidos de rodillas al suelo.
Kishur abandonó la celda seguido de Jaeglar.
Percibía el poder de su maestro en cada poro de su piel, con su ojo izquierdo pudo ver la energía que los rodeaba.
Los soldados que custodiaban la cárcel y los propios presos parecían verlo solo a él.
Recordó que el Orfebre tenía la capacidad de confundir las mentes, lo llevaba haciendo generaciones para que todos lo reconocieran, y al mismo tiempo, no fueran capaces de hablar de él.
Uno a uno, los dáricos fueron hincando la rodilla.
Antes de salir al exterior, Kishur se ajustó la chaqueta y se colocó la capa sobre los hombros.
Observó sus manos al percibir un extraño haz grisáceo sobre su piel.
Su pelo refulgía como la plata fundida. Supuso que el Orfebre era el causante de tal efecto.
Miró a Jaeglar y este le hizo una reverencia sin dejar de sonreír.
Una vez fuera, el rugido de la lucha les llegó enseguida.
Los gongs continuaban con su lamento, alertando a la población de que permanecieran en sus hogares.
El choque de metales y los alaridos desgarrados le helaron la sangre.
Un destacamento de al menos cien hajaeks de capas azules y blancas protegía el acceso a la cárcel.
Todos se giraron al advertir su presencia y mostraron una desusada sorpresa.
Intentó imaginar el aspecto que ofrecía con aquel brillo plateado envolviéndolo.
Comenzó a caminar en tre ellos mientras se apartaban para dejarlo pasar e hincaban la rodilla.
Le abrieron un largo pasillo hacia la plaza, dónde tenía lugar la batalla.
El ejército parecía haber invadido la ciudad al completo: aba rrotaban las calles anexas al palacio e impedían a los ciudadanos abandonar sus casas.
Cientos de arqueros ocupaban los tejados.
Borat no había escatimado en esfuerzos. Las puertas del palacio se encontraban cerradas, custodiadas por escáreas y zarefíes que trataban de impedirle el paso al general, pero su número era muy inferior y no tardarían en caer.
La sangre anegaba el suelo y la muerte recorría la ciudad.
Kishur sintió que su corazón se detenía al presenciar semejante desgracia.
—¡Ya basta! ¡Deteneos ahora! —gritó el dárico con todas sus fuerzas y su voz alcanzó cada rincón de la ciudad, transportada por el aire.
Un viento helado recorrió todo el lugar y sacudió a los que luchaban, quienes quedaron al instante inmóviles, aún con las armas entre sus manos.
Kishur observó la desalentadora escena con la rabia bullendo en sus venas.
Sus ojos se dirigieron hacia Borat y el general se tambaleó ante su acusador escrutinio.
La pupila izquierda de Kishur emitía un tenue brillo gris, y ahora todos podían apreciarlo.
Lo supo por el modo que lo miraban, con asombro y miedo.
El dárico no portaba ningún arma y, sin embargo, se sentía más poderoso que nunca.
Un apabullante silencio se apoderó de la plaza.
Los gongs callaron y las armas cayeron al suelo, junto a los cadáveres que ya se amontonaban contra la fría piedra.
Kishur caminó sobre la sangre derramada y mantuvo la mirada en la escalinata del palacio, allí dónde Borat aguardaba sin oportunidad de resistir el poder que lo sometía.
Los presentes se derrumbaban de rodillas y bajaban sus cabezas cuando Kishur pasaba frente a ellos.
El aire revolvía su cabello gris y tiraba de su capa hacia atrás. La ciudad había enmudecido al completo.
Jaeglar continuaba tras él a cierta distancia, pero nadie reparaba en su presencia. Kishur alcanzó los escalones y se detuvo un instante junto a Borat. Este hincó la rodilla en el suelo y luchó por mantenerle la mirada.
—Deteneos, os lo ruego —pidió de forma casi inaudible.
Kishur le ofreció una mirada ominosa y Borat bajó la cabeza.
Subió la escalinata y las puertas se abrieron despacio y emitiendo un chirrido quejumbroso.
El dárico entró solo en la sala del trono.
La escasa luz de las lunas se derramaba sobre los presentes a través de la cúpula.
Se fijó en las expresiones de nobles y miembros del gobierno, la mayoría ansiaba verlo muerto.
Reparó entonces en Litzzia, ubicada frente a Sorastalez.
Sus hermanos la sujetaban como si temieran que fuera a lanzarse sobre el monarca para acuchillarlo.
Al verlo, la joven se llevó la mano a la boca para ahogar un gemido de sorpresa.
Kishur dirigió la mirada a Sorastalez y este pegó la espalda a la silla y engarfió los dedos en los posa brazos. Lo miró con terror.
—Cierra las puertas y márchate —le pidió Kishur a Jaeglar.
—Presiento lo que vas a hacer y lamento haberte ayudado. —La voz del Orfebre le llegó lejana—. De un modo u otro, nos encontraremos en el Vacío. Allí te espero.
—Gracias, Jaeglar.
El Olvidado asintió despacio sin despegar los ojos de los suyos.
La tenue luz que lo envolvía se apagó cuando Jaeglar desapareció.
Las puertas se cerraron con fuerza y la lucha regresó en el exterior.
Golpearon las gruesas hojas y oyó los gritos de Borat, que ordenaba a los soldados echarlas abajo como diera lugar.
Los es cáreas de allí dentro lo siguieron de cerca, pendientes de cada uno de sus movimientos.
Kishur alzó los brazos para mostrar que iba desarmado y comenzó a recorrer el pasillo con paso lento.
—¿Vienes a recuperar la corona? —preguntó Sorastalez con voz trémula.
—Estamos a tiempo de detener esta locura.
No quiero el trono, nunca lo quise —dijo Kishur mientras se detenía junto a Litzzia—.
Fuiste un buen monarca antes de que enfermaras con la sangre maldita.
Lamento no haberte ayudado, pero ahora estoy aquí.
Esa corona no te pertenece, debes legarla a nuestro sucesor.
—Buscas mí muerte —masculló el monarca.
—Te equivocas, no te deseo mal alguno.
—¡Mientes! Ya me querías muerto cuando yo solo era un infante. ¿Crees que lo he olvidado? —lo acusó Sorastalez.
Sus palabras confundieron a los asistentes, pero nadie osó in tervenir.
—Sé que he causado mucho daño con mis actos, pero he vuelto para enmendar mis errores. —Kishur se acercó tanto como pudo al trono—. Salgamos juntos de aquí y detengamos la lucha, ya se ha derramado demasiada sangre dárica.
—No creo en tus palabras —escupió Sorastalez con rencor.
A pesar de taparlo con maquillaje, no lograba ocultar la oscuridad bajo sus ojos.
Sorastalez estaba demacrado, era una sombra del dárico que fue en el pasado.
Kishur se giró para mirar a los presentes.
Encontró rostros amigables, aliados. Supo que algunos estaban allí para actuar cuando lo necesitara y eso lo preocupó.
—En cuanto abramos las puertas el general y sus hajaeks nos rebanarán el cuello —intervino el gobernador de Runna.
—¡Cállate! —le gritó Litzzia a su padre, haciendo que este die ra un respingo.
El rey zarefí se alejó del trono. Kishur siguió de reojo sus movimientos.
Shaen tomó una espada de uno de los escáreas y la lanzó a sus pies.
El estruendo acalló los murmullos. Los soldados se acercaron para acechar a Kishur, con las manos cerca de sus armas.
El tenso ambiente pesó como una enorme piedra.
Era consciente de que una palabra o un simple gesto podría redirigir los aconte cimientos.
—Quiero tu maldita cabeza. Podrás seguir engañando al pueblo dárico, pero no a mí. He recorrido medio mundo solo para encontrarte. —Shaen desenvainó la espada ante la incomodidad de los demás—. Eres un traidor.
—No he venido a luchar, y mucho menos contigo. —Lanzó una hosca mirada a todos los que lo rodeaban—. ¿Permitiréis que un zarefí decida por vosotros?
De pronto, uno de los nobles sacó un cuchillo y atravesó el vientre de un escárea.
Otro miembro del gobierno lanzó un puñal hacia Shaen, pero este lo esquivó sin dificultad.
Y antes de que Kishur pudiera impedirlo, la batalla comenzó también allí dentro.
Recogió entonces el arma tirada a sus pies justo a tiempo de interponer la vaina para detener la hoja de acero del zarefí.
Kishur sintió a los teriones en su interior, pugnaban por salir.
—¿Has visto lo sencillo que ha sido quebrantar el honor dárico? —preguntó el zarefí con arrogancia.
Sin desenvainar la espada, Kishur se movió con rapidez para golpear las piernas de Shaen.
Este lo eludió de un salto, pero antes de posarse de nuevo en el suelo, el dárico lo embistió cargando toda su fuerza en el hombro derecho.
El zarefí cayó con estrépito y rodó por el mármol.
Alguien se abalanzó hacia él desde atrás y lo obligó a apartarse.
Al girarse, Kishur se encontró con Sorastalez. Detuvo el golpe.