Alviat
E l amanecer trajo consigo una inquietud sofocante que se apoderó de él nada más abrir los ojos y no lo abandonó a lo largo del día.
Kishur presentía que algo terrible iba a suceder.
Necesitaba abandonar la celda cuanto antes.
Pensó en usar a los teriones para derribar la puerta, pero le preocupaba que dañaran a alguien.
No estaba seguro de ser capaz de controlar a los demonios.
Llamó en repetidas ocasiones a los guardias, pero estos lo ignoraron a propósito.
Cuando acudieron a llevarle la comida, Kishur pudo leer en los rostros de los hajaeks una acuciada ansiedad. La que antecede a una contienda.
—Contadme qué ocurre —les exigió el dárico gris.
—Esta mañana, el general le ordenó a Sorastalez que entregara la corona y le concedió tiempo hasta el atardecer, pero vuestro padre se ha encerrado en el palacio junto con el cónclave que se había reunido con él —comenzó a decir uno de ellos de forma atropellada—.
Los escáreas y soldados zarefíes custodian las puertas.
—Aunque un centenar de escáreas ha desertado —añadió el otro joven.
No tuvo tiempo de exigir a los hajaeks que lo soltaran, pues estos salieron de allí a la carrera.
¿De verdad pensaban mantenerlo encerrado mientras se librara la batalla?
Gritó de pura frustración y tiró de la cadena repetidas veces, pero solo logró hacerse daño y que se desprendiera arena de la roca.
No entraba en sus planes ser el catalizador de una guerra civil con su llegada.
Pensó en Litzzia y su sangre quemó en las venas.
Sabía que la joven lucharía, eso sí es que no se encontraba dentro del palacio.
Un haz de luz se abrió paso frente a él creando una abertura. Jaeglar apareció por aquella brecha y sus ojos ambarinos brillaron en la oscuridad de la estancia.
—Siempre fuiste un necio, Raehlan —dijo el Orfebre, afable—. ¿Cómo pudiste dejarte encadenar tan fácilmente?
—Jaeglar… —murmuró el dárico con sorpresa.
No sabía qué esperar de aquella inesperada visita. ¿Por qué habría abandonado el Vacío? ¿Qué quería ahora de él?
—He venido a ofrecerte la última oportunidad de rendirte.
Alviat arderá pronto y tú con ella si no te alejas de la ciudad.
Los dáricos se han condenado a sí mismos, ya no podrás detener lo que se avecina —comentó Jaeglar con mesura—.
Te cedo mi hogar, ese del que te fuiste con tanta prisa.
Aguarda allí el final de nuestra contienda.
—Quieres que me rinda y esconda como si fuera un cobarde. —Kishur negó con la cabeza—. Creí que me conocías mejor.
—Tal como yo lo veo, estás en una encrucijada.
Tú general está a punto de dar un golpe de estado por ti, pero ha procurado encerrarte para que no puedas impedirlo.
Si desapareces, quizás logres evitarlo. —Kishur no estaba seguro de eso—.
Si simplemente quisieras detener todo esto a la fuerza, ya lo habrías hecho.
Tienes a tu disposición a los seres más poderosos del mundo.
Pero temes que Trivaz provoque un baño de sangre, y tampoco acudirás al Dragón porque sus acciones serían aún más desmedidas.
Jaeglar parecía leer su mente y eso lo frustraba. Claro que había pensado en esas opciones, en pedir ayuda, pero conocía las consecuencias que tendría hacerlo.
—Con la intervención de cualquiera de ellos morirán muchos dáricos, y lo que necesito es acabar con la guerra sin que se derrame sangre —admitió Kishur.
—Eso ya no está en tus manos. —El Orfebre se detuvo frente a él—. Mi consejo es que abandones la ciudad y permitas que los alviatenses tomen sus propias decisiones y asuman las consecuencias. No les debes nada.
¿Sería capaz de hacer lo que pedía Jaeglar? Kishur dibujó una sonrisa resignada como respuesta y la mirada del que fuera su maestro se ensombreció.
Borat alzó la mirada al cielo solo para corroborar que la tarde devoraba la luz del sol.
La plaza permanecía en silencio, lo que aumentaba la tensión de los presentes.
Los hajaeks recorrían las calles de la ciudad obligando a los civiles a quedarse en sus casas, y casi un centenar de arqueros se apostaban en los tejados y balcones que rodeaban el palacio.
El general se giró para observar a los cientos de soldados a su espalda.
Los comandantes aguardaban la orden. Frente a ellos se encontraba el destacamento de escáreas, algo menguado tras las deserciones de la mañana.
Los zarefíes los apo yaban, pero solo eran doscientos soldados.
El número era irrisorio, morirían bajo el acero de su ejército.
Percibía la rabia de sus enemigos, de los escáreas que lucharían por proteger al rey coronado.
No los culpaba, eran leales a la realeza, sin importar quien se sentara en el trono.
A Borat le habría gustado evitar sus muertes, pero eran necesarias para cumplir su objetivo: el nuevo día traería una era distinta para los dáricos.
Los zarefíes se mostraban regios con sus máscaras y pelucas blancas, parecían criaturas del mundo inmortal, pero nada de aquello impresionaba a los dáricos.
Las puertas de palacio continuaban cerradas; Sorastalez no pensaba abdicar. Era el momento, pues la noche caía sobre Alviat y el plazo acababa de expirar.
—¡Luchad por vuestro verdadero rey! —gritó el general frente a sus hajaeks—. ¡Luchad para devolverle la corona! ¡Luchad por nuestro futuro!
A sus palabras, los soldados golpearon con el puño sus armaduras y lanzaron un bramido ensordecedor.
Los gongs de la ciudad comenzaron a teñir, anunciando el inicio de la batalla.
Pensó en Kishur, quien en esos momentos estaría en la celda, lamentando haber dejado que lo encerraran.
Borat sabía que tendría que enfrentarse a la furia del dárico gris, pero esperaba que para entonces volviera a ser su rey.
Los escáreas y zarefíes respondieron de igual forma, con un rabioso grito.
El general desenvainó su espada y los señaló con arrogancia.
Casi podía sentir la tensión y la adrenalina de cada uno de sus hajaeks.
No había en ellos duda o miedo. En los escáreas sí, y esa sería su perdición.
Borat alzó entonces su arma y todos contuvieran el aliento; el tiempo pareció detenerse en Alviat.
Al bajarla, la lucha comenzó. El general fue el primero en alcanzar la línea de enemigos.
No hizo distinción, ni tuvo compasión. Su espada cortó el cuello de un joven dárico y la cabeza quedó colgando del cuerpo antes de que se estampara contra el suelo.
La sangre le manchó la armadura, y pronto quedó cubierta.
Borat se abrió paso con violencia, contundente con cada golpe.
Una dárica lo atacó desde atrás y, al volverse, el general clavó su daga en el cuello de la escárea.
La plaza bullía con el estruendo de la batalla, del acero contra el acero, de los golpes voraces, de los alaridos que emitían aquellos que morían.
La sangre comenzó a anegar el suelo de piedra y a mezclarse con el agua de la llovizna.
Los soldados pisaban y caían sobre los charcos que se formaban.
Se levantó un viento gélido que recorrió el lugar plagado de pesar y dolor.
Las ramas de los árboles se zarandeaban al son de un canto penoso.
Alviat nunca había lucido más sombría que esa noche.
El general apartó a la comandante Yarisa cuando la lanza de un zarefí pretendía golpearla.
Se enfrentó al soldado, cuyo rostro se ocultaba tras la máscara.
Por más que intentara esconder su cara, sus ojos mostraban con total claridad todo el odio que anidaba en su corazón.
—Los dáricos ya habéis perdido esta guerra. —Sonrió satisfe cho sin despegar sus castañas pupilas de Borat—. Sois escoria, y pronto os daréis cuenta de que los dioses os han abandonado.
—Los dioses no ganan batallas, yo sí —refutó el general.
Pero algo en la intensidad de la mirada de aquel zarefí le hizo dudar por primera vez.
Borat esquivó sin esfuerzo la hoja de ace ro y, en respuesta, lo embistió de lado, haciéndolo caer.
El general frunció los labios ante la risa de su enemigo, ¿le divertía estar en el suelo?
El aire agitó la capa del general mientras este levantaba su espada.
Entonces, sintió los músculos de su cuerpo engarrotados y un súbito mareo lo paralizó.
Los sonidos de la batalla se detuvieron de golpe cuando una profunda y rabiosa voz estalló en la plaza.
Las manos de Borat temblaron y en su interior sintió las palabras que el zarefí acababa de pronunciar: habían perdido.
Kishur oyó el estruendo de los gongs de la ciudad, tan distante y lejano que le pareció imaginarlo.
Estaba convencido de que anunciaban el inicio de la contienda.
Observó la robusta puerta y luego las cadenas que lo privaban de libertad.
No podía quedarse allí mientras en el exterior se libraba una guerra; se le agotaba el tiempo.
—Libérame y ábreme paso hasta la sala del trono.
Creo firme mente que aún hay una posibilidad de detener esto.
—Kishur le vantó las manos unidas por los grilletes—.
Sabes de sobra que jamás me rendiré, y dudo que hayas venido hasta aquí creyendo eso.
Hace mucho que dejaste de ser mi maestro, pero te comportas como tal.
—¿Y qué pensarán mis hermanos si descubren que he ayuda do a nuestro mayor enemigo? —Jaeglar paseó tranquilo por la estancia—. ¿Por qué debería hacerlo?