El hijo de la oscuridad (El despertar de Osharan 5) Marial-Pat
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Marial-Pat

A su lado, continuaba la bandeja con la comida intacta, pues no tenía apetito. Oyó los pasos por el pasillo y Beres entró en la estancia sin llamar. Siempre lo hacía.

—¿Por qué sigues en mi casa? ¿No tienes otro lugar mejor al que ir? —preguntó ella con desprecio, aunque era más fingido que real.

—Mi casa quedó arrasada tras la batalla, así que quizá me instale en la tuya. ¿Te gusta la idea? —La chica le devolvió una mirada hosca—. Aún no puedes levantarte por ti misma, te morirías de hambre y sed aquí sola. Deberías estar agradecida.

Claro que lo estaba, pero no pensaba admitirlo.

La noche en la que entró en el hogar de los Nel, los gaeshan tenían preparado su propio ataque.

Se introdujeron en cada una de las viviendas de la familia y asesinaron a todos los varones.

Solo dejaron a los menores de diez ágaras.

Lo ocurrido había causado un gran revuelo, pero la gente ya ni siquiera se asustaba, tan acostumbrada a vivir semejantes desgracias.

Los dáricos se mostraron conmocionados, no comprendían que sucedieran hechos tan terribles.

—Ayer te reuniste con los comandantes, ¿no piensas darme las nuevas noticias? —preguntó Oxa con amargura—. No hace falta que me lo ocultes.

—Quería esperar a que estuvieras más recuperada.

—Beres suspiró y acercó una silla para sentarse junto a la cama—.

El comandante de los capas negras descubrió hace unas semanas que estuviste leyendo informes que tenías prohibidos.

Eres una necia, ¿de verdad te creíste más inteligente que tus superiores?

Decidieron esperar y ver qué era lo que te proponías.

A cualquier otro en tu lugar lo habrían expulsado de inmediato.

—Supongo que debo darle las gracias por hacerme esa concesión.

—Hemos ocultado que asesinaste al viejo Nel y que estuviste allí, el informe que se ha hecho público no te menciona.

—Beres se cruzó de brazos—. Así que sí, debes dar las gracias: te vas a librar de acabar en un calabozo.

Pero como imaginarás, nos hemos visto obligados a expulsarte del ejército.

—El comandante aguardó un instante para que Oxa asimilara la noticia.

La barbilla de la joven tembló ligeramente y giró el rostro para esquivar su mirada—.

Tampoco había otra opción, tienes la rodilla destrozada.

Acabaste con tu carrera aquella noche. ¡Tanto esfuerzo tirado a la basura por una obsesión!

—¡Era más que eso! ¡Esos desgraciados merecían morir! —gritó ella con rabia.

—No voy a discutir de nuevo eso contigo. —El hombre se frotó los ojos—. Se te concede la posibilidad de quedarte como asesora de la elegida para ocupar tu puesto. Que la mujer entrara en el ejército fue mérito tuyo, así que todos estuvieron de acuerdo.

—¿Lo propusiste tú? —Beres asintió despacio.

Oxa cerró los ojos ante el repentino dolor de su pierna.

Golpeó el cabecero de la cama con la cabeza y se revolvió el cabello.

Estaba frustrada. Aunque no se arrepentía de sus actos, los Nel debían pagar por todos sus crímenes.

Habían asesinado sin piedad a chicos y chicas como ella.

Suponía que los gaeshan habían querido deshacerse del Nel para que su líder pudiera convertirse en Galaef.

No sabía qué era peor, pero de momento le valía.

Aún le quedaba por resolver la parte de Quiazz, porque ahora tenía un apellido.

Y no solo eso, la herencia de los Nel desamparaba a las mujeres, pues recaía en el varón adulto de mayor edad.

Y ese era Quiazz. No tendrían acceso a su dinero hasta que él no regresara, si es que lo hacía.

«Será una bonita experiencia para ellas», se dijo Oxa.

—Necesito que me lleves a un lugar, porque sola no seré capaz. —La joven tomó la mano del comandante entre las suyas—. Te prometo que será la última imprudencia.

—Eres una manipuladora —la acusó él sabiendo que aceptaría.

Oxa esbozó una sonrisa, la primera desde aquella noche. Se adaptaría a su nueva situación, llevaba haciéndolo desde niña. Lo ocurrido solo era una parte más de su vida.

Beres acompañó a Oxa cuatro días después, cuando la joven ya lograba caminar con unas muletas.

Fueron de noche, amparados por la niebla que cubría el viejo muelle.

La joven necesita ir despacio, pues el dolor de la rodilla a ratos se volvía insoportable.

Se apoyó en el hombre hasta que alcanzaron el árbol de los asesinos.

Se miraron junto a las ramas mecidas el viento.

El tintineo de los dientes que colgaban de ellas los estremecía.

Oxa fue sola a partir de ahí, tal como le había pedido al comandante.

Cruzar el terreno baldío de aquella casa le costó un gran esfuerzo.

El aire sacudía las viejas contraventanas.

Oxa subió los escalones del porche con dificultad y aguardó frente a la puerta. La chica pálida no tardó en salir para invitarla a pasar. Encontró la misma escena, la sala en penumbras, el gaeshan sentado a un lado de la larga mesa, la botella de vino.

—Me alegra que estés más recuperada, tenías un aspecto lamentable la última vez que te vi. —El hombre bebió un sorbo de su copa—. Es una pena lo de tu pierna, parece ser que ya no te quieren en el ejército. Ha debido ser un duro golpe, poseías una gran proyección.

—Eso ya no importa. —Oxa arrastró la pierna y se apoyó en la silla. Prefería no sentarse porque le resultaba más complicado volver a ponerse en pie—. Quiazz ya no es un bastardo, tiene un apellido. Espero que el contrato vinculado a él ya no tenga validez. Me ha costado mucho conseguirlo.

—No tienes de qué preocuparte, Quiazz está a salvo de nosotros. —El hombre tensó los labios, pero no llegó a sonreír—. Es más, mi deseo es que los futuros contratos que firmen los gaeshan queden en tus manos. ¿Qué te parece?

La joven iba a replicar, pues no estaba segura de que significaba aquello. Pero optó por guardar silencio. El líder de los gaeshan se puso en pie y caminó hacia ella.

—Ya nada se impone entre el puesto de Galaef y yo.

Ha llegado el momento de mi retirada, Oxa.

Y necesito que alguien me sustituya. —Se acercó tanto a la joven que casi podía echarle el aliento encima.

Oxa sintió escalofríos—. He dedicado gran parte de mi vida a los gaeshan, he moldeado a cientos de niños hasta convertirlos en soldados, al igual que muchos otros líderes antes que yo.

Cada soldado moriría por una palabra mía.

Nuestra influencia va más allá de esta ciudad, por supuesto.

Lo conocemos todo, no hay secretos para los gaeshan.

Ni vidas que puedan salvarse de nuestros contratos.

—Excepto la de Quiazz —murmuró Oxa un tanto perpleja.

—Considéralo un regalo de buena fe. Ya te dije que me recuerdas mucho a mí. —Esbozó una siniestra sonrisa—. Por esa razón te he elegido como mi digna sucesora.

El rostro de Oxa palideció al instante y un frío gélido bañó su piel. ¿Sucederle?

—Estás loco —fue cuanto alcanzó a decir en un principio.

—Hay que estarlo para liderar a los gaeshan, no lo niego.

No temas, no estarás sola. De ti dependerá la educación de los jóvenes que acojamos, pero no serás quien moldee sus cuerpos, ni quien los entrene.

—El hombre le dio la espalda para regresar a su asiento—.

Estarás en la cumbre de nuestra pequeña sociedad y tus decisiones serán sagradas.

Imagina lo que puedes lograr con semejante poder.

Tendrás en tus manos todo nuestro conocimiento.

—¿Y si decido ordenar tu muerte una vez tome el cargo? —preguntó ella.

—Podrás hacer lo que te plazca, pero te aseguro que una vez tengas el control yo dejaré de importarte. Tendrás otros asuntos de mayor relevancia. —El hombre apoyó la barbilla en su mano—. Ni siquiera necesitas pensarlo, este es el único camino frente a ti.

Ya sabía que no podía negarse, que no le darían esa opción; los gaeshan habían decidido por ella.

Quiso preguntarle por los dientes que colgaban del árbol.

Sospechaba que pertenecían a todos los pobres desgraciados que habían sido asesinados por ellos.

A cada uno de los Nel le faltaba al menos un diente según el informe de Beres.

—Ten la vida que quieras, cásate y ten hijos si lo deseas. Cuanto más corriente aparentes ser, más sencilla será tu labor como líder de nuestra institución. —El gaeshan volvió a llenarse la copa—. Pronto se iniciará la sucesión, aguarda hasta entonces.

Abandonó la casa con la mirada del líder clavada en su nuca.

Respiró una gran bocanada de aire al llegar junto a Beres y se dejó caer en sus brazos cuando las piernas le fallaron.

No tenía fuerzas ni para sostenerse con las muletas.

El comandante la ayudó a caminar, pero al llegar al muelle tuvieron que detenerse. Oxa vomitó la escueta cena.

Se sentaron en la orilla del río, Beres prendió la pequeña lámpara de aceite que llevaba y Oxa agradeció la luz. Se arrebujó en la capa y permaneció largo rato callada.

—¿Vas a quedarte entonces en mi casa? —preguntó Oxa de repente.

—Al menos, mientras te recuperas. ¿Ya has zanjado el tema con los gaeshan? —Quiso saber el comandante—. Espero no tener que acompañarte de nuevo a este lugar.

Ella sonrió y negó con la cabeza para tranquilizarlo.

Era extraño estar junto a él, la hacía sentirse tranquila.

Oxa contempló las ondulaciones del agua.

Creía ver sombras acechando a su alrededor, pero desaparecían a tanta velocidad que no estaba segura de que fueran imaginarias.

Acarició su rodilla ante una nueva oleada de dolor.

Los huesos tardarían en soldarse, y no lo harían del todo.

Su vida acababa de cambiar por completo.