Alviat #2
Kishur tiró de la cadena y se maldijo por haber permitido que se la pusieran.
La estancia quedó en silencio y casi en penumbras, iluminada tan solo por una lámpara de aceite.
El dárico caminó los pocos pasos que el acero le dejaba, necesitaba un plan para salir de allí.
No podía consentir que el ejército tomara el control.
Lo mantuvieron todo el día aislado. Los dos hajaeks que custodiaban la puerta vigilaban para que nadie se acercara.
Kishur pudo disfrutar de una copiosa comida, más que un preso parecía un invitado de honor.
Salvo por los grilletes que le impedían abandonar el calabozo.
Imaginaba a Litzzia furiosa y centrando sus esfuerzos en elaborar su propio plan para sacarlo de la celda.
Al llegar la noche, oyó una voz autoritaria que solicitaba hablar con él.
Hablaba en la lengua común, por lo que dedujo que se trataba del monarca zarefí.
Uno de los hajaeks entró con paso vacilante e hizo una larga reverencia.
—El rey Shaen tiene el consentimiento del general para entrar, pero solo si vos estáis conforme. —El joven tenía una carta en la mano.
—Déjalo pasar, yo también quiero hablar con él —le ordenó Kishur.
Lo más probable es que fuera una estrategia de Borat para enfurecerlo. El zarefí cruzó el umbral con arrogancia, sus ojos irra diaban odio. Caminó despacio hacia él.
—Mereces algo mucho peor que esa simple cadena —dijo Shaen con frialdad—.
Espero que pronto pueda ver tu cabeza rodar por el suelo.
Llevo ansiando ese momento gran parte de mi vida.
Te has burlado de tu propia gente, los dáricos ignoran que eres el verdadero Raehlan-Tae.
Aunque Sorastalez parece ser consciente de ello.
—Y tú lo descubriste durante la ceremonia del traspaso. —Kishur clavó en él sus oscuras pupilas y Shaen se frotó la nuca con molestia—. No intentes negarlo, ya sabes que esas cicatrices no eluden nuestra visión.
—Poco importa cuando estás encadenado frente a mí.
—Shaen estiró los labios y le ofreció una retorcida sonrisa—.
No tenía intención de negar nada, aunque me intriga cómo sabes lo de la ceremonia.
Presencié escenas de tu vida actual y oí cada uno de los nombres que habías poseído.
Y cuando creí que Egoresa acabaría conmigo, un ser de cabello negro y trenzado me arrastró a una playa de arena clara y me ofreció la verdad.
Se interrumpió para observar a Kishur, pero este se cuidó de ocultar su desazón. Estaba hablando de Hagnak.
—Y te ordenó matarme —dijo entonces el dárico.
—Creo que te necesita muerto y se ha dedicado a interferir en las ceremonias de los miembros de mi familia para conseguirlo. —El zarefí se acercó un poco más a él—. Encontrarte se convirtió en mi obsesión.
—Has debido llevar una vida muy triste entonces. —Kishur se alejó de la pared y ambos quedaron a poca distancia. Si alargaba los brazos alcanzaría el cuello de Shaen.
—Tú ejecución lo compensará todo. Debes pagar por condenar a mi pueblo y asesinar a Edgar. —El rostro del zarefí reflejaba una descarnada frialdad.
—No te pareces a él en nada. Sin embargo, tu hijo Agael sí, de hecho, creí estar de nuevo frente a Edgar cuando lo vi.
Tenía sus mismos ojos, y casi puedo asegurar que su valor.
—Kishur regresó a la pared y apoyó la espalda en ella mientras Shaen torcía el gesto de pura rabia—.
Ferian y él murieron, asesinados por tus propios soldados.
Puedes juzgarme tanto como desees, pero no eres mejor que yo. Tus hijos te tenían miedo.
—Ferian era un traidor y Agael un cobarde. —Shaen escupió cada palabra.
Lamentó oír aquello. Kishur suspiró resignado, consciente del odio que carcomía al zarefí.
Un padre siempre debería lamentar la muerte de sus descendientes.
Imaginó que Zahel era la respon sable, la torre había actuado de distintas formas para envenenar a muchos seres y Shaen no era distinto, aunque quizá no se hubie ra percatado de ello.
Al dárico le entristecía no haber podido salvar a los hermanos, merecían una vida mejor.
—Te diría que tienes en tus manos la posibilidad de acabar con tanta desgracia, que juntos podemos sacar de Falar-Shan a tu gen te y buscarles un hogar, pero reconozco la maldad cuando la veo y tú la llevas impresa en tu lanfe.
—Kishur apartó la mirada de él como si estuviera hastiado de la conversación—.
Necesitas derramar sangre, aunque te diré que nunca estarás satisfecho. Te condenarás a ti mismo y a los tuyos.
—El tiempo lo dirá, Raehlan. —El zarefí volvió a sonreír.
Shaen se marchó sin añadir nada más. Una vez a solas, Kishur tomó asiento en la húmeda piedra y cerró los ojos con cansancio.
Pensó en Edgar y recordó el momento en el que le arrebató la vida como castigo por asesinar a Carlan.
Debió conformarse con la caída de Edgar y no condenar a todo su pueblo a la desesperación.
¿Por qué lo hizo? No podía culpar a Zahel de haberlo manipulado, pues se estaría engañando.
El presente requería sanar miles de vidas marcadas por el sufrimiento.
¿Sabría ponerle fin a tanta desgracia?